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Yo, la Udelas y reflexiones silentes de un telescopio

  • 03/04/2025 00:00

Hace unas semanas regalé mi telescopio más potente, un Newtoniano que parecía abatido por el desuso y que merecía un nuevo dueño, alguien con pasión por el cosmos y pericia para darle vida de nuevo. Lo extraño profundamente al punto que anoche, mientras contemplaba el cielo nocturno, sentí su ausencia y reflexioné...

Las estrellas, más que luces distantes, han sido siempre un faro que guía nuestra curiosidad infinita. La conquista del espacio no es solo un logro tecnológico; es la manifestación de nuestra esencia como exploradores. Ver la Tierra desde el espacio transforma nuestra perspectiva: suspendida en la inmensidad del cosmos, es un milagro frágil, sin fronteras ni divisiones, un hogar que compartimos todos. Esa visión nos desafía no solo a protegerlo, sino también a seguir buscando y a explorar más allá de sus límites.

El espacio ha sido también el escenario donde la humanidad ha demostrado su capacidad de cooperación. La Estación Espacial Internacional, ubicada a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas, representa un laboratorio de ideas compartidas, donde científicos y astronautas de diversas naciones trabajan juntos para expandir las fronteras del conocimiento. En condiciones de microgravedad, hemos realizado experimentos que han revelado fenómenos imposibles de estudiar en la Tierra, desde el comportamiento de fluidos hasta el desarrollo de nuevos materiales y medicinas con la capacidad de transformar vidas.

Cada misión espacial y cada telescopio enviado nos devuelven preguntas esenciales: ¿de dónde venimos? ¿Qué hacemos aquí? Y en lugar de hacernos sentir insignificantes, el universo nos inspira a reconocer nuestra capacidad de comprender su diseño. Hemos enviado sondas a otros planetas, aterrizado en cometas y observado galaxias que existen a millones de años luz. Y lo hemos hecho desde esta diminuta roca azul, nuestra nave.

Cada lanzamiento hacia lo desconocido reafirma lo que podemos lograr cuando trabajamos juntos. No se trata únicamente de tecnología o ciencia; es la materialización de nuestra capacidad de soñar y de transformar lo imposible en realidad.

La conquista del espacio no es solo un viaje hacia afuera; es un viaje hacia adentro, hacia nuestra identidad. Cada átomo en nuestro cuerpo tiene un origen estelar: el hierro de nuestra sangre y el carbono de nuestras células nacieron en estrellas masivas que, al morir como supernovas, forjaron y esparcieron estos elementos. Esa materia, esparcida por el cosmos, dio vida a nuestro planeta y, eventualmente, a nosotros. Somos polvo de estrellas y mientras sigamos mirándolas, encontraremos respuestas e inspiración, que es recordatorio de que llevamos el universo en cada uno de nosotros, y con ello, la responsabilidad de cuidar este único y extraordinario mundo que es nuestro hogar.

Seguiré reflexionando, bajo el cielo nocturno que siempre me ha dado respuestas. Aunque a menudo en forma de más preguntas. Y aún así yo, seguiré reflexionando.

*El autor es docente de la Universidad Especializada de las Américas, Udelas