Nacional 19/08/2018 - 12:00 a.m. domingo 19 de agosto de 2018

La revolución de los ‘Highballs'

Este suceso olvidado, ocurrido entre finales de julio y agosto de 1903, podría aclarar algunas de las circunstancias que rodearon la independencia de Panamá de Colombia, especialmente la poca jerarquía militar presente en el istmo

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Mónica Guardia
periodistas@laestrella.com.pa

‘El terror reina en Panamá'. ‘Desde la Guerra de los Mil Días, los habitantes de la ciudad de Panamá no habían sentido tanto pánico como la noche del pasado sábado', decía un cable noticiosos publicado el 27 de julio de 1903 en cientos de diarios estadounidenses.

Los sucesos que se reportaban desde el departamento colombiano resultaban de máximo interés en Norteamérica en momentos en que se esperaba que el congreso del país suramericano terminara de analizar la viabilidad de un acuerdo para la construcción de un canal interoceánico a través del istmo.

Después de años de debates e intrigas, el 22 de enero de 1903 los gobiernos del presidente colombiano José Manuel Marroquín y Teodoro Roosevelt habían finalizado las negociaciones del tratado Herrán-Hay, que regulaba la construcción y futura operación de esa vía acuática.

El tratado para ese ambicionado canal que uniría los continentes, impulsaría el comercio mundial y cristalizaría las ambiciones de Estados Unidos como potencia militar había sido presentado al Congreso colombiano en marzo de ese año.

No obstante, se conocía que algunos de los senadores, influenciados por el espíritu antinorteamericano, se sentían poco dispuestos a aprobarlo.

LOS HECHOS

Los hechos que se relataban en la nota periodística habían ocurrido en la ciudad de Panamá el sábado 25 de julio, en horas de la noche.

Sin que nadie lo esperara, un grupo de soldados del ejército colombiano al mando del general José Francisco Vásquez Cobo invadieron la oficina del periódico El Lápiz , el órgano informativo del Partido Liberal, ubicado en el arrabal de Santa Ana.

Bajo las órdenes de Vásquez Cobo, comandante de las fuerzas nacionales en Panamá, afiliado al partido conservador y hermano del general Alfredo Vásquez Cobo, uno de los firmantes del tratado Wisconsin, que había puesto fin a la Guerra de los Mil Días, los militares procedieron a destruir la edición del diario que circularía al día siguiente.

Alarmado por lo que sucedía en el corazón del territorio liberal panameño, el general Esteban Huertas, segundo al mando de la representación del ejército colombiano en Panamá, se presentó en las oficinas del periódico.

En seguida, Vásquez Cobo le ordenó que se dirigiera al cuartel Chiriquí, ubicado en la hoy Plaza de Francia, y que permaneciera allí toda la noche.

Según los reportes provenientes de Panamá y reportados en los diarios norteamericanos durante los días siguientes, la próxima acción de la compañía militar cayó como una bomba: los soldados rodearon la residencia del gobernador del Departamento del Istmo, el respetado liberal Facundo Mutis Durán, conocido por su destacada participación en la firma del tratado.

El gobernador y su esposa americana, advertidos a última hora, y todavía en sus pijamas, escaparon apresuradamente por el techo de la casa y corrieron a refugiarse en la residencia del cónsul británico.

Durante las horas siguientes, en una serie de acontecimientos cada vez más confusos, fueron apresados las principales figuras del gobierno local, el secretario de gobierno Aristides Arjona, el jefe de la policía Fernando Arango, y el juez del Departamento Superior del tribunal de justicia José Rosales.

‘La situación es grave', fue el mensaje enviado por el cónsul de Estados Unidos en Panamá, Hezekiah A. Gudger, al gobierno de Washington, creando el ambiente propicio para todo tipo de especulaciones.

NOTICIA INTERNACIONAL

En Estados Unidos los comentaristas políticos no se quedaron cortos en análisis e interpretaciones.

Para muchos de ellos, ‘la revolución' que se había dado en Panamá debía estar relacionada a la discusión del proyecto del Canal de Panamá por el congreso colombiano, donde la mayoría conservadora se había declarado en contra del proyecto.

‘Todo parece indicar que el golpe de estado al gobernador Mutis es una interferencia concebida y organizada desde Bogotá con el ánimo de destruir cualquier influencia favorable a la construcción del canal por los norteamericanos', especulaba un experto.

‘Desde hace tiempo se sabe que los panameños están dispuestos a levantarse en una revolución si el tratado Herrán Hay llega a ser rechazado. Está claro que ante la inminencia del rechazo, los más altos mandos de Bogotá ordenaron gestionar la destitución de los liberales panameños en el gobierno con el fin de poner mano firme sobre el istmo', decía otro de los analistas.

Los diarios estadounidenses adelantaban incluso la reacción del ejército de Estados Unidos —que bajo el tratado Mallarino-Bidlack tenía derecho de intervenir en el istmo para asegurar el libre tránsito— : como en ese momento el ejército estaba débil en el Pacífico porque el escuadrón naval se encontraba en Alaska, el Bancroft y el Panther, que se encontraban en el Caribe, podrían ser despachados hacia Colón para que los soldados se trasladaran inmediatamente al otro lado del istmo a través del ferrocarril.

