Nacional 02/09/2018 - 12:03 a.m. domingo 2 de septiembre de 2018

El poder del arrabal

La Plaza de Santa Ana se prepara para la celebración del 500 años de la ciudad. Es la ocasión para recordar la importancia histórica de este barrio que Jorge Conte llamó ‘el epicentro de la historia nacional'

Parque de Santa Ana, compeltamente remodelado

Parque de Santa Ana, compeltamente remodelado

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Mónica Guardia
periodistas@laestrella.com.pa

La noche ha vuelto a la plaza de Santa Ana.

Mientras la ciudad se prepara para celebrar sus primeros 500 años, tanto la plaza como la zona que la rodea se están convirtiendo en una extensión de la zona turística centrada en el Conjunto Monumental Histórico del Casco Antiguo de la ciudad de Panamá.

Con la apertura a su alrededor de bares y restaurantes de alto estatus y la renovación de las veredas, árboles y bancas, el parque construido a finales del siglo XIX hoy parece más bello que nunca, listo para rememorar la importancia que tuvo durante gran parte de la historia del país.

Resulta difícil imaginar que hasta el siglo XVII el sitio no era más que una serie de terrenos vacíos que sirvieran alternativamente para mercado, ferias y corridas de toros.

No fue sino en el año 1892 cuando se transformó en un parque y no fue sino hasta 1922 que se coronó con el gazebo art deco -que se ha convertido en su emblema-.

ORÍGENES DE SANTA ANA

Lo que sería el barrio de Santa Ana o ‘el arrabal' empezó a tomar forma a raíz del ataque del pirata Henry Morgan en 1671, cuando la Corona decidió mudar la ciudad a una zona más segura.

El sitio elegido por el gobernador Antonio Fernández de Córdoba fue el que parecía más adecuado en términos de defensa, entre el llamado ‘Sitio Ancón' y una estrecha península fácil de fortificar y amurallar, pero con menos espacio para solares que la vieja ciudad.

Originalmente, Fernández de Córdoba quiso que la zona inmediatamente exterior fuera usada como sitio de pasto para el ganado, huertas y caballerizas para el abastecimiento de los moradores, pero ante la escasez de espacio adentro, se optó finalmente por repartir los terrenos entre los residentes de más bajo estatus, las gentes de color, mulatos, zambos y negros libres, que llenaron la zona de bohíos y ranchos de pajas y viviendas improvisadas.

CONSOLIDACIÓN DEL ARRABAL

Apenas cinco años después, el arrabal se consolidaba como una ciudad ‘fuera de la ciudad'.

Aunque las autoridades se concentraban en la zona de intramuros, el arrabal mantenía su autonomía con sus propios edificios civiles y religiosos, entre los que se contaban el hospital de Santo Tomás y la iglesia de Santa Ana, la segunda catedral de Panamá.

Según los informes de la época, la disposición urbana del arrabal era tan buena o mejor que la de San Felipe. El jesuíta Bernardo Recio, rector del Colegio de la Compañía de Jesús y de la primera universidad panameña, consideró en 1760 a Santa Ana "como la mejor pieza de Panamá y parece ciudad, si no en lo excelso de la fábrica, a lo menos en lo numeroso del pueblo, en el tráfico y comercio y en el buen orden de su repartición.'

Hacia 1790, Santa Ana concentraba a la mayor cantidad de población de la ciudad, que se dividía de la siguiente forma: 12% blanco (intramuros); 22% esclavos alojados en residencias de los amos (intramuros) y 66% de negros libertos (extramuros). (La Sociología del Arrabal, Alfredo Figueroa Navarro, 1977).

BAJO NIVEL DE VIDA

El arrabal concentraba la mayoría de los habitantes, pero, en una sociedad organizada en torno a un estricto sistema de castas, estos permanecían en desventaja en términos de economía y estatus.

Lo de adentro eran los negociantes, los propietarios de bienes raíces, los funcionarios civiles y militares, los diplomáticos. Vivían en casas de mampostería de tres pisos, vestían al día con la moda europea e importaban productos ingleses u estadounidenses.

Figueroa Navarro cita al diplomático francés Adolphe Denanin, quien en 1845 escribe en una carta a París: ‘Viven como en Africa, poco o en nada vestidos. Se alimentan con bananos, pescado y cerdo cocido. Viven en ranchos de tierra y en bohíos construidos en un día. No pagan impuesto alguno. No necesitan dinero sino para comprar, de vez en cuando, tabaco, aguardiante o algo nuevo. Sobreviven con veinte o veinticinco francos anuales. Se hallan en un estado calamitoso'.

Las diferencias entre las castas era enorme, tanto como la incomprensión y el resentimiento entre ellos. Para los de adentro, los de afuera eran ‘salvajes', sufrían de eterna ‘somnolencia', pereza, ‘malas pasiones' y ‘feroces instintos'. Su meta era mantenerlos en su lugar.

Para finales del siglo XVIII, cuando algunos mulatos con deseos de superación intentaron incursionar en el comercio al detal, se levantó la protesta en intramuros: gentes ‘tan bajas' debían seguir dedicados a trabajos mecánicos, como herreros, carpinteros, peluqueros, sastres, orfebres, plateros… y no al comercio (Figueroa Navarro).

El cabildo civil, en 1762, estuvo de acuerdo. El sistema de castas debía mantenerse. Los de adentro retendrían su función como comerciantes y los de afuera tendrían que mantener sus oficios manuales. De lo contrario, la ciudad se podría convertir en una ‘miscelánea república de mulatos'. Tipo Haití.

