Nacional 13/02/2019 - 12:01 a.m. miércoles 13 de febrero de 2019

El mártir ‘millennial'

Un periodista visita la capital de la comarca Ngäbe-Buglé para explicar el voto en las próximas elecciones de una familia que perdió a un hijo en una protesta contra el gobierno

  / Víctor A. Mojica | La Estrella de Panamá
Víctor A. Mojica | La Estrella de Panamá

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Víctor A. Mojica
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Jerónimo Tugrí, el joven ngäbe que murió defendiendo ríos, pájaros y montañas que parecen colmillos, de la ambición del gobierno de Ricardo Martinelli, está enterrado en el patio de su casa en Llano Tugrí, capital de la comarca Ngäbe–Buglé, en un cementerio familiar donde no hay lápidas. Jerónimo Tugrí es un pequeño cerro de tierra y hierba seca. No hay señal de él, pero está allí entre unos troncos con residuos de velas. Aquí descansa el mártir. A su lado están los restos de una abuela. Sobre ella ha crecido una planta con flores. ‘Mi abuela es una flor', dice una hermana de Jerónimo que no siente el frío de esta montaña.

Jerónimo Tugrí recibió en el pecho un disparo de una escopeta la mañana del 5 de febrero de 2012. Tenía 27 años. El disparo lo lanzó a un risco de piedras en la entrada de San Félix, Chiriquí. La carretera de dos carriles, conectada a la vía Interamericana, que tiene al inicio una fonda, transportistas y una plaza comercial de depósitos convertidos en cantina, tiendas y oficinas, era una neblina de gases lacrimógenos. Se escuchaban detonaciones. Se escuchaban disparos. Se escuchaban gritos. Se escuchaban las piedras que lanzaban los indígenas. Jerónimo temblaba del escopetazo. Cuando llegaron a rescatarlo, en medio del enfrentamiento con la autoridad, todavía temblaba y sangraba en abundancia por un hueco que tenía cerca del cuello. Intentaron sacarle el proyectil que tenía allí cavando sus órganos. Le gritaron su nombre. ‘¡Jerónimo! ¡Jerónimo! ¡Jerónimo!'. Nada. El cuerpo trémulo se había apagado. El muerto no detuvo la represión. Lo montaron en el vagón de un pickup , afectado por el gas pimienta y las heridas de los disparos que continuaban, y lo llevaron al hospital de la comunidad. Unas horas después un helicóptero se llevaría a Jerónimo a otra ciudad sin avisar.

‘La madrugada del 5 de febrero nadie de la resistencia indígena durmió, ni tampoco comieron. El hospital de San Félix había reforzado su personal. El gobierno había cortado las comunicaciones. Se respiraba sufrimiento. La represión era inminente'
 

Aquel 5 de febrero era el quinto día de protestas. La resistencia indígena había cerrado nuevamente la única carretera que nos conecta con el continente. Un año antes, el 11 de febrero de 2011, Martinelli reformó el código de recursos mineros para permitir la explotación minera en la comarca Ngäbe-Buglé. En aquella ocasión, los indígenas cerraron por cuatro días la vía Interamericana y lograron derogar la ley con un acuerdo que obligaba al gobierno a hacer lo opuesto: no permitir la minería y proteger los ríos de las hidroeléctricas. Sin embargo, en enero de 2012, se presentó el proyecto 415 a la Asamblea Nacional que reunía los acuerdos logrados entre la dirigencia indígena y el resto del país representado en el gobierno, pero faltaba un artículo en el documento, el que declaraba la cancelación de las concesiones vigentes y estalló una nueva crisis que envió a Jerónimo Tugrí al frente de la lucha. ‘Era seguridad ese día', dice Alberto Montezuma, fiscal de la Coordinadora por la Defensa de los Recursos Naturales.

Afuera del auto que nos lleva a la tierra del mártir hay un territorio extenso de montañas verdes, ranchos de paja, caballos sueltos y están los anuncios políticos de las elecciones pasadas pintados en aerosol, en rocas o paredes, entre las casas nuevas que les construye el gobierno que pierden el techo con la brisa. ‘Jerónimo —dice Montezuma— estaba muy silencioso'.

La madrugada del 5 de febrero, nadie de la resistencia indígena durmió, ni tampoco comieron. El hospital de San Félix había reforzado su personal. El gobierno había cortado las comunicaciones. Se respiraba sufrimiento. La represión era inminente. Jerónimo Tugrí tenía unos fuegos artificiales consigo que debía encender en caso de que observara a la policía. Muy pocos le conocían. No era un dirigente. No era un político. No era un líder estudiantil. No era un activista. No era un agitador. Jerónimo regaba flores y mataba termitas en una casa en Boquete, una comunidad de montaña, próxima a la comarca, donde algunos indígenas pobres cosechan el café más cotizado del mundo. Lo recuerdan, por primera vez, el 30 de enero, en una reunión de obreros, al inicio de las protestas. En ocasiones, de madrugada, lo veían en la cocina que tenían en la entrada del pueblo de San Félix, con un vaso de café, pensativo.

