Sostengo desde hace tiempo que “Panamá es una potencia, pero no lo sabe”. Panamá lo supo, sin embargo, por lo menos en dos momentos clave de nuestra historia del siglo XX. En noviembre de 1903, cuando se creó la República, y al negociar desde 1964 y concertar los Tratados Torrijos-Carter de 1977 que acordaron la desaparición el 1 de octubre de 1979 de la Zona del Canal y la transferencia a Panamá del Canal el 31 de diciembre de 1999.
Ambos fueron fenómenos ligados íntimamente a la geopolítica, entendida como la influencia de la geografía física y humana en las relaciones de poder entre los hombres que ocupan la superficie del planeta y modelan sus paisajes. En nuestro caso, las relaciones de poder entre las potencias con sus grupos dirigentes, políticos e intelectuales que fabrican las ideas que construyen una realidad concreta.
En el continente americano somos uno de los países más antiguos. Cuando Nombre de Dios - Portobelo fue, durante un siglo, el puerto con mayor movimiento comercial de América por el valor de las mercancías que movía, Nueva York no era más que una aldea indígena. Cuando durante siglos la mayoría de los territorios del Nuevo Mundo eran anchas praderas, bosques y selvas vírgenes, Panamá, no obstante, poco poblada, albergaba la sede de una Audiencia Real del siglo XVI al XVIII. Durante casi cinco siglos, desde la década de 1540 hemos tenido, por el paso transístmico, una función geopolítica excepcional.
Lugar estratégico, el istmo de Panamá fue uno de los sitios clave en el control del imperio hispánico del océano Pacífico y de las líneas de comunicación y transporte entre Sudamérica y Europa del siglo XVI a principios del XIX. Luego, se convirtió en lugar también de control regional y global en manos de Estados Unidos mediante el primer ferrocarril transcontinental del mundo inaugurado en 1855 y del Canal comenzado por los franceses en 1881 y terminado por los estadounidenses en 1914, sede de importantes bases militares que facilitaron el triunfo de Estados Unidos en la guerra del Pacífico que lo convirtió en la superpotencia actual.
Hemos vivido más de tres décadas de democracia deficiente, durante las cuales hemos olvidado tantas lecciones de nuestra historia y de nuestro poder en la geopolítica mundial. Poder geopolítico que puede parecer invisible y que ha aumentado al instalarse en las riberas del Canal, al fin nuestro, el principal sistema portuario de Latinoamérica y el Caribe y un tercer juego de esclusas que amplía mucho las capacidades de esta puerta del Atlántico al Pacífico en la que desde el año 2000 Panamá invirtió $15.500 millones, mucho más que lo que valía el Canal transferido por Estados Unidos.
¿Cómo logran los principales políticos en Estados Unidos concertar los tratados Torrijos-Carter impopulares en su país, con 30 % de aceptación, y su ratificación en un Congreso al principio adverso? Principalmente por razones geopolíticas. Los grandes capitalistas norteamericanos los apoyaban firmemente. Actuaron un presidente Jimmy Carter, visionario justo, y un general Omar Torrijos, sagaz y responsable. También, concluyeron los principales jefes del Estado Mayor Conjunto del Pentágono que el Canal de Panamá era indefendible rodeado de un pueblo hostil, una América Latina disgustada y un mundo en desarrollo más desconfiado, con aliados que no aprobaban su presencia cuasi colonial en el istmo. Eran países temerosos de un posible cierre del Canal con consecuencias incalculables para sus economías.
Además, los militares estadounidenses pensaban que sería necesario un esfuerzo colosal y costoso, al menos 100.000 soldados en la Zona del Canal para enfrentar acciones hostiles sin lograr tener una vía interoceánica plenamente segura. Más que la propiedad del Canal a los norteamericanos les interesaba su acceso libre y expedito, su uso sin discriminación para la marina mercante y su armada. La presencia física no era necesaria, pensaban. El tiempo ha terminado por darles la razón. El Canal es administrado por los panameños mejor que por los estadounidenses, según los resultados de la seguridad que registra menos accidentes y menor tiempo de espera de las naves para atravesar el istmo. Se añade una mayor capacidad desde la inauguración en 2016 de nuevas esclusas más grandes, capaces de recibir naves de hasta 160.000 toneladas que pueden transportar 17.000 contenedores en vez de 70.000 toneladas y 5.000 contenedores en buques que pueden recibir las antiguas esclusas. Según los expertos el canal tiene hoy relativamente más importancia económica que estratégica militar para Estados Unidos.
Ahora con la administración Trump amenazando a su aliado Panamá con reiterados embustes sobre una supuesta presencia china en el Canal, protegido por el Tratado de Neutralidad Permanente que cumplimos fielmente (falsedades que disminuyen credibilidad y respeto para los dirigentes de la superpotencia), debemos prestar mayor atención a las relaciones con Estados Unidos y con China Popular y su creciente rivalidad geopolítica que se manifiesta hasta en Latinoamérica.
Después del fuerte debilitamiento económico y político internacional que heredamos de la administración presidencial anterior, tenemos que reinventarnos un nuevo objetivo nacional a la altura de nuestras necesidades y posibilidades: elevarnos a la altura del primer mundo. En vez de desgastarnos en acciones politiqueras como las advertidas en la Asamblea Nacional sobre la Caja de Seguro Social, y en grupos irracionales, adversos a la minería, debemos realizar una reingeniería de nuestra institucionalidad para reforzarla. Debemos alejarnos de la corrupción pública y el clientelismo, robustecer la economía, la educación de verdadera calidad y la justicia, y enfrentar mejor el mundo exterior. Será una forma mucho más eficaz de avanzar y situarnos con el liderazgo que merecemos en la geopolítica planetaria.