Nacional 04/11/2012 - 12:00 a.m. domingo 4 de noviembre de 2012

El legado del hombre que se negó a envejecer

Nadie s ospechaba que ese anciano jovial, que agitaba deleitado un ejemplar de la tricolor bandera panameña, era el mismo joven que la h...

Redacción Digital La Estrella
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Nadie s ospechaba que ese anciano jovial, que agitaba deleitado un ejemplar de la tricolor bandera panameña, era el mismo joven que la había diseñado decenios atrás. Con el mismo entusiasmo y seriedad de un niño, cada 4 de noviembre al celebrarse el Día de la Bandera, Manuel E. Amador desfilaba agitando un diminuto ejemplar del símbolo patrio que él mismo había diseñado.

LOS PRIMEROS PASOS

Se llamaba Manuel Encarnación del Carmen Amador Terreros, pero todos lo conocían como Manuel E. Amador, y aquellos con derecho a la familiaridad, podían dirigirse a él con el sencillo nombre de Manuelito. El diminutivo estaba plenamente respaldado por la predisposición al ejercicio lúdico y la mirada llena de asombro infantil que acompañaron a Manuel E. Amador hasta sus últimos momentos.

Nació en 1869 en Santiago de Veraguas y era hijo de Manuel Amador Guerrero, primer presidente de la República. Justamente su padre, líder del Partido Conservador en Panamá, le abrió las puertas de la burocracia local, en la que se desempeñó con vehemente eficacia. Fue Escribiente de la Secretaría de Hacienda, secretario privado del Gobernador, oficial primero de la Secretaría de Gobierno, administrador provincial de Hacienda en Colón y, finalmente, director de la Administración General de Hacienda. Ocupó este último cargo poco antes de la independencia panameña y el gobierno inaugural de Panamá lo confirmó en su posición dentro del primer gabinete republicano. Además fue firmante de la Constitución.

Pero más allá de sus logros burocráticos y de su futura obra pictórica y de haber desarrollado un prototipo de lengua universal, a Manuel E. Amador se le reconoce mayormente por haber sido el diseñador de la bandera panameña.

HISTORIA DE UNA BANDERA

En 1902 Philippe Jean Bunau-Varilla persuadió al Senado de los Estados Unidos para efectuar la construcción del Canal en el istmo de Panamá, en lugar de Nicaragua. Sumaba a sus poderes de convencimiento unos sellos que mostraban al nicaragüense volcán Momotombo en atemorizante erupción.

Buscando obtener ganancias con el Canal sobre Panamá, Bunau-Varilla comenzó a realizar planes independentistas junto a los líderes panameños. En secreto, Bunau-Varilla ideaba una constitución, una bandera, y un tratado canalero para la nación por nacer.

Un mes antes de la independencia, Bunea u-Varilla le enseñó al líder independentista y futuro primer presidente panameño y padre de Manuel E. Amador, un diseño para la bandera, que había sido creada poco antes en Estados Unidos. En un recuadro azul, ubicado a la izquierda, reposaban dos soles unidos por una franja que aludía a la posición geográfica panameña. El cuerpo de la bandera estaba compuesto por franjas rojas y amarillas en clara alusión a España.

Pese a no estar convencido, Amador Guerrero llevó el pro totipo del símbolo patrio a Panamá, donde fue rechazado de manera unánime por los líderes separatistas. Sin embargo, la independencia se aproximaba y una bandera se hacía necesaria. Por eso, Manuel Amador Guerrero le encargó a su hijo Manuel E. Amador, dueño de gran habilidad para el dibujo, el diseño del emblema nacional.

La bandera nació con gran celeridad durante la noche del 1 de noviembre de 1903. Según su autor, los colores rojo y azul simbolizaban los dos partidos que habían marcado la vida del istmo: Liberal y Conservador, mientras el blanco sugería la paz entre ambos, que había hecho posible el nacimiento de la nueva nación.

