Nacional 20/12/2018 - 12:02 a.m. jueves 20 de diciembre de 2018

La mujer que le ganó al Pentágono y al Departamento de Estado de EE.UU.

La abogada comenzó su lucha antimilitarista y antiimperialista en las aulas de clases. Y aunque se vio obligada a abandonar su país por presiones políticas, regresó en un momento en que éste la necesitaba para documentar las violaciones de la invasión


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Marlene Testa
mtesta@laestrella.com.pa

Desde los primeros años de su adolescencia mostró un espíritu de lucha. A los catorce, en las aulas del Instituto Remón Cantera, inició su actividad política y su lucha por la soberanía de su país.

Sentada en el salón de conferencias de la redacción, Gilma Gladys Camargo nos cuenta su historia. A sus dieciséis años era consciente de que estaba viviendo bajo un régimen militar y empezó a adversarlo abiertamente en las protestas políticas estudiantiles, en los años setenta. Por su osadía pagaría un alto precio.

Su ingreso al Instituto Nacional de Panamá, cuna de estudiantes que jugaron un papel fundamental en la historia del país, acentuó su carácter combativo. Incursionó en el Frente Estudiantil Revolucionario 29 de Noviembre, donde compartió ideas con militantes políticos de la talla de Jorge Camacho, asesinado a finales de los años setenta en la Universidad de Panamá en medio de un tiroteo, y con quien mantuvo una cercana amistad.

Ese mismo año, unos meses antes de la muerte del militante político, abandonó el país ante atentados que sufrió procedentes de agentes de inteligencia.

Camargo se radicó en la ciudad de Nueva York, donde residía su madre. En 1986, culminó la carrera de Estudios Internacionales en la Universidad Frends World College. Estaba convencida de que debía tener la capacidad de entender otras perspectivas del mundo y de resolver conflictos por medio del diálogo.

Ese mismo año regresó a su país, pero por muy poco tiempo, porque estaba expuesta a serias persecuciones políticas por sus actividades antiimperialistas y antimilitaristas. De esa época, recuerda que cada estudiante era seguido a todas partes por un agente del G2, dirigido por Manuel Antonio Noriega.

La jurista volvió a Nueva York. La diversidad política de la ciudad le permitió conocer a activistas y abogados, reforzando su preparación en liderazgo internacional. Para entonces estaba consciente de la responsabilidad de llevar un mensaje al mundo: ‘el imperialismo yanki'.

Entre sus proyectos de vida estaba convertirse en periodista. Siguiendo ese camino consiguió un trabajo como voluntaria en una agencia de noticias religiosas desde donde narró la invasión de Estados Unidos a Panamá, el 20 de diciembre de 1989.

No se conformó con difundir las noticias. Necesitaba hacer algo más con ellas. En el derecho, encontró una opción para darle ‘solución' a las noticias que contaba como periodista.

Camargo es descendiente de afrodescendientes y trabajadores canaleros. ‘Es ciudadana panameña solamente', dice.

LA INVASIÓN

Eran las cinco de la mañana del fatídico 20 de diciembre de 1989, cuando se enteró de que el ejército norteamericano había invadido su tierra. Estaba preparada para asistir a la Universidad de Nueva York, donde cursaba el segundo año de derecho. La noticia la obligó a tomar el teléfono: buscaba información de la invasión para transmitir en la radio. Llamó al Hospital Santo Tomás. La respuesta fue ‘hay muchos muertos'. Su familia que, residía en Pueblo Nuevo, le dijo que escuchaban aviones, que preferían protegerse porque todo el andamiaje militar estaba en pleno apogeo. El país estaba en caos, le comunicó su familia. Las respuestas se convirtieron en un nudo en la garganta.

Presa de la angustia conversó con el decano de la Facultad de Derecho, un abogado reconocido por la defensa de los pueblos, para que la apoyara en la conformación de una delegación que le permitiera venir a su país para documentar la ocupación militar.

Así llegó hasta el Centro por los Derechos Constitucionales de Nueva York y ante un gremio de abogados que tenía un capítulo estudiantil. El objetivo era conformar la delegación que vendría al istmo. Como los aeropuertos estaban cerrados no fue hasta enero de 1990 cuando la delegación llegó a Panamá.

Ella llegó con un pasaporte vencido. En el Istmo se encontró con su pasado. Algunas personas que habían sido sus agresores, que respaldaron la dictadura militar, ahora eran víctimas y tenían información relevante para documentar violaciones a los derechos humanos. El Chorrillo estaba destruido. Reconoce que tuvo que enfrentar muchas dificultades en la calle. No era para menos, ‘estaba en medio de una invasión', contó.

‘Obtuvimos un escaño de mayor igualdad y respeto en un foro internacional contra las ilegítimas e ilegales acciones de Estados Unidos durante la invasión a Panamá'.
 

La estadía duró casi una semana. La información recolectada en los centros de refugiados, en los barrios atacados y en las áreas de desplazamientos daba cuenta de muertes civiles y violaciones a los derechos humanos. El informe no solo mostraba los daños individuales a personas, sino también las técnicas de violencia usadas por el ejército norteamericano durante el conflicto bélico.

Panamá fue un experimentó para los norteamericanos, para seguir incrementando la violencia y las técnicas de guerra en otros países, comenta Gilma. Ella recuerda que su madre le dijo que tenía que regresar al país porque debía hacer ‘justicia'.

Estados Unidos no solo falló en el derecho humanitario, que obliga a entregar los cuerpos de los muertos y a recogerlos con dignidad, sino que tampoco se preocupó por contarlos. Hasta hoy se desconoce el número de muertos y víctimas. Quedan áreas donde nadie nunca ha entrado. No solo obstruyeron las investigaciones de organizaciones de derechos humanos, sino que también ocultaron informaciones de la ocupación militar, advierte Camargo.

Este documento dio origen al proceso que se instauró en la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos y que concluyó con la condena de Estados Unidos.

Ella no podía decepcionar a los mártires del 9 de enero, a su familia, a su abuela y a su mamá. Las palabras de su progenitora retumban en sus oídos, porque ella murió sin conocer los resultados del fallo de la comisión. ‘Es doloroso que no esté', añade. A pesar de esto, se siente satisfecha: ganó el caso de toda su vida y superó las presiones que significaban enfrentar al gobierno de Estados Unidos. Le ganó en el plano legal al Pentágono y al Departamento de Estado.

Lo mejor es que lo hizo sin ayuda de ningún gobierno ni de ningún partido político. ‘Es un triunfo del pueblo, de las víctimas', concluye.

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