Nacional 22/02/2019 - 12:01 a.m. viernes 22 de febrero de 2019

‘La Estrella' y su gente de oro

Días antes de que ‘La Decana' conmemore los 170 años de su fundación, el periodista y docente Hermes Sucre recuerda su paso por la histórica redacción: un hervidero de periodismo, de personajes entrañables

En sus páginas, 'La Decana' encapsula la historia panameña. / fotográfo | periodico
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En sus páginas, 'La Decana' encapsula la historia panameña.

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Hermes Sucre Serrano
periodistas@laestrella.com.pa

Este 24 de febrero, La Estrella de Panamá cumplirá 170 años de informar a Panamá y al mundo. Quizás algún matemático acucioso pueda contar los rollos de papel y tanques de tinta gastados en sus rotativas, pero nunca medirá el esfuerzo humano invertido en esos tirajes.

En los periódicos se aprecia la marca, lo mercantil y la política editorial. Eso ni dudarlo. Pero vale más la gente bella que conocí en aquella inolvidable redacción de la calle Demetrio H. Brid, en San Felipe.

A finales de la década de 1970, La Estrella de Panamá era una élite periodística, algo comparable a los mosqueteros del rey. Ser contratado significaba entrar a Salamanca.

Codearse con Juan Carlos Duque, Leónidas Escobar, Emilio Sinclair, Luis Carlos Noli y ‘Pepillo' Duque activaba ese gusanillo del orgullo que todos llevamos dentro. Hablemos del oro y la plata de ‘La Decana': su gente.

SAYONARA

La ruta matutina hacia el periódico refrescaba el espíritu. Antes de llegar a la Plaza Herrera, debías cruzar el tenebroso ‘Castillo de Greyskull', refugio de pandilleros y damnificados.

En lo del inmueble (hoy convertido en un atractivo hotel) había mucho de prejuicio. Lo más que te pasaba era que un soñoliento aprendiz de hampón te dijera: ‘Fren, tengo cosas pa' vendé'.

En el camino disfrutabas de los balcones coloniales, llenos de veraneras, hortensias y chabelitas. Por las estrechas aceras, un hombre empujaba su carretilla llena de empanadas y refrescos.

Después de una oración en la iglesia de San José, llegabas al bulevar de ‘La Decana'. En la central telefónica se afanaba Sayonara Cáceres. Recibía la llamada, conectaba el cable a un conmutador y luego la enviaba al destinatario. Lo hacía con buen humor, voluntariado y positivismo.

Una sólida escalera de caoba conducía a la redacción, un área pequeña. El gancho, una reliquia de los años 20, mordía las cuartillas que luego eran transportadas al taller.

Una galería de retratos de personajes ejemplares adornaba las paredes: George Washington, Simón Bolívar, José Isaac Fábrega, Juan Montalvo, Alberto McGeachy, Benito Juárez y Franklin Delano Roosevelt.

LEÓNIDAS, EL GRANDE

Allí estaba Leónidas Escobar, periodista y escritor; amigo personal del líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán, un presidenciable asesinado en abril de 1948.

Don ‘Leo' se vino huyendo a Panamá. Era asistente del director Tomás Gabriel Altamirano Duque. Escribía la columna ‘Los nombres y los hechos' y editaba el suplemento ‘Istmo', de notable calidad cultural.

Nunca escuché de su boca un chisme o comentario negativo. Cuando le llevaban algún ‘bochinche', golpeaba el vidrio con su enorme anillo de oro y decía: ‘En la paz de los sepulcros, creo'.

Una mañana, cuando estaba muy ocupado, llegó su amigo Carlos Cabezas Luna, con ganas de hablar a pesar de su timidez. Se volteó y le dijo: ‘Échate para acá, Carlos, tas como huérfano en puerta de convento'.

Cabezas Luna se acercó y le susurró al oído: ‘¿Usted no se ha dado cuenta de que se está muriendo gente que antes no se moría?'. Leónidas quitó unas pajitas de la solapa del letrado y le dijo: ‘¡Sabes, tienes razón!'.

Tenía sus asiduos visitantes: Jorge Prosperi, Roque Javier Laurenza, Guillermo Endara, Juan Gómez, Alejandro Juárez Amador, Miguel Moreno, Roberto ‘Bobby' Puello, Judith De León, Rosamérica de Vásquez, Liz Camazón, Luis H. Moreno, Paulino Romero, Jairo Pertuz, Sheila Lichacz, Elisa de Sucre, Anel Béliz, entre otros.

Atendía a todos por igual, sin distinción de clase, religión, condición económica o política. Le gustaba que la gente se sintiera importante.

CANTERA DE PERIODISTAS

La redacción la dirigía Juan Carlos Duque, hombre serio, visionario, gran titulador, defensor de la academia, creyente del relevo generacional y abierto oponente al militarismo.

Aceptó y supervisó personalmente a practicantes de periodismo, la mayoría de la Universidad de Panamá. Allí se forjaron reconocidos profesionales: Yira Brandao, Nadia Miranda, Hermes Sucre, Ibeth Vega, Vilma Figueroa y Víctor Torres.

