Nacional 07/04/2018 - 12:01 a.m. sábado 7 de abril de 2018

Víctimas de la intolerancia

El Dr. Nariño Pérez era una persona amable y risueña. Su apretón de manos siempre iba acompañado de una sonrisa. Su caminar era rítmico y pausado

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Carlos Iván Zúñiga (1926-2008)
periodistas@laestrella.com.pa

El Dr. Nariño Pérez era un excelente e insuperable conversador. Al final de sus días, ya cargado de pesares, seguía impecablemente igual. Algunas dolencias cardiovasculares acabaron con su vida. A veces pienso, por lo que voy a contar, que tales dolencias pudieron tener sus causas en las cárceles panameñas, allá por los años de 1968 a 1969.

Entonces fue prisionero de la Dictadura Militar. Un hombre como él, de rigor científico y espiritualmente pacifista, fue acusado de conspirador y de otros delitos que ponían en peligro la seguridad interna del Estado. Presumo que cuando él llegó a la cárcel Modelo ya yo estaba alojado en una de sus celdas. También por razones de ‘seguridad del Estado'.

Muy pronto en la cárcel recibí noticias de Nariño. En los inicios se encontraba en una de las galerías saturadas de maleantes, de delincuentes comunes, beodos homicidas, ladrones, chulos, cocaineros y violadores. Es decir, no se tenía con él ninguna consideración y se le trataba con odio.

Alguna vez pregunté a un detenido que visitaba la enfermería, compañero de celda de Nariño, sobre el estado del galeno chiricano y me ofreció el siguiente relato: ‘Ese doc es lo máximo'. Nos conversa mucho. Todo el día es dialogar, pero con lecciones. Nos dio una clase sobre el origen del hombre, desde la fecundación, pasando por los procesos embrionarios, hasta el alumbramiento. Tal es la ignorancia de los compañeros que muchos no sabían cómo alumbraban las madres. Pero todo nos lo dijo con tanto conocimiento que desde entonces no lo llamamos Doc sino Alto Verbo.

‘En estos días', me agregó el informante, ‘el Doc tuvo un problema con los custodios porque uno de los presos le dijo Doc.' En la cárcel a los que venden droga les dicen Doc y el Guardia o Custodio, al observar que llamaban de tal forma al doctor Nariño, creyó que había sorprendido a un vendedor de drogas.

Fueron examinadas todas las pertenencias del Doc y a él mismo lo registraron. Todos lo vimos muy serio y muy disgustado, le dijo a los guardias palabras muy duras y movía incesantemente la cabeza. Otro día, de mucho calor, nos contó cómo eran las delicias del Risacua y nos dijo que él en los días calurosos de David, a la hora de la siesta, se iba al Risacua con su traje de buzo, se sumergía en las aguas del río y al tocar plan dormía plácidamente la siesta. ‘El Doc está tranquilo y es lo máximo', concluyó su informe el compañero de infortunio.

No tengo la mínima duda que todos los ultrajes sufridos por Nariño constituyeron en su hora graves heridas a su sistema. Sobre todo porque en un hombre absolutamente inocente e inteligente los vejámenes se van acumulando por mandatos de la impotencia. Y así es como se van minando los tejidos del miocardio y la red arterial del cerebro.

Un día supe que algunos senadores colombianos, parientes de Nariño, hacían gestiones para lograr su libertad. Se me informó mediante un zepelín (en la cárcel las noticias importantes que corren rápido de celda a celda las llaman zepelín) del éxito final de las gestiones. Una mañana le informaron al Dr. Pérez que ‘bajara con todo' a la ‘gatera'. Bajar con todo significa en la jerga cuartelaría que se va a la libertad y la gatera es el cuarto que también sirve de antesala a la libertad. Nariño bajó feliz a la gatera y repartió sus bienes a sus compañeros. Pero Nariño fue burlado porque luego de permanecer todo el día a la espera, al atardecer lo devolvieron a su celda. Esa noche lo llevaron a la enfermería con la presión alta. Lo ví cuando pasaba por mi celda, como igualmente lo había visto en mi triste Noche Buena de 1968. Entonces pasó a la enfermería y me hizo llegar una porción de pastel de Navidad.

Otro día es consumada la salida de la cárcel. Sus parientes colombianos lo llevaron a la Embajada de Colombia en Panamá y de allí salió a tomar el avión. Sale el vuelo y Nariño volvió a ver su tierra querida, sabía todo lo que dejaba, pero respiraba el más precioso de los aires, el aire de la libertad. De pronto el capitán anuncia que la pista de Bogotá estaba cerrada y el avión vuelve a Tocumen. Baja Nariño a tierra y los cancerberos del infierno lo devuelven a una celda del aeropuerto.

Esas peripecias, repito, constituyeron lesiones profundas, graves, a su sistema psiquicosomático y con secuelas que sólo Dios sabe.

Vino otro intento y el avión lo llevó por fin a la libertad.

En ocasión anterior un familiar le envió unas revistas médicas a la cárcel para que el médico no perdiera el tiempo y estudiara. El Oficial de Guardia las rechazó luego de puntualizar: este señor aquí no es médico, es un preso. El no viene aquí a estudiar, sino a sufrir. Palabras que representan el estilo de un sistema militar arbitrario que padeció el pueblo panameño.

Y lo que podría ser considerado como un gesto emblemático de la estupidez humana, al oftalmólogo Nariño Pérez le decomisaron sus anteojos. En la cárcel existen muchas penas sutiles adicionales: restringir las visitas, no escuchar la radio, no leer los diarios, censurar los libros de lectura, meter en el ‘hueco' a los díscolos o a los que pronuncien sermones laicos cuando fallece un compañero de prisión, no permitir que se tomase el sol (yo pasé tres meses sin tomarlo y pienso que Nariño todo su cautiverio). La pena adicional para Nariño era para que sufriera: no podía leer durante su encarcelamiento. En España el general Millán Astray al gritar ‘muera la inteligencia' ante Don Miguel de Unamuno —si mal no recuerdo—, no presentía que en Panamá, años después, los militares golpistas recogerían con orgullo su asnada histórica y prohibirían a los adversarios políticos que usaran sus anteojos para que la inteligencia cultivada se marchitase.

En estos días he estado pensando mucho en Nariño y en otros amigos, ya muertos, que compartieron conmigo durante varios meses la sombra siniestra de la cárcel Modelo. Eran hombres buenos, idealistas, plácidos y soñadores, que no perdían el sentido del humor y sabían ‘dormir' la siesta en las profundidades del Risacua y a quienes de pronto algunas hienas clavaron en sus corazones dardos envenenados que posteriormente causaron la muerte. Nariño, a mi juicio, fue uno de ellos y no debemos permitir que estos muertos queridos también mueran en el olvido.

Hay que recordarlos como siempre fueron para los suyos, para sus amigos y para la sociedad, varones dignos y honorables, y siempre con una sonrisa en el apretón de manos.

‘En la cárcel existen muchas penas sutiles adicionales: restringir las visitas, no escuchar la radio, no leer los diarios... no permitir que se tomase el sol (yo pasé tres meses sin tomarlo y pienso que Nariño todo su cautiverio)',

CARLOS IVÁN ZÚÑIGA GUARDIA

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, Ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanendo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.

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