Lector opina 13/11/2016 - 12:00 a.m. domingo 13 de noviembre de 2016

Donald Trump: un Martinelli a la enésima potencia

Alguna gente pensó que se trataba de una bestia. Y creo que sí lo es, pero mucho más inteligente de lo que se imaginan

José Ángel Garrido Pérez
opinion@laestrella.com.pa

A lguna gente pensó que se trataba de una bestia. Y creo que sí lo es, pero mucho más inteligente de lo que se imaginan. Donald Trump capitalizó muy bien el descontento y decepción ante Barack Obama y la desconfianza que Hillary Clinton inspiraba. Tras el fraude en el proceso electoral que el Partido Demócrata le propinó a Bernie Sanders, dejaron en bandeja de plata a la candidata más fácil de atacar para que el aparato propagandístico de Trump la engullera. Y lo hizo. Su ventaja de más de 20 % fue reduciéndose dramáticamente a medida que el choque por las primeras declaraciones de Trump fue cediendo paso a la consternación ante evidencias de que su rival no era lo suficientemente honesta, al tiempo que Wikileaks y el FBI echaban más leña a ese fuego.

No ayudó mucho a Hillary su trayectoria sangrienta. Fue ella la que pasó por encima de Obama como secretaria de Estado y conspiró con John McCain, oriundo de Coco Solo, en Colón, para apoderarse del petróleo libio a costa de convertir ese país en una tragedia viviente, además de que votó por la guerra de Irak, también por petróleo, y así otros casos más. En cambio, e increíblemente, Trump andaba prometiendo no patrocinar más golpes de Estado ni intervenir en asuntos internos de otros países.

Tampoco ayudaron a Hillary sus fuentes de financiamiento. El eje militar financiero no por gusto la apoyaba. Lejos de lo que ella manifestaba sobre la inestabilidad de su rival, la señora ya había demostrado su habilidad para dar visto bueno a guerras que favorecieran la economía de las armas: no productiva, pero sí lucrativa. En cambio, Trump, con negocios en Rusia y China, parece que prefiere repartirse el pastel con ellos antes que buscar conflictos.

La postura interior de Trump se parece a la del Frente Nacional francés. Es, sobre todo, chauvinista, antes que racista, aunque, como sabemos, tarde o temprano ambas cosas se ligan. Su problema es principalmente con los inmigrantes musulmanes y latinoamericanos. Los unos, por el cuco del terrorismo; los otros, porque ‘quitan' (según él) trabajo a los nacionales. Negros e indígenas (y no pocos latinos), que ya vivían allí, votaron por Trump, desesperados porque las grandes fábricas han preferido irse a México, China o Vietnam para no pagar los salarios del estándar estadounidense. ¿Qué ofrece Trump? Cerrar la frontera a esos ‘indeseables', bajar los salarios a los trabajadores, los impuestos a los empleadores y así semiesclavizar (pero emplear) a los primeros para estimular las ganancias de los segundos. A eso no acertaba oponerse Hillary más que con el enfoque financiero-militar de siempre en donde los bancos meten la pata y el pueblo mete la mano en sus bolsillos y los rescata mientras sigue pasando las de Caín. Solo Bernie Sanders podía exhibir ideas de economía productiva opuestas a la semiesclavitud de Trump, pero hasta sospecho que el Stablishment no deseaba nada que fuera un mayor poder y dominio de la sociedad en la economía. Si Clinton fracasaba, el mal menor era Trump. Sanders, ¡ñagare! Era mejor cualquier Hitler.

Pues bien, ganó las elecciones alguien que se acerca bastante al viejo Adolf. Preveo que el maltrato de los empleadores, los salarios de hambre, la economía desigual, un sector financiero y militar presionando por salidas a su asfixia y una fuerte inestabilidad social provocarán retrocesos históricos en los EE.UU. y reacciones populares que veremos si tienen capacidad de orientar su dirección hacia la búsqueda del poder político. La reacción popular hará dos cosas: intensificará la propaganda gubernamental y fomentará el espionaje contra los ciudadanos. Ya tienen el aparato montado. La ‘Ley Patriota' será invocada por el flamante presidente cuando la plancha en el Congreso y el Senado no le funcionen. Gobernará más por presión que por persuasión, y el pueblo lo aclamará... hasta que se le acabe el encanto.

Una última cosa que me sorprende bastante es que, por primera vez desde que franceses e ingleses se inmiscuían en las lejanas primeras elecciones en los EE.UU., un presidente norteamericano se ha quejado de que una potencia extranjera se entromete en ellas. ¡Barak acusó a Putin! ¿Cómo es que el país que suele entrometerse es ahora víctima de la intromisión? El lema de campaña de Trump: ‘Make America great again', promete el regreso a la antigua gloria nacional. No les queda de otra. La elección se libró entre dos corrientes: una que quería continuar un imperialismo cada vez más oneroso de sostener (por lo cual Trump calcula, no sin razón, que les resulta más barato salirse de la OTAN o al menos disminuir bastante sus aportes a la Alianza) y otra corriente que mira más a lo nacional, que camina a consolidar a EE.UU. como una potencia regional antes que mundial (para lo que no tardará en llegar a acuerdos y negocios de repartición de mercados antes que a confrontaciones y guerras ) y que pretende estimular su mercado interno precarizando a sus trabajadores, cerrando sus fronteras.

Acá, debajo del río Grande, debemos prepararnos. Nos querrán aplastar aún más, pues la nueva metrópoli regional querrá imponernos sus productos y sus intereses, tal como España pretendía hacerlo con sus colonias. Todo con la aquiescencia de China, Rusia, la UE y demás potencias con las que se repartirán el mundo. La periferia, si nos dejamos, seguirá cocinando para que ellos coman.

ESPECIALISTA EN LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLA.

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