• 19/03/2025 00:00

Allá te los mando, encárgate de ellos

Es incorrecto que los padres de familia envíen a sus hijos a la escuela a aprender a no decir mentiras, a conocer lo contraproducente del robo, a no traicionar a los demás...

La semana pasada dedicamos esta columna a comentar las implicaciones del inicio del año lectivo. Se trató de discernir sobre las tareas inmediatas y el camino que habría de seguirse para consolidar un plan de educación que sea integral, participativo y que brinde resultados concretos a largo plazo. Como expusimos, esto corresponde a un reto amplio que toca diferentes aristas de la sociedad y de las políticas que debe impulsar el Estado.

Uno de los aspectos que no tocamos en este escrito que comento, fue el relacionado con el papel de la familia en esta realidad con relación al desarrollo del proceso de enseñanza-aprendizaje. Por lo general, este componente del problema suele ser pasado por alto y se considera que su papel es meramente de soporte material de lo que se requiera en las aulas: cuadernos, lápices, mochilas, uniformes, zapatillas y textos, entre otros.

La doctora Irma Barquet Rodríguez, psicopedagoga, quien me escribe desde Morelia, México, plantea que “los padres de familia han tenido mucho que ver en la situación, pues se han olvidado de educar a sus hijos en casa y dejárselo todo a las escuelas, cosa que ha tenido actualmente resultados negativos, ya que la parte de la educación que se debe llevar a cabo desde el seno familiar es muy importante en valores, hábitos y disciplina...”.

Con frecuencia, surgen conflictos en casa en las relaciones entre los miembros de la familia y entonces, dice la madre o el padre al referirse a los hijos inquietos: “¿qué es lo que te están enseñando en la escuela, que ya ni respetas?”. La queja surgida por no poder ponerse de acuerdo en alguna instrucción o por no haber seguido ciertas tareas domésticas encomendadas, nace del criterio de que es el centro académico el que debe corregir estos detalles de las costumbres o hábitos caseros.

Un aspecto es el conocimiento y otro los valores que expresa la profesora Barquet Rodríguez. En el seno hogareño es incorrecto que se espere que los chicos vayan a la escuela a aprender a no decir mentiras, a conocer lo contraproducente del robo, a no traicionar a los demás y, sobre todo, del respeto que se debe a los mayores y a todas las demás personas. Es esperar que se pula en la escuela el criterio y la personalidad y se devuelva luego la prenda a casa.

No es así. Es necesario también conformar un núcleo familiar en que todos sean los responsables de la formación de los menores; comprendan sobre la necesidad de forjar el carácter y ayuden en la consolidación de la identidad propia de cada uno de los que crecen allí. El ejemplo de ese minúsculo espacio y de alguna manera de la vecindad, va a dar los elementos que caracterizan al joven que se forma en un determinado lugar.

Por esa razón, es básico saber cómo está conformado ese microcosmos familiar. Una psicóloga involucrada en una investigación sobre el papel del entorno próximo que rodea a los asistentes a un centro de orientación infantil, pudo encontrar que gran cantidad de los párvulos proviene de hogares incompletos, y también que son los abuelos, nanas u otros familiares quienes se ocupan de dar seguimiento a la formación escolar de tales infantes.

Y uno se pregunta ¿dónde están los padres de ese alto porcentaje de hogares incompletos? En ciertos casos se habla de madres solteras, en otros, de hogares disfuncionales; también de la lucha por alcanzar un nivel digno desde el punto de vista económico, y hay el caso de aquellos padres que, sencillamente, han renunciado a la crianza de los hijos y los entregan a terceras personas —familiares o no— para que asuman tal responsabilidad.

Este ‘alejamiento’ tiene impacto en la formación de este individuo y es hacia quien hay que voltear toda la atención. La escuela comparte con el hogar tamaña responsabilidad, cuyo fin es la formación de ciudadanos competentes.

*El autor es periodista
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