Columnistas

Charlatanes ambientales y otros males de la rama

  • 23/05/2024 00:00

[...] las discusiones y decisiones sobre temas ambientales deberían basarse en un conocimiento riguroso y respaldado por la ciencia [...]

La preocupación por el deterioro de la calidad ambiental y su impacto directo en la calidad de vida humana se originó con el surgimiento de la primera ola del ambientalismo, catalizado por la obra Primavera Silenciosa de Rachel Carson, magíster en biología y zoología, quien en 1962 alertó al mundo sobre los riesgos de la contaminación. Las publicaciones de Carson desencadenaron un movimiento ambientalista que se desarrolló en diversas etapas históricas y contextos tanto nacionales como internacionales, al punto de llevar al debate público y político la implementación de medidas y legislaciones que lograron generar cambios significativos en las sociedades. Entre estos cambios destacan la eliminación de los clorofluorocarburos (CFC), principales responsables del deterioro de la capa de ozono, y la conservación de los bosques naturales mediante la creación de figuras jurídicas como las reservas forestales y parques nacionales. Ya en Panamá, aunque de manera torpe y burocrática, vimos cómo fue cambiando el Instituto Nacional de Recursos Renovables (Inrenare), Autoridad Nacional del Medio Ambiente (ANAM), hasta llegar al actual ministerio de Medio Ambiente.

El fervor generado por estos temas, junto con la era posmoderna en la que vivimos, ha dado lugar a un problema social: las personas que se autoproclaman “ambientalistas” en redes sociales y que muchos medios de comunicación los ensalzan como tales. Estos individuos terminan tergiversando y deformando las ciencias ambientales para adaptarlas a sus ideologías, pasiones personales, objetivos políticos y necesidad de atención mediática, hablando con autoridad y convicción sobre estos temas, pero carecen de formación académica o expertise en las áreas que dicen defender, inventando datos, malinterpretando la información que encuentran en internet o simplemente copiando argumentos que han escuchado en algún lugar, sin ningún respaldo científico.

En la actualidad, el término “ambientalista” ha perdido su valor técnico y profesional. Lo más preocupante es que, a pesar de su falta de reconocimiento en ámbitos científicos, universitarios o en círculos de investigación, son precisamente estas posturas las que más difunden los medios de comunicación. Esta situación plantea un desafío importante, ya que las discusiones y decisiones sobre temas ambientales deberían basarse en un conocimiento riguroso y respaldado por la ciencia. En lugar de eso, la atención mediática se centra a menudo en puntos de vista superficiales o mal fundamentados, lo que puede distorsionar el entendimiento público sobre asuntos cruciales como el cambio climático, la conservación de la biodiversidad, la gestión sostenible de recursos o el manejo de los desechos sólidos de la ciudad.

Es deber de todos los que nos dedicamos a esta rama exponer y defender las ciencias ambientales contra los ambientalistas charlatanes.

Como sociedad es crucial poder distinguir entre los charlatanes ambientales y aquellos que verdaderamente se dedican a las ciencias ambientales, ya sea en la ejecución de proyectos, la investigación o a través de fundaciones con resultados comprobados. Los charlatanes ambientales suelen carecer de la formación y el compromiso necesarios para abordar los desafíos ambientales de manera efectiva. A menudo, se basan en afirmaciones superficiales o poco fundamentadas para atraer la atención, sin el respaldo de estudios científicos sólidos.

El autor es ingeniero ambiental