Columnistas 19/05/2017 - 12:02 a.m. viernes 19 de mayo de 2017

Sueños de liderazgo

 Los hechos se desarrollaron del 16 al 25 de mayo.

Doris Jurado P.
opinion@laestrella.com.pa

1958, año de protestas estudiantiles, cuando corría por nuestras venas el fragor de la juventud. Cursaba el cuarto año de secundaria en el Instituto Pan Americano (IPA) y era pregraduanda de la carrera de Perito Mercantil con especialización en Secretariado Bilingüe. Mi madre, dependiente de una conocida farmacia en Santa Ana cerca de nuestra residencia, con mucho esfuerzo cubría la mensualidad.

Los colegios públicos, entre los cuales se destacaban el Instituto Nacional y el José Dolores Moscote, al igual que ahora, presentaban un evidente deterioro físico. Las manifestaciones estudiantiles a pocos días de iniciado el período escolar, se organizaron para manifestarse en contra del Gobierno de turno. Los hechos se desarrollaron del 16 al 25 de mayo.

El 19 de mayo de 1958, el estudiante Manuel José Araúz, del colegio Artes y Oficios, Melchor Lasso de la Vega, fue asesinado durante una marcha estudiantil convocada por la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP). Este grupo era beligerante y no desperdiciaba ocasión para hacerse presente en cualquier movimiento nacional. Para dispersar la marcha que se acercaba a la Presidencia de la República, la Guardia Nacional disparó bombas lacrimógenas a la multitud e hirió de muerte al estudiante.

Esta muerte encolerizó a la población estudiantil en contra de la institución armada. En esos días hubo múltiples acciones callejeras que mantuvieron a la ciudadanía en suspenso. Hubo barricadas, balas, persecuciones, terror, encarcelamientos y vejámenes. Ese episodio estudiantil dejó como resultado 9 personas muertas y más de 30 heridos, entre estudiantes y ciudadanos.

El 22 de mayo algunos compañeros de nuestro colegio, tomamos la iniciativa de representar por nuestra cuenta al Instituto Pan Americano durante el sepelio del estudiante caído. Nuestro colegio era totalmente opuesto a la participación de sus estudiantes en tales manifestaciones.

Las muchachas, con nuestros impecables uniformes blancos, y con pañuelo del color que nos correspondía según el año. Ellos, con su pantalón celeste y camisas blancas de mangas largas y corbata del color del pantalón. Nos hicimos de una bandera nacional y marchamos en romería hacia el Cementerio Amador. Llevábamos el corazón henchido de nacionalismo y de fervor patriótico.

‘El 19 de mayo de 1958, el estudiante Manuel José Araúz, del colegio Artes y Oficios, (...), fue asesinado durante una marcha estudiantil...'
 

A medio camino, la caballería de la Guardia Nacional trató de dispersar a las nutridas delegaciones y algunos corrimos asustados hacia el Instituto Nacional. No sé de dónde salieron las piedras y subí por las escalinatas con una en cada mano y una pequeña del primer año se aferró a mi brazo buscando protección. Los dirigentes estudiantiles del Instituto gritaban repetidamente desde una de las puertas: ‘Entren, compañeros, que ahí vienen, caballo sobre caballo'.

Al entrar los que pudimos, quedamos a oscuras en el vestíbulo de la entrada. La pequeña se desplomó llorando y caímos al piso muertas de miedo. Afuera, las bombas lacrimógenas, los disparos amedrentadores y los gritos poderosos de los jinetes. No sé cuántos eran, es posible que unos pocos, pero nosotros, chiquillas al fin, jugando a ser valientes, solo atinábamos a llorar. Los dirigentes se atrincheraron en los salones del piso superior y no nos enteramos de sus planes.

Esa noche varios padres de familia, entre esos, la mía, entraron para buscar a sus hijos. Recuerdo que, entre tirones y reprimendas, mamá y mi joven enamorado organizaron la salida por el lado de la avenida 4 de Julio y nos escabullimos hasta nuestra casa en la calle 14 Oeste.

Yo estaba por cumplir 16 años y sentía vergüenza y dolor al comprobar que no tenía las dotes ni la valentía de una líder. Ese no era mi campo, a pesar de que hasta esa mañana me sentía con todo el coraje de quien puede dominar situaciones extremas. Los castigos no se hicieron esperar.

Una vez restaurado el orden, las clases fueron reestablecidas y era el momento de enfrentarnos a las autoridades del colegio. Fuimos citados a la dirección y sabíamos que la sanción era la expulsión. Mamá estaba esperando en la dirección igual que las de los otros rebeldes. Recibimos una reprimenda del director durante varios minutos que nos parecieron horas. El castigo fue una mancha con X en el renglón de disciplina en nuestro boletín por todo el año y la promesa de que, a otra falta, por leve que fuera, seríamos expulsados de nuestro prestigioso colegio y algunas otras prohibiciones.

Fue una experiencia inolvidable.

SECRETARIA BILINGÜE PENSIONADA.

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