Cultura 11/08/2019 - 12:00 a.m. domingo 11 de agosto de 2019

Los maestros titiriteros

En Japón el arte del ‘bunraku' tiene más de cuatrocientos años y no se ha perdido, por el contrario, se ha convertido en un verdadero representante de la cultura japonesa

Bunraku en el santuario de Meiji / Cedida
Cedida

Bunraku en el santuario de Meiji

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Rolando Rodríguez De León
periodistas@laestrella.com.pa

Los títeres o marionetas siempre han sido el deleite de los chicos, algunos tuvimos la suerte de disfrutar su trabajo en eventos y teatros; en la actualidad solo se ven en supermercados. En cambio, en Japón el arte del bunraku tiene más de cuatrocientos años y no se ha perdido, por el contrario, se ha convertido en un verdadero representante de la cultura japonesa.

Sus inicios

Los teatros de títeres o bunraku nacieron en el Japón del siglo XVII en la región de Kansai, a finales, en 1684, Gidayu Takemono inauguró en Osaka su teatro de marionetas Takemono y entonces fue muy bien acogido. A diferencia de los títeres manejados por hilos o con forma de guante que conocemos, los espectáculos japoneses utilizan grandes figuras que pueden llegar a medir un metro de altura. La cabeza está hecha de madera con artilugios que le permiten mover lo ojos y boca o, dependiendo de la obra, transformar el rostro completamente en un ogro o demonio.

Debido a su tamaño, las marionetas son manipuladas por tres operadores: el sannin-zukai , que es el líder de los titiriteros, maneja la cabeza y el brazo derecho; el hidari-zukai , la mano izquierda; y el ashi-zukai se encarga de mover los pies. Aprender su manejo requiere de mucha práctica y se avanza en su conocimiento en el orden antes mencionado. Para poder llegar a ser el sannin-zukai , se toma hasta diez años. Mientras que nuestros titiriteros se esconden, los maestros japoneses están en el escenario con los muñecos, eso sí, ataviados de pies a cabeza con color negro, de forma que el público, al concentrarse en la marioneta, termina por bloquearlos.

‘A pesar de la gran cantidad de contendientes que tiene este arte en la actualidad, es considerado una forma elevada de cultura, por lo que goza de la protección del gobierno'.
 

Las puestas en escena del bunraku tienen muchas sorpresas, están acompañadas por la música del shamisen —instrumento musical japonés de tres cuerdas— y en ocasiones por tambores taiko ; además las voces, tanto de narración como de los personajes, son hechas por el tayu , quien cultiva una entonación diferente para cada personaje que interpreta, de manera que el público puede identificarlos a todos.

Los temas que se tratan en el bunraku son historias y leyendas japonesas, poco conocidas fuera de su país de origen, se trabajan géneros diversos como tragedias, romances, j idaimono —obras de época—, comedias, sewamono —obras contemporáneas— entre otros. Lo más admirable es que pueden durar de tres a ocho horas, dependiendo de la puesta en escena. La extensión puede dificultarse para un público no familiarizado.

A pesar de la gran cantidad de contendientes que tiene este arte en la actualidad, es considerado una forma elevada de cultura, por lo que goza de la protección del gobierno, que brinda ayuda financiera para que su desarrollo continúe a través del tiempo.

De las tablas a la pantalla de plata

En la actualidad las presentaciones de bunraku se hacen esporádicamente, de cuatro a cinco en Osaka y de tres a cuatro en Tokio anualmente, pero las compañías japonesas son bastante solicitadas en Europa, Australia y Estados Unidos. Como en Panamá no hemos tenido la suerte de disfrutarlas, me complace en informarles que hay una forma de experimentar algo parecido al teatro bunraku y es gracias a Kihachiro Kawamoto (1925-2010), quien diseñó y creó marionetas, además fue guionista, director de cine y animador. Trabajó con Tadahito Mochinaga, animador conocido en nuestro país por la popular película navideña Rudolph, el reno de la nariz roja (Rudolph the red-nosed reindeer, 1964). En la década de los cincuenta, funda junto a Tadasu Iisawa la Productora de Animaciones Shiba, para llevar las animaciones a la televisión. En 1963, dará un giro a su vida, viaja a Checoslovaquia para estudiar bajo la tutela del legendario animador Jirí Trnka, quien despertó su interés por animar las leyendas e historias japonesas. En palabras de Kawamoto: ‘Trnka me enseño mucho, me abrió los ojos y en ese momento comencé a entender todo lo relacionado con la animación de marionetas'.

A su regreso a Japón, trabaja de forma independiente y en la década del setenta se aprecian las influencias que tuvo del teatro Noh, el kabuki y en especial del estilo de marionetas del bunraku .

Creó tres cortos El demonio (Oni, 1972), El templo Dojoji (Dojoji, 1976) y La casa de las llamas (Kataku, 1979), considerados una excelente muestra de la animación de marionetas por sus movimientos y lo expresivo de sus títeres.

Es que después de estudiar con Trnka, él reconocía que sus animaciones cobraron nueva vida. En 1995 en reconocimiento a su trayectoria y trabajo educativo en pro de la cultura japonesa, el emperador le otorga la Orden del Sol naciente.

La cúspide de su trabajo con marionetas es la película El libro de los muertos (Shisha no sho, 2006), de setenta minutos de duración. Basada en una novela de Shinobu Orikuchi, que narra una historia del período Nara (710-794) sobre la entrada del budismo al Japón y la influencia que tuvo sobre la princesa de la familia Fujiwara.

En octubre de 2008 se presentaron por primera vez en Panamá las cuatro animaciones antes mencionadas en la Facultad de Arquitectura, dentro de la Retrospectiva de Kihachiro Kawamoto. El entonces embajador del Japón en Panamá, su excelencia Makoto Misawa, se refirió al animador con estas palabras: ‘Sus películas de marionetas tratan en general sobre la historia japonesa, y son consideradas como la mejor enseñanza, tanto para los adultos como para los niños japoneses. Sus películas han sido transmitidas a través del canal educativo NHK. Además de su alta calidad educativa, sus películas son populares por sus marionetas manejadas con enérgicos movimientos y expresiones tanto que a los niños a veces les dan miedo por sus caras espantosas'.

En la actualidad, el Cine Club de Arquitectura se encuentra en la búsqueda de otras animaciones de este maestro para la presentación de sus trabajos pues, estamos seguros, serán del agrado de los amantes de la animación en Panamá.

Rolando José Rodríguez De León es profesor titular de la Universidad de Panamá y doctor en Comunicación Audiovisual y Publicidad.

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