Cultura 16/07/2019 - 12:00 a.m. martes 16 de julio de 2019

El refugio del inmigrante para enfrentar las añoranzas

Tres extranjeros narran cómo, a través de su actividad profesional, han aportado al país y han podido sobrellevar la tristeza que causa el tener que dejar atrás el sitio donde nacieron

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Keila E. Rojas L.
krojas@laestrella.com.pa

Están las dos maletas abiertas en la cama. Recorre su casa con nostalgia. Observa los portarretratos, hay toda una historia generacional en ellos. En una esquina están los libros, entre ellos el que le regaló su madre y el primero que compró. También hay un lugar para las cartas que le escribió su pareja cuando eran novios. Voltea la mirada hacia la cocina, allí ha permanecido por cinco años ese cuadro que pintó su sobrino. Una pregunta perdura e irrumpe sus pensamientos: ¿Qué meto en las maletas? Esta es la vivencia de no pocos inmigrantes a la hora de decir ‘me voy y no hay vuelta atrás'.

‘Es la historia de un amigo y a mí también me pasó. Es difícil. Solo puedes llevarte lo que va en las maletas y lo que guardas en tu memoria, lo demás queda atrás. Queda un dolorcito adentro que no se calma por más que uno lo intente. Es como dejar todo', afirma con melancolía la cantante venezolana Marianne Malí.

¿Cómo sobrellevan o minimizan Malí, Ritha y José Ángel la tristeza de dejar parte de su historia y el lugar que les vio nacer? Tres inmigrantes que residen en Panamá y cuyas historias están unidas por situaciones peligrosas en tierra natal que pusieron en riesgo sus vidas.

Movimiento milenario

La migración es un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Millones de personas han dejado sus hogares para emprender una vida nueva en algún lugar del mundo.

‘Dependiendo de por qué o cómo salgan de su país, se verán o no, emocional o psicológicamente, afectados. Algunos, incluso, pueden llegar a padecer el síndrome del emigrante o síndrome de Ulises, que se manifiesta a través de tristeza, soledad, culpabilidad, tensión, nerviosismo y, en el peor de los casos, deterioro físico', asegura el psicólogo Marvin T. Caballero.

‘Encontrar una actividad positiva que les guste, a través de la cual pueden desahogarse, claro que es una opción para mermar el dolor o la tristeza que sientan', apunta Caballero.

Justo el ‘remedio' que encontró Malí. Para ella, ‘cantar es ese llanto que no puedes soltar, es ese grito que no puedes dar y esa furia que no liberas. Todo sale cantando. El desconsuelo, la congoja, todo sale por las letras'. ‘Cantando y haciendo música me reconforto', asegura la artista, quien en días pasados mostró su talento en Panamá, en una noche llena de jazz y pasión, en una Guataca de fusión venezolano-panameña.

Guataca es una fundación que se convirtió en un movimiento social. El objetivo es rescatar las raíces venezolanas, en Panamá se le brinda el espacio tanto a artistas panameños como a venezolanos. ‘La idea es que haya una mezcla cultural en la tarima y que se le dé la oportunidad a los artistas de expandir su talento', cita.

La cantante venezolana divide su carrera artística entre la producción de eventos culturales y su vocación de vida: la música. Por casi cinco años administró en Venezuela un teatro.

‘Llegó un punto en el que la delincuencia estaba tan descontrolada que decidimos cerrar. Robaban constantemente y viví situaciones muy difíciles. Era imposible soportar eso', rememora Malí

Condición similar sufrió Ritha, estilista profesional que por 25 años vivió en la Costa Norte de Honduras.

Mareros al asecho

‘Mi mamá, mi hermana y yo éramos dueñas de una trucha (tienda o abarrotería) y de una sala de belleza. Mi hermana se casó y junto a mi cuñado administrábamos los negocios. Un día un marero (miembro de la mara Salvatrucha) llegó y nos dijo que debíamos pagarles para que no nos hicieran daño. Al comienzo nos negamos, pero tras amenazarnos de muerte, cedimos', recuerda Ritha.