Todavía la era del arrabal no había llegado. Lo haría, para adquirir sino fortuna económica, poder político, en el siglo XIX, en una época de cambios sin precedente no carente de conflictos y guerras.

EL PODER POLÍTICO DEL ARRABAL

Los cambios que estaban por suceder se dieron en el marco del descubrimiento de las minas de oro de California, en 1849, hallazgo que hizo a Panamá el sitio de paso obligado para la gran cantidad de viajeros que se trasladaban hacia la costa oeste de Estados Unidos.

En los primeros años, el flujo de pasajeros provocó una mejora notoria en las condiciones de vida de muchos habitantes de Santa Ana, que se dedicaron al manejo de botes, al hospedaje de los viajeros o la venta de alimentos. Pero no tardó en darse inicio a la construcción del ferrocarril, que al iniciar operaciones, en 1855, monopolizaría los ingresos del tránsito.

Fue en esta época en que dieron fruto los esfuerzos de Justo Arosemena, al lograr que el Congreso de Colombia aprobara, el 27 de febrero de 1855, la legislación relativa al Estado Federal del Istmo, una figura legal que daría al istmo la capacidad de autogobernarse.

La constitución del Estado Federal de Panamá eliminó todo vestigio de esclavitud y otorgó el sufragio universal a los hombres, sin importar el nivel social, económico o la raza. La igualdad se coronó en octubre de 1856, con un gesto simbólico. Una ley dictada por el Congreso de Panamá dispuso la demolición de las murallas que separaban a la población.

El elegante barrio de San Felipe y su arrabal se fundieron entonces teóricamente en un sola ciudad, pero entre las castas los odios continuaron, aumentados con la inauguración del ferrocarril.

Los santaneros perdían poder adquisitivo, pero estaban organizados políticamente. Podían participar en la elección del presidente y otros funcionarios públicos.

Es entonces cuando empiezan los verdaderos enfrentamientos entre los grupos. Según un el francés Saint Sauveur (citado por Figueroa Navarro), empezaría entonces ‘la guerra de los negros contra los blancos; la guerra de quienes no tienen nada, y se dedican al robo y al pillaje y al homicidio, contra quienes trabajan y viven honradamente de su trabajo… ‘(1859).

LA GUERRA

En 1856, 1859 y 1860 ocurrieron serios disturbios e intentos de ataque que pusieron de manifiesto la animadversión de la gente del arrabal hacia los grupos privilegiados. El movimiento era imparable, alentado por líderes como Buenaventura Correoso, y una élite de mulatos letrados, que se destacan por su inteligencia y educación: Juan Mendoza, Mateo Iturralde, Benjamin Ruiz, Rafael Aizpuru, José María Llorente (padre), José Dolóres Urriola, y Faustino Antonio Figueroa.

La Plaza de Santa Ana se convierte en el ágora del pueblo, en el epicentro de la vida política del país y en centro de combate permanente contra las fuerzas del ejército nacional, un lugar donde la gente humilde se defiende a base de pedradas y de disparos.

Según reportes de prensa estadounidense de la época, firmados en la ciudad de Aspinwall, la población de color en Panamá era ‘la más insolente en su clase que me he encontrado en cualquier país... Los negros y mulatos insultan a los blancos en cualquier intercambio con ellos. El antagonismo entre las clases es exhibido en toda su degradación moral'.

El autor del reporte culpaba a Justo Arosemena por la impunidad reinante, al haber suavizado el trato duro que imponían las fuerzas policias pagadas por el ferrocarril.

ENTRA BUENAVENTURA CORREOSO

Cuando Buenaventura Correoso se convierte finalmente en presidente del Estado federal, en 1868, los negros y mulatos acceden por primera vez en grandes números a cargos burocráticos en las notarías y en las receptorías. Otros reciben becas para cursar estudios en Lima, Bogotá, o Quito.

Correoso inicia un periodo administrativo pujante, con grandes esfuerzos dirigidos a la educación de las masas, pero el prestigio y la riqueza siguen siendo de las familias criollas y extranjeras.

Por entonces, el gobierno liberal de Colombia, con el que se sentían identificados los ‘liberales negros' del arrabal santanero, empieza a perder fuerza ante los conservadores.

En 1885, llega al poder Rafael Nuñez, llamado el Regenerador, que establece desde Bogotá un régimen militar centralizado y elimina el Estado Federal del Istmo. Panamá vuelve a ser ‘territorio nacional' para los colombianos.

La dirigencia del arrabal de Santa Ana pierde todo poder político, pero mantiene vibrante la inconformidad hasta finales del siglo XIX, cuando tiene lugar la Guerra de los Mil Días y sus hijos participan como caudillos militares.

En su libro Santa Ana , el historiador Jorge Conte Porras rinde homenaje a lo que considera la sede histórica de la ciudad: ‘Si durante el siglo XIX, Santa Ana fue la trinchera política de nuestros caudillos militares y de los más importantes tribunos populares, también fue el atrio cultural en donde se oyen las primeras voces de Amelia Denis de Icaza, Federico Escobar, Demetrio Herrera Sevillano y Demetrio Korsi'.

‘Nuestro Panamá va creciendo y alcanzando dimensiones distantes y hoy la plaza y su iglesia colonial son apenas un recuerdo, pero allí permanece esculpida la historia de nuestra ciudad….', dice Conte.

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