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En días así

Actualizado
  • 30/04/2024 23:00
Creado
  • 30/04/2024 11:47

Frente al paredón de nuestra conciencia están desfilando muchos; los de antes y los de ahora, los que han llevado a Panamá al estado de cosas en que estamos [...] No sé usted, pero yo no bajo la bandera de la esperanza en que esta vez no escogeremos a quienes hundirán más a nuestro Panamá

En estos días en que estamos pendientes de la ¿confusa, polémica?, situación política que atañe al Tribunal Electoral y a la Corte Suprema de Justicia, para alejar pensamientos que me inquietan, retomé el inventario de mis artículos publicados en diarios locales. La tarea me serviría para no sumirme en el zaperoco político-jurídico que la verdad sea dicha, es un tremendo bajón en la confianza que nos deberían inspirar las entidades directamente responsables de este “trepa que sube”, zaperoco, términos populares aplicables a lo que se está viviendo en esta estrecha cintura ístmica, pedacito de planeta con severa crisis climática. Y de crisis en crisis andamos.

En la novela Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, dice el personaje central: “Hoy, jubilado, pero no vencido, gozo del privilegio sacro de escribir en casa, con el teléfono descolgado para que nadie me perturbe, y sin censor que aguaite lo que escribo ...”, ídem por acá. Después de 32 años de estar tecleando por la libre, sin compromiso con nadie, me sigo preguntando, y hoy especialmente, ¿por qué escribo, para qué sirve lo que escribo? Estoy segura de que he llenado cuartillas que no muchos han leído; otras solo fueron leídas por mí y quedaron abandonadas en la memoria de este maravilloso recurso tecnológico, la computadora. Son palabras que salieron de la jaula mental donde se encierran y salen a revolotear inquietas, ansiosas de volar libres, de hacer volteretas en las circunvoluciones de mi cerebro. Salieron para compartir alegrías y penas porque “una alegría compartida es doble alegría y una pena compartida es media pena”. Muchas de esas palabras se negaron al silencio o al descanso para dar voz a alguna injusticia, a actos de corrupción en los gobiernos, mal endémico para el cual no se ha encontrado antídoto.

Así es. Quisiera, en estos días, escribir con humor alegre que despierte sonrisas, las ganas de soltar una carcajada porque estamos necesitando como transfusión de vida ver el lado alegre, grato de la vida. Pero no resulta fácil. Pareciera que en la balanza de nuestros días el equilibrio está inclinada negativamente y si tuviera “un corazón de madera que ni sufra ni padezca”, como dice una canción, no sentiría la decepción, la irritación, la pena que siento por la baja calidad de esos que pretenden, desde alguna posición, alcanzar el poder; también por ver en nuestras calles tanta mendicidad; a jóvenes hombres y mujeres vendedores de cuanta cosa bajo sol y agua porque no tienen trabajo; los ancianos desprotegidos de la seguridad social, ignorados por el sistema. Pero no quiero corazón de madera porque el que tengo no me permite la indiferencia ni pensar como tantos, “no hay nada que yo pueda hacer, ese es problema del gobierno”. ¡Ajá! Y dígame, ¿quién eligió a los que tienen a nuestro país en el estado en que está? “No se me haga”, como decía Cantinflas.

Frente al paredón de nuestra conciencia están desfilando muchos; los de antes y los de ahora, los que han llevado a Panamá al estado de cosas en que estamos. Me estoy saliendo de mi intención inicial del artículo, pero faltan tan pocos días para decidir nuestros votos que es inevitable que invite al lector a escarbar en su conciencia, a sacudir las neuronas para que se dediquen a medir con la vara de la honestidad personal al candidato presidencial que no se permitirá ser cómplice de delincuentes; para que escoja al gobernante (ninguno es perfecto, no existe tal) que esté dispuesto a sacudirse de las rémoras; de los que se montan “aguachinche” del presupuesto del Estado para vivir cinco años pegados a la ubre gubernamental para negocios, salarios, viajes, privilegios personales, etc. De los codiciosos que no sacian sus riquezas; sus fincas, mansiones, joyas, negocios sucios, cuentas bancarias en paraísos fiscales, ¡líbranos, líbralos, Señor! También de la impunidad que no alcanza el brazo de la justicia, que parece sufrir trastorno de movilidad que le impide quitarse la venda que le cubre los ojos.

Nos esquilmaron los saqueadores del Erario sin que les remordiera la conciencia no priorizar la atención al Hospital del Niño, al Instituto Oncológico Nacional, a cientos de escuelas dilapidadas; a barriadas enteras sin agua; a centros de ayuda a lo largo del país para orientación y rehabilitación de víctimas de la drogadicción, azote que no se maneja con policías haciendo batidas y llenando cárceles. Aquí recuerdo al escritor uruguayo, Eduardo Galeano, quien en El libro de los abrazos escribió: “Estamos aquí sentados mirando cómo nos matan los sueños”, frase que leyó en una pared. ¿Así seguiremos? No sé usted, pero yo no bajo la bandera de la esperanza en que esta vez no escogeremos a quienes hundirán más a nuestro Panamá. Sería duro aceptar que volvimos a fallar. Deseo confiar como el poeta, José Franco, inmortal en nuestra historia literaria, que nos dice en su obra Panamá defendida: “Sin embargo / mañana serás júbilo / podré mirarte alegre, / oler tu casa limpia, / sentir tu aurora libre / sobre tu patrimonio. / Junto a tu corazón, / mañana, te lo juro, / cantaremos un himno por la vida”.

La autora es comunicadora social