- 05/04/2025 00:00
Liberalismo clásico: base del futuro modelo político de Panamá
Soy de los que creen que el modelo político de Panamá se encuentra, como en otros países, sumergido en una grave crisis, que ya muestra sus resultados en lo económico y lo social, y cuya clase dirigente -salvo algunas excepciones- se asemeja más a una suerte de caciques políticos distritales, agrupados en círculos de interés desde los que promover agendas personalistas. En este escenario, la ausencia de pensamiento y agenda política, a la hora de presentar a la ciudadanía una oferta política coherente, estructurada y sobre todo viable, es más que evidente.
En estos tiempos, existe en Panamá una “moda política”, que se identifica con ideas populistas de las izquierdas europeas y estadounidenses, autodeclaradas progresistas, en torno a conceptos como feminismo activista, identidad de género, ambientalismo radical, el cuestionamiento al capitalismo, la primacía del Estado, los subsidios sociales, la sobrerregulación o la dictadura de lo colectivo sobre el individuo. Una moda política muy atractiva entre las nuevas generaciones, que hace ver que todo lo que dicte la izquierda internacional es moderno y bueno, mientras que cualquier idea que cuestione o contradiga esa moda es considerada retrógrada, neonazi, reaccionaria y otros calificativos que solo confirman la intolerancia intelectual de ese pensamiento de izquierdas.
Ante esto, qué bueno sería que ciudadanos demócratas de bien, que creen en la primacía de la libertad del ciudadano, plantearan una oferta política, real y clara, basada en un liberalismo clásico. Un liberalismo ordenado, tradicional, y de base judeocristiana, que vuelva a poner como eje central de su acción política, el desarrollo del ser humano y sus libertades individuales, y donde el Estado las garantice, evitando con ello la imposición de una superioridad moral, un uso desmesurado del aparato gubernamental y del relato mediático, propio de las izquierdas.
Una propuesta política que plantee a la ciudadanía la recuperación y defensa de la libertad del ser humano y su derecho a ser iguales, para que cada cual pueda avanzar y desarrollar su individualidad de acuerdo con sus propias capacidades y voluntades, y no de las que dicte el Estado, que siempre actuará de forma ineficiente, razón por la cual debe ser controlado en tamaño y capacidades, contando para ello con un poder judicial realmente imparcial, profesional, independiente e institucional.
Este liberalismo clásico debería proponer que la carta magna panameña -ya sea reformada la actual o promulgada una nueva- establezca que la función del sector público se circunscriba a garantizar y defender la igualdad de oportunidades, el desarrollo social y la libertad del ciudadano, evitando usurpar su autonomía. Para ello, el Estado debería promover un marco constitucional y legal fuerte para proteger la vida, la propiedad privada y la libertad individual, así como una democracia pluripartidista, con mínimas barreras de entrada, para que los ciudadanos puedan participar en la “escena” política donde sus actores trabajen sin privilegios de casta, alejados de todo populismo radicalizado y sin depender de aristocracias partidistas legitimadas por una administración electoral dependiente de las mismas. Una democracia que, hacia el exterior, apoye el multilateralismo y el derecho internacional como base para las relaciones respetuosas entre las naciones.
Esta iniciativa política renovadora debe plantear un modelo de Estado en el que, en lo económico, el sector público intervendría de forma moderada, para evitar una politización de la economía que termine en un paternalismo estatal que coarte, condicione y distorsione la libertad de comercio, generando ineficiencia económica e injusticia social. Este liberalismo clásico del que hablo se debe identificar con la economía de libre mercado y la propiedad privada sobre los medios de producción, donde el Estado no tenga participación alguna, para así poder enfocar su acción en la competencia, evitando concentraciones económicas que, por cierto, son el mayor freno a una natural distribución de la riqueza económica en la sociedad. Un modelo económico, por tanto, donde no es la intervención estatal, con una mal llamada inversión pública, la que empuja y genera riqueza y prosperidad. Lo es la economía de libre mercado, por medio de la promoción y protección de la inversión y la propiedad privada, el libre comercio y un mercado laboral flexible con oportunidades, movilidad, y libertades para empleadores y trabajadores. Lo es también una política fiscal basada en la recaudación de pocos y bajos impuestos -para no castigar el ahorro, la inversión y el crecimiento económico del sector privado-, que financien una estructura estatal ágil y completamente al servicio del ciudadano, en la que la inversión pública se concentre en las infraestructuras, la salud, la educación, y la seguridad, sin excluir la participación y aporte del propio sector privado, al que sirve el Estado y no al contrario, permitiendo así atender una agenda social que no castigue al propio sector privado, ni lo obligue a cargar con endeudamientos públicos crónicos, que no son más que subsidios ineficientes que se convierten en privilegios y en pesadas losas a cargar, y pagar, para las futuras generaciones.
El futuro de Panamá no depende del Estado entendido como el aparato gubernamental que vive, y crece a costa de este. Ese modelo estatista es el que se sufre hoy día y está acabado, igual que la agenda colectivista de las izquierdas que han insistido en esclavizar el pensamiento de las generaciones más jóvenes de este siglo XXI. El futuro político, económico y social del país está en manos de lo que cada uno de sus ciudadanos pueda aportar a la sociedad, desde su libertad individual y ejerciendo al máximo sus respectivas capacidades, para que, en una gran sumatoria de esfuerzos, construyan una nación en la que todos quepan y donde todos puedan mejorar su presente y su futuro, en torno a un movimiento de nuevos y verdaderos liberales, intelectualmente preparados y con convicción, que se atrevan a retar las modas políticas y populistas de izquierda que han dañado, y están dañando, las bases de la, todavía joven, democracia panameña.