Nacional 15/09/2018 - 12:00 a.m. sábado 15 de septiembre de 2018

Allende y Neruda en mis recuerdos

En esta columna publicada originalmente en mayo de 1999, Carlos Iván Zúñiga Guardia ‘El Patriota' evoca las ilusiones de su juventud que lo llevaron a Santiago de Chile, atraído por lo que ese país había hecho por la cultura panameña

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Carlos Iván Zúñiga (1926-2008)
periodistas@laestrella.com.pa

Este septiembre recién pasado me encontró leyendo la biografía de Pablo Neruda por Volodia Teitelboim. El día veintitrés cumplió Neruda veinticinco años de muerto. Como viví tan intensamente aquel drama de Chile, el paso del tiempo tan vertiginoso ha causado estremecimiento en mí ya temeroso calendario. Yo conocí a Neruda en el Aula Máxima del Instituto Nacional. Allí llegó invitado por el rector de la Universidad el Dr. Octavio Méndez Pereira. Lo que recuerdo de aquella noche me proyecta un Neruda pausado de voz gangosa, pero de dulce cantar. Nos brindó un hermoso recital. Supo combinar sus versos de amor con sus poesías revolucionarias.

Dedicó poemas duros a Laureano Gómez y más duros a Getulio Vargas. Al recitar su elegía a la madre de Luis Carlos Prestes, con motivo de su muerte, el Paraninfo de súbito se conmovió. El Embajador de Brasil, Paulo Germano Hasslocher, iracundo, protestó por las palabras de Neruda. Domingo H. Turner lanzó un grito formidable contra Getulio Vargas, dictador de Brasil, y ante las protestas del embajador y los murmullos de los presentes, Méndez Pereira, con suavidad, advirtió al embajador que estaba en la obligación de respetar el turno del orador. Dijo el rector:

‘Usted tendrá el derecho a la réplica el día y a la hora que acordemos'.

Paulo Germano Hasslocher se retiró del aula gesticulando con inocultable disgusto. A lo largo del incidente, Neruda permaneció ensimismado, como lejano del espectáculo, y reanudó su intervención como si nada hubiera ocurrido.

Mis ilusiones de juventud me llevaron a Santiago de Chile. Atraído por lo que ese país había hecho por la cultura panameña, me inscribí como alumno libre en algunas materias del curso regular de la Facultad de Derecho.

‘Posteriormente, Salvador Allende designó al Prof. Bunster embajador en Londres y luego un hijo de mi profesor fue implicado en el ‘Bazukazo' disparado contra Pinochet'.
 

Escuché todo un año a los profesores Álvaro Bunster y Gacitúa Navarrete, respectivamente. El Prof. Bunster acababa de regresar de la Universidad de Roma y traía sus alforjas actualizadas y ricas.

Posteriormente, Salvador Allende designó al Prof. Bunster embajador en Londres y luego un hijo de mi profesor fue implicado en el ‘Bazukazo' disparado contra Pinochet. Entonces escribí un artículo solidarizándome con la angustia de mi profesor. También asistía a la famosa Escuela de Verano. Allí aproveché durante varias semanas los cursos de Ciencias Sociales dictados por Israel Drapkin y Clodomiro Almeyda, este último posterior canciller de Allende.

Un medio día, al salir de la facultad, caminaba por los alrededores de la Feria del Libro, cerca de la Rectoría de la Universidad de Chile, y divisé la silueta de Pablo Neruda, caminaba lento, con cierta indiferencia, con atuendo deportivo, calada la gorra, y en sus manos, veía varios libros. Me detuve para precisar su estampa y cavilaba si debía saludarlo, sobre todo porque la seriedad de su rostro no me garantizaba una recepción amable. No quería exponerme a un desaire, pero ni modo, me dije, debo saludarlo:

‘Señor, soy un universitario panameño y me agrada muchísimo saludarlo.'

Y sin esperar respuesta le recordé el episodio del Paraninfo como tarjeta de presentación familiar y sólo entonces me dibujó una sonrisa en sus labios y me dijo:

‘¿Estaba usted allí? ¡Qué noche aquella! Muy oportuno el señor Rector'.

El encuentro, luego de las recordaciones debidas y de un diálogo muy amable, se derivó a otros temas y nos despedimos con un apretón de manos muy afectuoso. A Neruda lo vi en otras ocasiones, pero siempre como rodeado de una atmósfera enigmática y muy ajena.

Hace pocos años, con motivo del traslado de sus restos a su morada final recibí, como rector de la Universidad, una invitación muy honrosa para asistir en Isla Negra a los actos organizados. Para entonces ya mi periodo estaba a muy pocos días de su final y decliné la invitación, señalando los motivos.

A partir de aquel septiembre trágico de 1973, los días once y veintitrés de dicho mes me llenan de cierta tristeza. Y de cierta indignación. Sí recuerdo al Príncipe de las Letras, También recuerdo a Salvador Allende. En dos momentos lo vi y dialogué con él en Santiago.