‘Esto me ha ayudado mucho. Cada vez que me quiere dar esa nostalgia, pues nunca se va del todo, me paro frente a mis alumnos y empiezo a dar mi clase, es mi antídoto',

JOSÉ ÁNGEL

PROFESOR

‘Yo era la encargada del salón de belleza. Ya no recuerdo cuántas veces llegaron con sus armas a pedir que les diera dinero. Las cosas empeoraron. Un día intentaron secuestrar a mi cuñado y dos semanas después, los cuatros salimos del país Mi hermana y su esposo a un país y mi madre y yo, acá. Solo empacamos lo necesario', detalla con tristeza.

La joven hondureña asegura: ‘dejé mi vida allá, mi barrio, mis amigos... '. Entre sollozos señala que ‘es un dolor que no puedo explicar'. ‘En tres años que tengo de vivir en Panamá no ha pasado un día sin pensar en mi tierra. El afecto, sobre todo de los nacionales, ese ¡buenos días, buenas tardes, cómo están! No te imaginas cuánto ayuda a acomodarse a esta nueva realidad', reflexiona.

‘¿Cómo hago para aplacar el dolor? Tomo mi cepillo y el secador de cabello y hago lo mejor que sé hacer: resaltar la belleza de las mujeres arreglando su melena. Entre trabajo y trabajo siento que libero mi tristeza. Ver a las clientas felices me reanima, me dice que no todo está perdido. Que podemos, como quien dice, renacer aquí. Me da ánimos para seguir otro día y otro día ...', señala.

Ritha agradece la confianza de las nacionales en su trabajo y reconoce que más que un beneficio económico la actividad ‘es como una catarsis, es esa limpieza diaria emocional y espiritual. Es un escudo contra la soledad y la tristeza'.

Sentimientos a los que también se enfrentó José Ángel, colombiano de 45 años de edad. Entre sus marcadas líneas de expresión afloran recuerdos que ya no le causan frustración y dolor como antes.

Viaje no planificado

‘Nací en Bogotá, Colombia, no está de más decirte que es un país muy bello al cual amo mucho', dice sonriente. En la efervescencia de su juventud estuvo en una relación y se convirtió en padre. ‘Por cosas de la vida ( ríe ) su madre se fue y me tocó hacerme cargo de mi hijo Miguel. Mi madre y mi hermana me ayudaban. Yo trabajaba, ya era profesor', recuerda.

Miguel creció siendo ‘un joven tranquilo de casa, pero una pandilla ‘lo marcó', estaban interesados en reclutarlo y en una ocasión llegaron al hogar de mi madre de forma violenta para amedrentar. Fue una decisión dura, pero necesaria. Ya habíamos visitado Panamá varias veces, pues teníamos familiares aquí. No muchos días después me vine con mi hermana y mi hijo, mi madre se fue a otro departamento', detalla.

‘¿Fue difícil?, sin duda alguna. A pesar de estar rodeado de mucha gente sentía que estaba solo, estaba tres días bien y cuatro días triste, creo que fue la manera o la razón por la que tuvimos que dejar nuestra tierra, nunca había pensado salir a vivir a otro país', dice.

Tres años después, José Ángel contrae matrimonio con una panameña. Le costó casi cinco años regularizar sus papeles para trabajar en una escuela privada. ‘Esto me ha ayudado mucho. Cada vez que me quiere dar esa nostalgia, pues nunca se va del todo, me paro frente a mis alumnos y empiezo a dar mi clase, es mi antídoto', sostiene, a la vez que especifica que el aula ‘es como un refugio, es ese lugar donde solo hay cabida para lo que te gusta hacer y al llenarte de eso, sacas lo que no es bueno, como la tristeza'.

Hoy estos tres inmigrantes, quienes salieron abruptamente de su tierra natal, reconocen el valor del apoyo emocional de quienes los rodean. Pues cuando alguien decide emigrar, deja atrás el sitio que le vio nacer, los lugares, personas y acciones que construyen los recuerdos de toda una vida; deja atrás sus costumbres, sus tradiciones; deja atrás a familia, amigos, a personas muy queridas.

Toma forma la frase del filósofo, sociólogo y catedrático francés, especialista en movimientos migratorios, Samí Naïr: ‘Emigrar es desaparecer para después renacer; inmigrar es renacer para no desaparecer'.

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