• 17/03/2025 17:57

¿Cuándo vamos a despertar?

Hemos vivido 35 años de democracia liberal imperfecta, durante los cuales los panameños olvidamos tantas lecciones de nuestra historia y nuestro poder geopolítico

Recuerdo lo que digo en un ensayo publicado en Reflexiones sobre Panamá y su destino de 1990 a 2024 (www.omarjaen.com.pa) que se presentó formalmente ayer. Después de concertar los Tratados Torrijos-Carter en vigor desde 1979 y el futuro esperanzador que se le abría, Panamá se abismó en la confrontación interna en la década de 1980 con el Estado secuestrado por su propio ejército y su resultado final en la cruenta invasión estadounidense de 1989.

Hemos vivido 35 años de democracia liberal imperfecta, durante los cuales los panameños olvidamos tantas lecciones de nuestra historia y nuestro poder geopolítico. Poder virtual que ha aumentado al instalarse en las riberas del Canal, al fin nuestro, el principal sistema portuario de Latinoamérica y el Caribe y un tercer juego de esclusas desde 2016, que amplía las capacidades de logística, a otra escala, de esta puerta del océano Pacífico. La apertura en 2017 de relaciones diplomáticas con la República Popular China nos otorgaba una palanca suplementaria en la compleja geopolítica mundial, que debimos utilizar con más inteligencia, responsabilidad y prudencia.

El mundo sigue cambiando de manera acelerada e imprevisible. De bipolar, con dos superpotencias enfrentadas en la Guerra Fría con sus bloques antagónicos, desde finales del siglo XX es mucho más multipolar y desde hace treinta años comienza a destacar la República Popular China que comenzó a rivalizar con Estados Unidos, hoy en repliegue político planetario, cuyo nuevo gobierno de Trump desprecia y amenaza a sus mejores amigos y a sus mayores aliados históricos. Surge en 1993 una potencia geopolítica sui generis, la Unión Europea, que integra a otras de mediano calibre, amenazada desde hace una década por el imperialismo ruso de Putin. Se impone la globalización y todo se transforma, disminuyen las competencias de Estados soberanos y se acentúan las interdependencias entre ellos. Poderosos bloques multilaterales de interés, presión e influencia se han conformado como la OCDE (1961), la APEC (1989), Mercosur (1991) y la Alianza del Pacífico (2011). Excepto Mercosur no pertenecemos a ninguna de esas organizaciones en las que deberíamos estar. Se añade el variopinto grupo llamado Brics (2010-2024).

Mientras, Panamá empeoró en el último quinquenio presidencial que nos empobreció y debilitó demasiado, y siguen dominando políticos tradicionales nefastos como advertimos, por ejemplo, al asistir al espectáculo vergonzoso de una Asamblea Nacional incapaz de considerar con urgencia y responsabilidad la solución de los principales problemas acumulados del país: la lucha decisiva contra la corrupción pública gracias, primero, a la adopción de un nuevo reglamento interno coherente con esa necesidad; luego, la completa reforma de la Caja de Seguro Social (CSS) según la cruda realidad demográfica, administrativa y financiera. Hasta nuevos diputados más jóvenes en los que teníamos mayores esperanzas nos desilusionaron al caer en las garras de la extrema izquierda anacrónica, sindical y magisterial, y de viejos políticos populistas y clientelistas, grandes responsables de la inmensa corrupción y la incompetencia en la conducción del Estado, quienes también dañaron profundamente la CSS durante los últimos quince años. Sucede cuando el país recibe las peores amenazas existenciales de parte del gobierno estadounidense que quiere tomarse, nada menos, que nuestro Canal y necesitamos una vigorosa unidad nacional alrededor del presidente Mulino para afrontar ese grave desafío, ojalá con más apoyo internacional.

Parte de nuestro grupo dirigente motivado por la codicia, el poder y la vanidad ha abandonado la reflexión indispensable sobre nuestra política internacional, a pesar de que el istmo dependa para su prosperidad y su seguridad del exterior. Tenemos una imagen de país de negocios turbios, bastante xenofóbico, pese a estar poblado de descendiente de inmigrantes, dominado por el pensamiento mágico, irracional y supersticioso, aquejado de corrupción extendida e impunidad recurrente, con instituciones públicas muy débiles. Con un Estado que genera desconfianza, no obstante haber desarrollado en tres décadas desde 1990 una de las economías más dinámicas del continente, desde hace un lustro en declive. Ocurrió gracias a la inversión extranjera, ahora más lenta, y a la demanda de un mercado internacional al que ya no exportamos el valioso cobre. Aunque estamos entre los de ingreso per cápita más elevado de Latinoamérica, somos el país de la desigualdad suprema porque tenemos una economía dual, moderna y atrasada, con ingresos muy altos y muy bajos, con una población que en su mayoría posee una educación muy deficiente, que vive en el caos, la inseguridad y la precariedad.

Allí radica el problema principal que anuncia, sin embargo, su solución. Debemos parar el endeudamiento para pagar una planilla en parte inútil, especialmente legislativa; reabrir urgentemente la mina de Donoso para aportar más recursos que levanten la economía; acelerar el atrasado embalse de Río Indio; potenciar la creación de empleo y riqueza, y reparar la infraestructura pública; proteger mejor el medio natural, especialmente el urbano, más poblado; apresar a grandes delincuentes aún impunes. Una revolución para brindar la educación de verdadera calidad y mejoramiento cultural, además de buena salud y sanidad públicas, en un Estado realmente laico reducido al tamaño óptimo, administrado sólo por gente profesional y competente alejada de la corrupción pública y clientelar, deberían favorecer la solución de los graves retos que enfrentamos.

Para lograr las condiciones mínimas y salir de la pasividad, la indolencia y la complicidad que nos han llevado a la situación actual, debemos despertarnos pronto, comenzando por la cúpula política, económica, social y cultural que tiene un liderazgo mayor. Entretanto, los medios deben ejercer mejor su responsabilidad para guiar a una sociedad que necesita información veraz y un cambio fundamental en su actitud y comportamiento, en su mentalidad. ¿Ayudará también una urgente y buena reforma constitucional? ¡Queda la esperanza!

*El autor es geógrafo, historiador y diplomático
Lo Nuevo
Suscribirte a las notificaciones