Uno, en la mortuoria de Valmore Rodríguez, presidente del Congreso venezolano cuando Pérez Jiménez derrocó a Rómulo Gallegos. Valmore Rodríguez murió exiliado en Macul, Santiago, y en la noche de su muerte congregó a muchísimas personas en su residencia, tan llena de dolor. Yo asistí a la velación no sólo porque conocía y traté a Valmore y a todos los exiliados venezolanos, sino porque además, su hija América era compañera de estudios de mi esposa en el Instituto Pedagógico. Recuerdo entre los asistentes a los actos que comento, a Juan José Arévalo, expresidente de Guatemala y a Ramiro Prialé, líder aprista.

En la casa de Valmore conocí a Salvador Allende, hombre de rostro muy severo, de aspecto frío, vestido con mucho rigor o pulcritud; era un hombre de mediana estatura. En esos días aún se vivía el drama del asesinato de Remón y la condena de Guizado.

Allende se interesó mucho por tener noticias acerca de la verdad de lo ocurrido y me invitó a tomar ‘onces' en el Senado de Chile. En esa ocasión fue la segunda vez que conversé con él. A la hora del té me presentó a Eduardo Frei Montalva, su adversario, y me llamó la atención el buen trato que se prodigaban mutuamente. En la residencia de Valmore Rodríguez, Allende me preguntó por Demetrio Porras exponiendo sus razones. Dijo Allende:

‘En 1940, Porras estuvo exiliado en Santiago. Lo invitamos a una concentración de masas en el Teatro Caupolicán. Allí habló. Nunca había escuchado a un orador tan fecundo en el conocimiento de los temas para agitar las masas. El Caupolicán vibró como nunca. Aquello me resulta inolvidable. Es un agitador social extraordinario'.

La entrevista con Allende fue muy buena porque me puse en contacto con estupendas personalidades de su Partido como Federico Klein y José Tohá, que fue ministro del Interior y Defensa de Allende. Murió asesinado en una cárcel semanas después del golpe militar de Pinochet.

La última vez que vi a Demetrio Porras fue el día que triunfó Allende como candidato presidencial. Le envió un telegrama de felicitación. Allende le contestó en el acto. Porras leyó su mensaje tendido en su lecho de muerte. Un derrame cerebral lo tenía postrado. Ya no hablaba. Su mano izquierda daba palmadas efusivas a su muslo. Así expresada Porras su alegría por el triunfo de su amigo, sin saber que Allende sería luego el presidente mártir.

En la época que vivía en Chile gobernaba el General Carlos Ibáñez Del Campo. A pesar de que había antecedentes golpistas, los episodios políticos se desarrollaban en un clima democrático. El Salón de Honor de la Universidad recibía incesantemente a grandes expositores. En el campo político los discursos Demócrata Cristiano y Socialista competían en las soluciones que ofrecían a la cuestión social. El Senado de la República era una catedral permanente de Ciencias Sociales. Pasé horas enteras, silencioso, en las galerías escuchando a los senadores Raúl Rettig, gran orador, los Alessandri, Gumucio, Allende, Frei, Amunátegui y a tantos otros cuyos nombres se han escapado provisionalmente de mi memoria. Se vivía un clima democrático, una revolución cultural, un Estado de Derecho pleno y nada hacía presagiar que en pocos años Chile caería en la desventura de la tiranía.

FICHA

Un vencedor en el campo de los ideales de libertad:

Nombre completo: Carlos Iván Zúñiga Guardia.

Nacimiento: 1 de enero de 1926 Penonomé, Coclé.

Fallecimiento: 14 de noviembre de 2008, Ciudad de Panamá.

Ocupación: Abogado, periodista, docente y político

Creencias religiosas: Católico

Viuda: Sydia Candanedo de Zúñiga

Resumen de su carrera: En 1947 inició su vida política como un líder estudiantil que rechazó el Acuerdo de bases Filós-Hines. Ocupó los cargos de ministro, diputado, presidente del Partido Acción Popular en 1981 y dirigente de la Cruzada Civilista Nacional. Fue reconocido por sus múltiples defensas penales y por su excelente oratoria. De 1991 a 1994 fue rector de la Universidad de Panamá. Ha recibido la Orden de Manuel Amador Guerrero, la Justo Arosemena y la Orden del Sol de Perú.

Veinticinco años después del golpe militar, políticamente Chile vive en democracia. Lleva ya dos períodos presidenciales en manos de la Concertación celebrada entre partidos y líderes democráticos que no quieren el retorno a la noche dictatorial. En la Concertación chilena no pueden surgir grietas y en homenaje a la madurez política de su dirigencia y de su pueblo no sería de extrañar que los demócratas cristianos apoyen al candidato socialista, el señor Lagos, de ganar este las primarias convocadas entre todos los concertados.

Veinticinco años después, el socialista Allende reencarnaría políticamente en otro socialista y gracias al apoyo de sus adversarios históricos. De igual modo, el actual presidente Demócrata Cristiano Eduardo Frei fue elegido con el voto socialista. Desde luego, la concertación busca figuras que sean garantes del imperio de la Democracia. Es la grandeza del talento que se despoja de lo subalterno en bien de la sobrevivencia de los valores democráticos.

En este último septiembre en Boquete, tranquilo valle paradisiaco con el Neruda del Teitelboim embargando mi espíritu, siento que en esta soledad los recuerdos brotan en paisajes vivos, reales y vuelvo a ver a Neruda recitando sus poemas humanos, a Méndez Pereira dando lecciones de tolerancia universitaria y a Allende sembrando dignidad en el surco de la patria .

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