El secretario de Estado en funciones, Francis B. Loomis, advirtió que esperaba tener más conocimiento de los hechos para decidir qué acción tomar.

Pero, como muchos otros, Loomis debió esperar hasta al martes para conocer con certeza qué había detrás de los sucesos del sábado por la noche.

Ese día, las noticias adquirían un tinte diferente al que se esperaba: Vásquez Cobo, gestor del golpe, ya no estaba al mando de las fuerzas del istmo. Estaba detenido. El incidente del sábado había sido cerrado.

¿Qué había pasado?

SE REVELA EL MISTERIO

‘Apenas podemos creer el reporte que viene de Panamá'..., decía otra nota periodística publicada el miércoles.

En los días sucesivos, la información que llegaba desde el istmo le iba dando a los sucesos una connotación menos tenebrosa y más ridícula.

Al parecer, la ‘última revolución colombiana' no tenía su explicación en elaboradas estrategias y planes políticos, sino una inocente bebida de moda entre los estadounidenses y conocida como ‘highball'.

‘... Nos negamos a creer que este delicioso trago, hecho con agua, hielo, limón pelado, y whisky escocés, fuente de gran deleite e inspiración que ha animado hasta el más aburrido espíritu, sea culpable de una revuelta que pusiera en angustia a la mitad del mundo y del continente', proseguía el comentarista.

Los hechos habían ocurrido de la siguiente manera: el general José Francisco había estado cenando en casa de unos amigos, donde el anfitrión ofreció una bebida a la que el nativo colombiano no estaba acostumbrado.

Supuestamente, ‘después de beber el primero, el general se sintió súbitamente más impresionado por la dignidad y poder de su nuevo rango. Después del segundo, decidió que debía salvar al país. El tercero le trajo visiones de un Panamá oprimido. El cuarto y quinto dispararon en su corazón marcial los antiguos valores patrióticos'.

Los periodistas estadounidenses se reían descaradamente de los sucesos y los hacían objeto de burla y chistes en los que se proyectaban todos los prejuicios que los angloparlantes mantenían sobre los nativos de los países de habla hispana: su poca seriedad hacia el trabajo, su disposición a las revoluciones políticas, la poca estabilidad de sus instituciones.

Supuestamente, después de tantos "highballs", Vásquez Cobo ‘decidió llamar a su ejército de diez hombres, tumbar el gobierno y perseguir al gobernador por el bosque'.

‘No satisfecho con esta conducta, el ‘highball' lo llevó a pelearse con el secretario de gobierno. Cuando este, secundado por el jefe de la policía y juez del tribunal superior le advirtieron que no tenía derecho a actuar de tal manera, decidió apresar a los tres'.

Los diarios norteamericanos no se quedaban cortos al añadir más sabor al relato, del que nunca se supo qué tanto era cierto y tanto falso. 

Supuestamente, cuando el general Vásquez Cobos se despertó al día siguiente, no se acordaba de lo que había sucedido la noche anterior. Cuando vio llegar a uno de sus antiguos subordinados dispuesto a detenerlo, se percató de que algo grave había pasado. Y cuando este se negó a seguir sus órdenes, concluyó que ya no era comandante del ejército.

En realidad, el general sí fue apresado. Le esperaba una corte marcial.

EPÍLOGO

El general Vásquez Cobo renunció a su puesto en Panamá y se trasladó a Bogotá. 

En Panamá, el gobernador Facundo Mutis intentó retener su posición y negociar con los conservadores, pero finalmente fue depuesto. El 20 de septiembre, en su lugar fue nombrado un conservador, el rico hacendado chiricano José Domingo de Obaldía.

En el aspecto militar, el general Esteban Huertas quedaría interinamente al mando del destacamento militar en el istmo, hasta que llegara el sucesor de Vásquez Cobos.

El 17 de agosto el gobierno de Bogotá anunció que este sería el veterano general Velasco. Pero, por alguna razón, las autoridades echaron para atrás el nombramiento y se procedió a designar para el mismo puesto al general Sarria, un istmeño de corazón, que había vivido 20 años en el departamento.

Después de algunas semanas, Sarría rechazó la posición. En su lugar fue nombrado el general Juan Tovar, quien el 25 de septiembre partiría desde Bogotá para asumir su cargo en el Istmo. Por entonces, la capital colombiana era una ciudad prácticamente incomunicada y el viaje requería poco menos de un mes para completarse.

Mientras Tovar terminaba de llegar a Panamá, sucederían dos hechos de importancia: el congreso colombiano rechazaba el tratado del Canal y los panameños organizaban su independencia.

Nota:El original de este artículo se equivocó al mencionar como protagonista de los hechos al general Alfredo Vásquez Cobo, ministro de Guerra de Colombia en 1903, cuando en realidad el protagonista de la historia era su hermano José Francisco Vásquez Cobo. Agradecemos al señor Lisímaco López por advertir el error. 

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