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- 11/03/2025 00:00
Rentismo, transitismo y racismo: claves de nuestra colonialidad
Las pugnas políticas de casi todo el período republicano, excepción hecha de la fase llamada del Torrijismo (1970-1981) enfrentaban a las élites económicas que buscaban hacer prevalecer sus intereses de sectores y fracciones de clases diferentes. Por un lado, los “desarrollistas” impulsadores del desarrollo económico basado en las actividades de producción (agrarias y de transformación manufacturera) y, por otro, los transitistas-rentistas, basados en el crecimiento que resulta de la obtención de rentas por actividades que desarrollan a capitales extranjeros, como es el caso de rentas por servicios dados a la actividad portuaria, al extractivismo minero exportador y al común de los comercios y servicios de la zona de tránsito vinculado al mercado internacional, incluidos los que inundan al país de mercancías y bienes agropecuarios producidos en ese mercado externo.
Entre ambos grupos económicos-políticos, resulta imposible el desarrollo autónomo, soberano de la sociedad, cuando estos últimos ejercen el poder del Estado. Para nuestro infortunio, desde la muerte del general Torrijos, estas élites rentistas-transitistas racializadas iniciaron su retorno a la conducción presencial del Estado camuflado en todos (reitero, en todos) los partidos políticos que han gobernado desde 1984 hasta hoy. La cuestión es que este modelo ya mostró signos visibles de agotamiento y sus agentes gubernamentales están en la búsqueda de salidas para volver a reflotar y elevar las tasas de ganancias de sus actividades, bajo el mismo esquema rentista-transitista racista, mas no para reemplazarlo.
Así, el “gobierno Mulino” está para encontrar soluciones de dinamización de la economía, pero no por la vía productivista que originó el desarrollo capitalista, sino por la vía de la obtención de rentas, como la que se vislumbra manejar con los fondos de pensiones de las clases trabajadoras, favoreciendo que se dependa de rentas financieras y extractivistas del mercado internacional, abandonando el mercado interno. Recientemente, una oferta de inversión de cacao de exportación de gran escala, ambientalmente viable, con alto grado de potenciación de la cadena de valor productiva nacional en el occidente de Colón, fue negada por el gobierno actual —culminando lo iniciado por el anterior— al estar en contraposición con el extractivismo minero metálico destructivo en esa región (ver artículo “Cuando el cobre mata al cacao la colonialidad se profundiza” en este mismo medio”, publicado el 4/03/2025).
Las medidas que contrarrestan el agotamiento (baja tendencial de las tasas de ganancias) de este modelo económico-social y su crisis resultante, encuentran enormes dificultades para ser aplicadas en Panamá por la propia conformación de nuestra colonialidad. Por ejemplo, la reducción de costos de materias primas, una de las medidas, se escapa a su control por cuanto sus fuentes localizadas en el mercado exterior junto a la estructuración de empresas oligopólicas controladoras de dichos precios son parte consustancial de la composición de las clases que gobiernan. Caimán no comerá caimán.
El control de las riquezas generadas por los trabajadores (fondos de pensiones) y la depredación de nuestros bienes ambientales en favor de intereses colono-imperiales, parecen ser las medidas vistas por los rentistas-transitistas racializados como “salvadoras” del modelo vigente.
Aquí, empleamos el concepto de racialidad, no de origen biológico, sino el referido a procesos de jerarquizaciones originadas en sistemas coloniales donde se diferencian grupos humanos “superiores” de “inferiores” con el propósito de justificar la explotación de una clase social por otra. Por ejemplo, etnias superiores (anglosajones) e inferiores (indígenas y afros), nacionalidades superiores (europeos y estadunidenses) e inferiores (centroamericanos, caribeños, asiáticos). Los “superiores” gozan de privilegios que no usufructúan los “inferiores”; los grandes empresarios tienen mayor acceso a beneficios que permiten obtener mejores ingresos que los llamados emprendedores (considerados de clases inferiores). Nuestro sistema tributario regresivo es evidencia de esto.
Este fenómeno también ocurre en la subjetividad, es decir, tales procesos se internalizan y se admiten como normales y no como relaciones discriminatorias producto de esa jerarquización racial de origen colonial. Así, hasta una transacción como la compra de las concesiones portuarias antes poseída por una corporación asiática (jerarquía inferior) por una de asiento anglosajón como Black Rock (jerarquía superior), se mira como fructífera para el país... Algo que solo es beneficioso para este agente económico.
A fin de cuentas, mientras al Estado lo sigan conduciendo los beneficiados del rentismo-transitismo racializado, no hay probabilidades reales de un desarrollo humano para todo nuestro pueblo. De aquí, se presenta el reto de descolonizarnos de ese razonamiento racializado para poder superar la colonialidad existente.