Nietos de Urracá, hermanos de Rosa Montezuma, los ngäbe desde hace siglos no gustan de los vecinos próximos. ‘No habían pueblos regulares —escribe su verdugo Cristóbal Colón, en 1502, en su cuarto viaje—, sino una casa aquí y otra a la gran distancia'.

Según Philip Young, un antropólogo de Estados Unidos que vivió con ellos y elaboró una tesis doctoral en la década del 60 del siglo anterior, así como preservan sus urbanizaciones de una casa, se mantiene entre su cultura los matrimonios por arreglos, el intercambio de hermanas si un hombre perdió a su esposa, la sumisión del novio al suegro de por vida y los compromisos infantiles de las niñas, así como su rebeldía. Urracá escapó de los españoles, muchos de ellos se resistieron a la colonización cristiana y quemaron las casas en los pueblos misioneros que se construyeron en las llanuras. Young dice en su investigación que algunas jóvenes indígenas huyen de estas relaciones familiares, donde es posible tener varias esposas. Estas montañas tan bellas, que producen alimentos con dificultad, los albergan.

La comarca Ngäbe Buglé es más grande que Trinidad y Tobago, tiene minerales y bosques, y más de 200 mil habitantes, algunos de ellos conviviendo en ciudades próximas o en la capital de Panamá, que no hablan sus lenguas, que no visten naguas, que no le hacen caso a sus religiones, a Mama Tatda y según Bernardo Sittón, un abogado ngäbe, admirador de Marx, aspirante a diputado por el Frente Amplio por la Democracia (FAD), en esta parte del país, donde el 90% de la población es pobre y cerca de la mitad analfabeta, se vota mayoritariamente por el Partido Revolucionario Democrático (PRD) porque, entre otras cosas, aún recuerdan a Omar Torrijos. En las pasadas elecciones, el 58.2% de los votantes eligió a Juan Carlos Navarro y Gerardo Solís, del PRD.

Ninguno de los Tugrí tiene celular y tampoco conocen ninguna campaña de no reelección a sus autoridades en redes sociales. En el fogón hay una paila grande con agua hirviendo a la que le echan frijoles rojos. Debajo de la paila, unas leñas desprenden fuego en pequeñas partículas. Estamos en la cocina de la casa, en un rancho de paja que es refugio de tertulias de sus antepasados, refugio de tertulias en el futuro, atestiguando cómo la comida de casi todos los días termina de cocinarse y recordando al mártir. ‘Jugaba fútbol', dice una hermana. ‘Trabajaba en Boquete', dice una hermanastra. ‘Era el bastón de mi madre', dice el hermano menor. Su madre, Elena Tugrí, pareja de Vicencio Rodríguez, es la más afectada por la muerte de Jerónimo. Dijeron que aún lo llora, que se siente muy sola porque era su primer hijo. El gobierno le construyó una casa que la brisa destruye y según sus familiares no tenía —ni tiene— nada en su interior. Es un cascarón de cemento sobre un cerro pintado con los colores de la bandera chiricana que refugia a Elena Tugrí y el dolor de la ausencia, que según Proust es ‘la más segura, más eficaz, la más indestructible y la más fiel de las presencias para quien ama'.

Jerónimo Tugrí llegó a la morgue en David, Chiriquí, la tarde del 5 de febrero con la ropa del enfrentamiento y sus pertenencias. Una camisa manga larga de rayas, un pantalón realizado por un sastre. En el bolsillo derecho, una cuchilla y un papel con algunos nombres. En una chácara, una botella de vinagre y una pequeña piedra. Más nada. Su jefe, Luis Alfonso Calvo, propietario de la residencia en Boquete donde Jerónimo trabajaba —y vivía— no comprende por qué su jardinero se unió al frente de batalla. ‘Era un excelente padre, un trabajador responsable'. Jerónimo era el padrastro de los hijos de su pareja Fidelina Gallegos, y según Calvo había muerto hace unos meses su único hijo con Fidelina, que tenía unas semanas de haber nacido. ‘Fue una sorpresa —dice Calvo—. Lo único que se me ocurre es que estaba afectado emocionalmente'. Antes de morir, Tugrí le dijo a su pareja: ‘Yo te quiero mucho, pero tengo que luchar por los derechos del pueblo y si me matan o los mato yo, tienes que cuidarte y cuidar a los niños'.

Su caso se archivó hasta que aparezca una nueva evidencia que posiblemente jamás aparecerá. Entrevistaron a testigos y protagonistas, inspeccionaron el lugar del crimen, investigaron la bala que encontraron y concluyeron que no saben quién disparó. Solo se conoce una obviedad: que murió. No se identificó a los policías porque tenían el rostro cubierto y al parecer no gustan de entregarse —como piden a la población— si cometen un asesinato. Montezuma me dijo que aunque la reforma minera se detuvo, se están preparando para las amenazas de su territorio que llegarán con los chinos. Aquel día con los hermanos del mártir ambientalista, que piensan que Jerónimo murió por ellos, que saben que una casa no repone una pérdida, que no olvidan el entierro masivo de su hermano, ni las mujeres violadas ni los heridos del conflicto, les pregunté por quién votarían en las próximas elecciones. Seguido se escuchó el silencio más largo de todo el día.

DIRECTOR EDITORIAL DESCARRIADA

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