Cultura 08/07/2018 - 12:00 a.m. domingo 8 de julio de 2018

Su Panamá

Siempre es el Panamá de él o ella, nunca es un Panamá compartido

Mónica Miguel Franco
monicamiguelfranco@hotmail.com

Esta madrugada mi mente tuvo una epifanía. Creo que he descubierto cuál es el problema que subyace en este país, su Panamá de ustedes.

A ver, seguro que han escuchado hablar de las teorías de la neurociencia cognitiva, esta rama que estudia los mecanismos biológicos subyacentes a la cognición, según definición dada por Wikipedia. O sea, y en palabras de andar por casa, que estudia la importancia del lenguaje en la construcción del mundo en el que vivimos.

No piensen ustedes que es este un tema baladí, que ya la Biblia adelantó el abracadabra mágico cuando dijo aquello de ‘En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios'. (Juan 1:1). El Verbo se hizo carne. La palabra siempre deviene realidad tangible. Lo que dices, es.

Lo que decimos y cómo aprendemos a decirlo modifica nuestra realidad. Lo dijo Ortega y Gasset, ‘la teoría, el pensamiento humano, no descubre el Universo, sino que lo construye'. Lo afirmó Huxley: ‘Las leyes científicas y los conceptos afines (no existen en el mundo sino que) son creaciones de la mente humana'. El lenguaje, la forma de decir las cosas no es solo una elección determinada de sonidos para designar una u otra cosa, la lengua interpreta lo que se ve y logra que el cerebro lo comprenda de distinta manera. Eso modifica la cognición. Lo que nosotros en Panamá vemos blanco, un inuit puede verlo hasta de veinte formas diferentes, y cada una de ellas significa distintas cosas para él y desata distintas reacciones.

El lenguaje marca nuestra forma de entender el mundo y a nosotros mismos en él. El lenguaje nos construye una realidad en la que encajamos de una u otra forma. No captamos la misma realidad hablando en japonés que hablando en arameo. La lengua materna, aquella en la que aprendemos las primeras palabras, es la que marca indeleblemente nuestro mundo. Los que comparten palabras comparten una realidad. ¿Y a qué viene todo este rollo macabeo que les acabo de endosar? Pues viene a que creo que he entendido cuál es el problema que subyace en las corruptelas y el juegavivo panameño. Aquí enseñan a los niños a ser poseedores de todo: ‘mi mamá' se dicen entre hermanos cuando se refieren a la madre común; ‘mi Panamá', enarbolan una y otra vez los adultos cuando se refieren al istmo. Y acabo de entender que usan el posesivo como eso, como un posesivo, no en el sentido de ‘relación con', como en ‘mi jefe', sino en el sentido de mío de mí mismo.

‘Las bellezas de mi Panamá'. ‘¡Cuánto daño le han hecho los políticos a mi Panamá!' ‘Debemos devolverle la decencia a mi Panamá'. Siempre es el Panamá de él o ella, nunca es un Panamá compartido. No se habla de una patria común, sino de un suelo propio. Una propiedad. Una hacienda privada.

¿Y saben lo que pasa cuando algo es de uno? Exacto, que hacemos lo que nos da la gana con ello, porque para eso es nuestro.

¿Y saben qué?, señores y señoras, siento bajarlos de esa nube narcótica, sé que el golpe será de órdago, pero Panamá no es suyo. No lo es. Ustedes no son dueños de nada. No tienen derecho posesorio sobre este terruño.

¿Cuál es la solución? Pues podemos empezar por enseñarles a los niños a no decir esa pendejada de ‘mi Panamá'. A ver si las nuevas generaciones dejan de ver Panamá como algo suyo.

Empecemos a entender el mundo de otra manera desde lo más básico. Cambiemos el código. Cambiemos la realidad.

COLUMNISTA

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