Cultura 09/09/2018 - 12:00 a.m. domingo 9 de septiembre de 2018

Avioncito

Nos aturden con frangolladas para que nos enfoquemos en la mano que no tiene la papilla asquerosa mientras ellos se mueren de la risa

Mónica Miguel Franco
monicamiguelfranco@hotmail.com

Los que tienen hijos seguro que esbozan una sonrisa apenas lean lo que voy a escribir, los que se hayan librado de ese dulce tormento seguro que tienen en la mente alguno de los muchos videos que circulan en las redes en los que se ve a los pequeños monstruitos sufriendo el tormento que paso a relatar.

Tienes que darle de comer el puré al mocoso, lo tienes en la sillita, bien amarrado para evitar cualquier intento de escurrirse, el churumbel se niega en redondo a abrir la boca, te mira con la tenacidad infinita que solo saben desplegar aquellos a los que la vida aún no les ha mostrado las cornadas que puede llegar a dar. Te encuentras en tablas, tú con muchas cosas que hacer y una cuchara llena de puré de zapallo enfriándose en la mano, tu retoño dispuesto a morir de inanición antes de comerse esa bazofia color cadmio. Entonces se te prende el foco, creas una distracción, qué sé yo, haces ruidos estúpidos con la boca mientras planeas con la cuchara, empiezas a barbotear incoherencias como si hubiera bajado sobre ti el don de hablar en lenguas, le muestras cualquier objeto al rorro, brillante y sonoro, a ser posible, et donc voilà , el proyecto de ser humano se sobresalta, frunce un poco el ceño, ladea la cabeza, y mientras ves cómo comienza a pensar que su proveedor de limpieza, comida y comodidad se ha vuelto completamente loco, abre la boca. ¡Zás! Cucharada para adentro. Con suerte y un par de cucamonas más, traga y volvemos a empezar. Antes de que se pueda dar cuenta, se ha zampado el cuenco de grumitos tibios y tú puedes continuar tu rutina.

Pues sepan ustedes que en este país, los que estamos engullendo buches de mierda somos los de a pie. Andamos despistados, atados a la sillita, y aunque estamos empeñados en no tragar más, los que tienen la sartén por el mango o en la mano la cuchara, usen ustedes el símil que deseen, nos despistan con cualquier gansada y antes de que nos demos cuenta, tenemos el comistrajo en el esófago. Nos distraen con fútbol, con tacones y pantalones blancos en caminos enlodados, con leche con sabor a sardina, con demandas que no van a ningún sitio, y ellos lo saben. Nos aturden con frangolladas para que nos enfoquemos en la mano que no tiene la papilla asquerosa mientras ellos se mueren de la risa y siguen haciendo lo que llevan haciendo siempre.

Vociferan y agitan relojes de oro que hacen ruido en un estrado, mientras siguen vendiendo nuestras reservas naturales. Sonríen y besan niños, mientras continúan llenándose los bolsillos a manos llenas. Contemplan con ternura nuestras pataletas, sabiendo que apenas abramos la boca nos empotrarán otro badil con estiércol.

Yo, viendo el panorama, me debato entre la más absoluta apatía y la más completa indignación, aunque lo único que tengo claro a estas alturas es que la democracia se debe preservar, porque me dan mucho más miedo aquellos iluminados que nos prometen refundir, y refundar que los que nos alimentan a base de promesas de letrinas y tanques de gas. ¿Que me conformo con el mal conocido? Sí, prefiero lo malo conocido, porque en política los experimentos suelen salir bastante mal, y ejemplos tenemos bastantes y bastante cerca. Pero, ¿saben qué, señores? Los ciudadanos deberíamos crecer de una buena vez, deberíamos ir superando la trona y exigir nuestro puesto en la mesa patria, con pleno derecho a servirnos nosotros mismos la porción de comida que nos corresponde y usar los cubiertos con educación y propiedad.

COLUMNISTA

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