Las bellas artes – música, literatura, pintura, danza, escultura, arquitectura y cinematografía – son productos de la estética y de la imaginación humana para expresar ideas, emociones y una visión del mundo a través de recursos plásticos, lingüísticos, sonoros y corporales.

Todas estas son, además, componentes de la cultura de un país y tienen una función social. Así vemos, por ejemplo, el himno nacional de cualquier nación que al representar su identidad y unidad a través de música y letra, simboliza a la vez su historia y tradiciones, fomentando el patriotismo y el sentido de pertenencia de sus ciudadanos.

En tanto que la sabiduría es el grado más alto del conocimiento individual, desarrollado con la inteligencia y la experiencia de cada humano para discernir la verdad y lo bueno y lo malo de nuestras acciones. Este conocimiento individual es la base de nuestro buen juicio y sentido común, al ordenar y juzgar todos nuestros conocimientos, como bien lo señaló Santo Tomás de Aquino en su obra Metafísica.

Entre estos dos –“arte” con su cimiento social y “sabiduría” con su base en cada individuo– logramos una visión particular del mundo que además nos ayuda a resolver problemas, a evitar o impedir peligros y hasta a alcanzar nuestras metas, por eso la importancia de las bellas artes en nuestras vidas.

Además, ambos son factores esenciales en la transmisión de las ideas y valores de cualquier cultura dada su antedicha función social que conlleva también la pedagógica y la mercantil, no solo la ornamental.

Esta actividad artística humana, casi sinónima de talento y capacidad por su potencial creativo, es vista como “una mentira que nos ayuda a ver la verdad”, al decir de nada menos que Pablo Picasso. Esto nos recuerda que históricamente el arte y su significado ha ido variando con el paso del tiempo, a veces considerado como una mera manualidad o cuando más, una acción efímera, sin su estrato estético y emotivo.

Poco a poco, las artes se convirtieron en un medio de promoción social y religioso, dándoles un sentido perfeccionista, hasta llegar a nuestros días con su concepto de arte moderno muy alejado de la religión, cuando las cosas ya no se representan tal como son, sino tal como las ve el artista, enfatizando la imaginación artística, donde todo es movimiento y dinamismo.

La relatividad del buen gusto artístico, opuesta a la reglamentación académica, concedió a los artistas la libertad de expresión, haciendo que el arte surgiera espontáneamente del artista y su genialidad creativa, con toda autonomía.

Para el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, el arte es una vía para escapar del estado de infelicidad propio del humano; para él, la creación artística es la forma más profunda del conocimiento y de la sabiduría, al ir más allá del “yo” del artista.

Pero esta postura pretendía aislar al artista de la sociedad, en su búsqueda individual de la belleza, alejándose de cualquier componente social, al extremo de vivir en un mundo autónomo y aislado, con su propio concepto de belleza, cuyos signos distintivos son lo transitorio, lo fugaz y lo efímero y cambiante.

La modernidad, con su rechazo de la belleza clásica y su concepto de la realidad, que tanto el cine como la fotografía se encargan de plasmar con realismo, nos lleva al arte abstracto, con su expresión de un mundo interior de sentimientos que no reflejan la realidad, ya que el artista representa lo inexistente e irreal, que para el insigne Ortega y Gasset representa una deshumanización del arte.

Así, el buen juicio y sentido común que nos da nuestra sabiduría, vértice de la pirámide constituida por nuestro conocimiento práctico, hace posible ese gozo de las bellas artes, a su vez repletas de sabiduría.

*El autor es articulista y economista
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