UN LENGUAJE UNIVERSAL

En 1904 Manuel E. Amador fue nombrado Cónsul General de Panamá en Hamburgo, Alemania, y en 1907 fue trasladado a Nueva York, donde ocuparía el mismo cargo diplomático. Sin embargo allí duraría poco tiempo y regresó a Panamá en 1909.

La muerte de su padre, pocas semanas después, significó una herencia considerable. A esta suma inesperada le sumó los ingresos de la venta de una propiedad en Colón, y con este nuevo patrimonio retornó a Nueva York, donde daría vuelo libre a las alas de su genio versátil, polifacético y proteico.

En 1909 ingresó al estudio pictórico de Robert Henri y entre 1910 y 1914 realizó buena parte de su riquísima obra plástica, mayoritariamente compuesta por vivas exploraciones del cuerpo femenino y retratos tan sugestivos como lúgubres.

Pero el arte no le bastaba y, así, en esa misma época se obsesionó con la música y la lingüística. El aprendizaje del idioma universal llamado esperanto (la intención de su creador era la formulación de un idioma sencillo de aprender, políticamente neutral y que fuera capaz de trascender cualquier nacionalidad) propulsó al inquieto Manuel E. Amador hacia la creación de su propio idioma universal, uno que aportase a la abolición de las fronteras lingüísticas, uno que contribuyese a forjar la paz mundial, uno que en honor a su patria debería llamarse Panamane.

En esta formidable empresa lingüística, para la que contrató incontables expertos, Manuel E. Amador gastó enormes cantidades de energía y dilapidó casi todo su patrimonio.

EL RETORNO

En 1926 regresa a Panamá donde, debido a la grave disminución de su fortuna personal, se vio obligado a laborar como auditor en la Contraloría General. Su obsesión primordial continuaba siendo el desarrollo del Panamane y en 1927 publicó en la revista Estudios un artículo titulado ‘De Babel a Panamane’ en el que daba cuenta de su intensa obsesión.

En 1928 cumplió su aspiración más profunda cuando la Secretaría de Instrucción Pública reconoció su propiedad intelectual del idioma Panamane.

Ocho años después saldría publicado ‘Fundamentos del Panamane: una lengua universal’, que pese a la notable ambición lingüística del proyecto, apenas consiguió suscitar entre la gran mayoría de la intelectualidad panameña una pálida mezcla de desinterés y escepticismo. Pero lejos de caer en el desaliento, Manuel E. Amador, con el candor entusiasta de siempre, se dedicó a repartir entre los escolares que recorrían San Felipe y Santa Ana, hojas impresas con versiones en panamane de textos conocidos, así como brevísimas lecciones de la lengua recién nacida. Sin embargo, en poco tiempo, este entusiasmo se vería reemplazado por el renacimiento del fervor artístico del casi anciano Manuelito.

MIRADA QUE NO ENVEJECE

Entonces montó un modesto estudio para pintar, ubicado muy cerca del palacio presidencial. Allí lo conocieron Olga Sánchez, quizás su mayor discípula, y el también pintor Juan Manuel Cedeño, y el poeta César Young, entonces un escolar curioso que se detenía largo rato a observar a un Manuel E. Amador concentrado en la intensa reinvención de una bella modelo femenina.

De ese tiempo es la memoria viva de Guillermo Sánchez Borbón, quien entonces tendría unos 22 o 23 años. Entonces, acostumbraba salir a caminar con Don Manuel que contaba con más de 80 años. Juntos recorrían el laberinto luminoso y estrecho de San Felipe. Amador ya había perdido parte de su visión, pero era muy capaz de intuir o reconocer paisajes inesperados en las grietas irregulares del suelo o en el moho que devoraba lentamente una pared.

Entonces, como un niño, exclamaba con fogosa alegría ‘Nueva York’ ante una mancha o ‘Darién’ ante una rajadura, con todo el poder poético de su mirada siempre viva, indestructible.

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