Los humanos tienen una manera muy particular de enfrentar la realidad. Hay en principio una interrelación con el entorno; además, con otros congéneres con quienes se establecen relaciones sociales, las que definen muchas veces el éxito o fracaso de los objetivos esperados de esos contactos. Pero, también existen otros factores que actúan para garantizar los intercambios mencionados; uno de ellos es la personalidad que se tenga.

Los psicólogos definen la personalidad como “el conjunto de cogniciones, emociones y conductas que da orientaciones y pautas. Tanto genes como el aprendizaje van a moldear esta herramienta que define la actuación individual y que también marca a las personas frente a los demás”. Cada hecho, experiencia vivida, va a marcar de alguna manera la forma de ser que se asumirá en el presente.

“Fulano es ameno y cae bien”; “Mengana es un encanto, pero su hermano es un ‘plomo”, son expresiones que a menudo tratan de sintetizar la forma de ser de alguien. Esa proyección del yo sobre otros deja una impresión en cuanto a la personalidad de quien se haya conocido o se tenga algún contacto. “El jefe de esa institución me cae mal por altanero”, es la impresión que causa la forma de aquel con quien sostuvimos un diálogo.

Ciertas personas se manifiestan de diferente manera y dan una impresión muy diferente de lo que son realmente. El poeta y novelista Guillermo Sánchez Borbón en sus escritos parecía ser un hombre profundamente complejo por el uso del referente de la muerte, plasmado en sus poemas, los personajes oscuros en novelas como El ahogado y la acidez de sus glosas; pero quienes le conocieron decían que tenía un humor que siempre lo acompañaba.

Aunque pareciera que la personalidad se percibe con la primera impresión, los psicólogos consideran que es más compleja que esto y que, por el contrario, ella refleja elementos combinados, por ejemplo: “rasgos, metas, planes, afectos, estilos, autoconcepciones”, entre otras, que son consideradas por tales especialistas, quienes deben hurgar para encontrar los componentes que definen a determinado paciente o sujeto bajo estudio.

La personalidad se manifiesta mediante rasgos que permiten identificar a las personas y diferenciarlas unas de otras. Según Gordon Allport, por ejemplo: “Los rasgos ofrecen una explicación clara y sencilla de las consistencias conductuales, permitiendo comparar fácilmente a una persona con otra”. Aunque unos gemelos se hayan formado en la misma placenta, es casi seguro que no van a tener conductas semejantes.

Estos conceptos son útiles para estudiar a grandes figuras en la actualidad, cuando es difícil encontrar a un estadista y establecer comparaciones sobre la conducción de un país. Antes era muy fácil diferenciar a quien tenía dicha dimensión con relación a un presidente. Este podría encaminarse a dirigir una gestión caracterizada por atender asuntos concretos, mientras el otro se preocupaba por lo que habría de trascender hacia el futuro.

John Richardson, el biógrafo más detallista de Pablo Picasso, decía del pintor: “...podía ser feroz, pero también era tierno, dulce, infantil”. Por otra parte, opinaba Simone de Beauvoir sobre el marqués de Sade: “...ha intentado convertir su destino psicofisiológico en una elección moral”. “Frida Kahlo canalizó sus emociones y experiencias en su obra de arte, usando su expresión creativa como una forma de sublimación para lidiar con su dolor y trauma”, afirma en su estudio biográfico Raúl Baz S.

Es el temperamento que se resume en la personalidad lo que hace que artistas, políticos o pensadores adquieran perfiles tan definidos y, en muchos casos, diversos, para no dar un solo matiz a los creadores. Es común que llevaran a su trabajo las contrariedades de su pensamiento Picasso y Buñuel, que experimentaron con el surrealismo como forma de exteriorizar sus respectivas personalidades. En el caso de los dirigentes políticos, el asunto es más complejo, porque su personalidad se reflejará en acciones que pueden marcar el destino de una sociedad.

*El autor es periodista
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