• 05/03/2025 14:02

La próxima Cumbre de la Unión Europea

Para el 6 de marzo (hoy cuando este artículo se publica) está prevista la Cumbre de la Unión Europea en Portugal. Su celebración, así se esperaba, estaría precedida por el acuerdo que, según había anunciado el presidente Trump, él y el presidente Zelensky de Ucrania, estaban supuestos a firmar el pasado 28 de febrero, durante la visita de este último a la Casa Blanca, y del que, se asumía, eran auspiciosos prólogos las previamente cumplidas por el presidente Macron y el primer ministro Kramer del Reino Unido.

Pero, después del inesperado espectáculo que montaron el presidente Trump y su vicepresidente, que concluyó con los intercambios ampliamente divulgados por los medios internacionales y el pedido al presidente ucraniano de abandonar la Casa Blanca, tanto la cumbre de la Unión Europea como el precedente encuentro que a invitación del primer ministro británico tuvieron los principales líderes del viejo continente están marcados para ser un “parteaguas” en las relaciones entre Europa y el gobierno de Trump y ser la simiente que culmine con la desaparición de la NATO (The North Atlantic Treaty Organization) y su sustitución por una nueva alianza defensiva de la que no serían parte Estados Unidos, pero sí Canadá.

Después del exabrupto provocado por las exigencias de Trump y la negativa de Zelensky a someterse a todas las onerosas y humillantes condiciones que quisieron imponerle, el desenlace de la guerra de agresión rusa contra Ucrania, no será fácil y tampoco inmediato, pero sí posible, aunque bajo perspectivas completamente diferentes de aquellas como las pretendía imponer el mandatario estadounidense.

Sin duda, la ayuda, militar y económica, recibida por Ucrania durante la administración del presidente Biden, aunque notablemente inferior a la que han estado prestándole países de la Unión Europea, ha sido un factor decisivo para que Rusia no consumará los objetivos de la guerra de conquista, mediante la agresión armada, arrogantemente bautizada como una “operación especial” que el dictador ruso dijo que concluirían en tres (3) días. Esa ayuda militar y económica ha sido importante, pero más lo ha sido la valentía y sacrificios sin límites del pueblo ucraniano, liderado por Zelensky, para defender su país, durante tres años de heroica resistencia, que han hecho fracasar los planes imperialistas del megalómano del Kremlin.

La irrupción de Donald Trump en la escena internacional y el viraje de 180 grados en relación con la línea de la política exterior de su predecesor, Joe Biden, que ha saludado complacido Putin, porque aparte de que le permitiría ganancias territoriales, como quedó demostrado en el encontronazo con Zelensky, al final de las cuentas, se ha convertido en un bumerán con efectos de diferente naturaleza que son convenientes de destacar y resumir.

Primero, la resistencia del presidente Zelensky a que le impusiera a Ucrania, como le exigían, “agradecer y pagar las ayudas recibidas” de Estados Unidos, por unos montos artificialmente exagerados y entregar las riquezas minerales de su país, por ser una factura injusta que, en lugar para cobrársela al victimario, injustamente se le quiere cobrar a la víctima, ha generado mayor solidaridad con Ucrania y, en la misma proporción, desaprobación y hasta abierto rechazo al desatino protagonizado por el presidente Trump y su vicepresidente.

Segundo, la radical exigencia del presidente Trump de que las garantías de seguridad justamente demandadas por Zelensky, tienen que ser asumidas exclusivamente por Europa, dejó en claro que esta no podrá depender ni confiar en el apoyo de Estados Unidos, sino que tendrá, como ya lo han manifestado sus líderes militares más importantes, el Reino Unido y Francia, que construir sus propias e idóneas estructuras defensivas, para la que se han adelantado propuestas para su financiamiento por la presidente de la UE, Ursula von der Leyen, que serán parte del temario de la Cumbre de Lisboa.

Tercero, la clara reorientación de la política exterior patrocinada por el gobierno de Trump, con abiertas críticas tanto a la Unión Europea, acremente hechas por el propio presidente, como por su vicepresidente en la reciente conferencia de Munich y su viraje y la condescendencia favorable a Putin, parece ser el prólogo de la muerte o la desaparición de la histórica alianza creada a seguidas de la Segunda Guerra Mundial, la NATO, diseñada para enfrentar la amenaza que para el Occidente representaba la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus ambiciones imperialistas, puesto que ese objetivo se vacía de contenido con la nueva actitud del presidente Trump favorable a las pretensiones expansionistas del dictador del Kremlin.

En síntesis, después del abrupto cambio resultante del desencuentro de la Casa Blanca, hay una nueva realidad internacional, con unos Estados Unidos que, bajo el liderazgo de Donald Trump, ha decidido jugar a desestabilizadoras alianzas con quienes pretender imponer sus ambiciones hegemónicas violando todas las reglas de la convivencia internacional. Pero ese viraje, así como constituye un peligro para la paz y la seguridad mundiales, también ha servido, como todo apunta, para que Europa tome conciencia del nuevo rol que debe asumir como uno de los polos del poder mundial, capaz de ser el fiel de la balanza, para desarmar actuales y futuras aventuras expansionistas. En ese sentido, la Cumbre de Lisboa bien puede significar un antes y un después para redefinir la convivencia internacional, basada en el respeto y la observancia del derecho de todas las naciones a vivir dentro de fronteras pacíficas y seguras.

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