La falange de reporteros la integraban Luis Carlos Noli, Franklin Castrellón, Emilio Sinclair, Claudio Herrera, Edmundo Dante Dolphy, James Aparicio, Ricardo Borbúa, Luis Lamboglia y Hermes Sucre.

Las primeras planas las hacían los más fogueados, como Emilio Sinclair, César Gómez Marín y, en ocasiones, Claudio Herrera y Camilo Baruco. La artillería de editorialistas la formaban Víctor Raúl Vásquez (principal), Leónidas Escobar, Juan Carlos Duque y Emilio Sinclair.

Merece mención el mensajero Roberto Samaniego, llamado cariñosamente ‘Sindi' (sin dinero). Siempre andaba limpio, en un permanente ‘Sahara' quincenal.

Era un émulo de DHL: hacía todo tipo de mandados (paz y salvo, placa, compra de pizza , almuerzos, medicinas). Tenía sus tarifas, según la distancia. Lo único que no se conseguía de él era que entregara los vueltos.

LOS MAESTROS DEL ‘HERALD'

La gente añeja, como el vino tinto, estaba en el diario en inglés The Star & Herald , al mando de José ‘Pepillo' Duque, hombre temperamental, pero humano hasta el tuétano.

El jefe de redacción, Leslie ‘Chino' Williams, corresponsal de Reuters , sabía resumir una noticia en cinco líneas.

Estaba William Hoyte, Abdiel Flynn (expelotero profesional y bromista de tiempo extra), Anona Kirkland (la única dama de la redacción, aparte de las diligentes secretarias Haideé Recuero y Gladys Torres); Joe Maganini, a quien le decían ‘Trompo loco', porque cuando ‘Pepillo' lo llamaba a capítulo, daba vueltas como un trompo.

En Deportes, el timonel era Adolfo ‘Yen yen' Pérez, un maestro con muchas horas de vuelo. Cuando llegaba la angustia del cierre se le escuchaba decir: ‘Ay madre, que muero virgen'. Asimismo, recuerdo a Marco A. Gandásegui, hombre fino y culto, conocido como ‘Mr. Olimpiadas'; y a Ricardo A. Pardo, 65 años de cronismo deportivo, tan grande que le hice un libro.

Rogelio Díaz, periodista 24/7, honesto hasta el cansancio, solo se paraba del puesto para afilar el lápiz. Se hizo famoso por una frase acuñada contra los militares: ‘Ratas de caño'.

Rafael Toala, defensor laboral, presidía ‘El Círculo de Periodistas de La Estrella de Panamá'. Cuando comenzó a aprobar los pequeños préstamos de la cooperativa, se ganó el cariño general. Luis Lamboglia, benjamín del grupo, trabajaba con la agencia de noticias ANSA .

Recuerdo a Arístides Herrera Bravo, fotógrafo, autodidacta, culto, inteligente, humano y valiente. Fue un gramático empírico y notable fabricante de crucigramas. Le hice un lema: ‘Si Venezuela tuvo su Andrés Bello, Panamá tiene su Arístides feo'. Un tipazo, ojalá hubiera leído esto.

BROMAS Y ANÉCDOTAS

Una redacción es lo mismo que ‘periódico por cárcel': encerrada, sacrificada, extenuante y estresante. Abdiel Flynn lo sabía, por eso todos los días inventaba una broma nueva.

Había un fotógrafo goloso (Burbano) que asaltaba la refrigeradora. Flynn, que estaba en todo menos en rezar, compró pan en Lucianito e hizo un emparedado con jabón cortado en rebanadas, con tomate y todo.

El depredador estaba cebado; llegó como de costumbre. A la primera mordida quedó rojo, con los ojos saltones. Lo único que dijo fue: ‘El que hizo esto, es hijo de una mala madre…'.

Un día llegó Baruco sudoroso, atrasado y nervioso. Flynn le dijo, muy serio, ‘antes de quitarle el forro a la máquina, vete a Personal para que te tomes las medidas del nuevo uniforme de los periodistas'.

‘Vengo por las medidas del uniforme', indicó Camilo a la extrañada Laura. Ella lo miró como a un marciano...

—Usted también cayó, respondió.

Y qué decir de los festivos ‘Condumios' de los viernes, una comilona pagada por algún amigo querendón, deseoso de ganar puntos con la prensa. Los banquetes estaban acompañados de whisky, el de etiqueta de luto.

Algunos colegas, dados a dar seguimiento a los hechos, terminaban en el pequeño bar del cuartel José Gabriel Duque, famoso por la cerveza barata y la monotemática oferta gastronómica de ‘Guacha' (salchichas guisadas), o en la cantina ‘Ciudad de Verona', la única sin música, ideal para hablar mal de los jefes. ‘¡Qué tiempos aquellos!

Hoy algunas redacciónes son islas desencantadas, huérfanas de esa hermandad que hizo que por 170 años La Estrella de Panamá fuera un buen lugar para envejecer.

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