Columnistas 12/09/2017 - 12:02 a.m. martes 12 de septiembre de 2017

La panacea de Odebrecht

Que ganaran grandes obras y que los construyera Odebrecht. 

Guillermo A. Cochez
opinion@laestrella.com.pa

Cuando ya estaban por terminar su Gobierno, nunca pensaron que les llegaría alguien de tanto prestigio a ofrecerles algo tan bueno. Quedaron deslumbrados por lo productivo que resultaría ser, lleno de ventajas y beneficios. Al líder siderúrgico, convertido en presidente de Brasil después de grandes batallas, no se le podía decir que no. Estaba en las primeras planas porque se le responsabilizaba del gran éxito en que estaba convirtiendo a su país. Su magnetismo personal resultaba irresistible, sobre todo para quienes nunca se habían imaginado llegar donde llegaron. Se sentían en las grandes ligas de la política.

El asunto era fácil. Lo más importante era que, por ser Lula da Silva su gestor y patrocinador, nadie jamás los descubriría. Solo había que ayudar al presidente obrero a que empresas de su país se llevaran cuantiosos contratos promoviendo obras, cuyos pliegos de especificaciones ellos mismos elaboraran; así era más fácil. Que ganaran grandes obras y que los construyera Odebrecht. Lo demás era solo esperar la caja registradora; eran dividendos instantáneos.

Semanas atrás, conversando con mi amigo el presidente de Costa Rica, Luis Guillermo Solís, me decía lo dichoso que se sentía de que en su país nunca le dieron un contrato a Odebrecht. Y eso que Lula sí los visitó como hacía en muchos de nuestros países. Nadie allá cayó en la perniciosa tentación que a tantos en América Latina les ha creado tantos problemas, inclusive la cárcel.

Así comenzaron con la Cinta Costera 1, proyecto inicialmente ideado por el entonces ministro de Vivienda de Mireya Moscoso, Miguel Cárdenas, pero que años después, en la gestión de Martín Torrijos, vieron como una gran oportunidad de hacer la obra rápido y tener réditos políticos para la siguiente elección. Y, si en el camino los aceitaban un poco, bueno, se aplicaría aquello de que ‘robaron, pero dejaron algo tan necesario como lo era la ampliación de la avenida Balboa'.

Las malas lenguas cuentan que, al traspasar el mando a Martinelli, Martín atendió una llamada con ‘speaker' entre ambos con Lula. Necesitaban cuadrar lo que quedaba pendiente y así hicieron. Era necesario continuar con los contratos y los que salieran con el nuevo Gobierno. Dificulto que para estos días el vicepresidente estuviese alejado de las decisiones importantes del primer mandatario. Siempre andaban juntos y los dos se daban golpes de pecho con las grandes obras que se construirían de la mano del coloso de Brasil y, lo mejor de todo, de la mano del gran Lula da Silva. El proyecto que nos convertiría en un país de primer mundo, el Metro, idea de Varela, se le confió a un recomendado del vicepresidente, javeriano como él y prestigioso constructor, quien se quedó en el cargo en su Gobierno. El Metro no estaba incluido en plan de Gobierno de Martinelli, pero sí en el de Varela, por lo que tras la unión de ambos se incluyó. Balbina Herrera propuso algo similar con el monorriel.

Nada se supo de lo que se cocía tras bambalinas, hasta que comenzaron los escándalos en Brasil producto del trabajo y la dedicación de jueces y fiscales sin precio y con mucho valor y coraje. Comenzó el prestigioso Marcelo Odebrecht a hablar. Meses antes había estado en Panamá como invitado especial a la rimbombante Cumbre de las Américas de Varela en un Forum de grandes empresarios.

Todo comenzó a oler mal en todas partes. Menos en Panamá. A sabiendas de lo que se investigaba en Brasil y los vientos pestilentes de corrupción que ya se sentían en muchas partes, Odebrecht siguió recibiendo nuevos contratos. A pesar de las exigencias públicas de que se dejara de contratar a los brasileños, siguieron con ellos y poco les importó lo que iba conociendo y las advertencias que se hacían.

Quizás pensaron que todo se disiparía y no se profundizaría más. Lamentablemente no ha sido así y todo indica que la sombra de Odebrecht los seguirá persiguiendo, a todos y cada uno de los que se beneficiaron con este horroroso robo a los recursos públicos. El costo político y social que el país sufre con todo esto es demasiado grande para que no le demos importancia: se están llevando de calle lo poco de institucionalidad que nos había dejado Martinelli. La justicia está en entredicho; la separación entre los poderes del Estado cada vez se desvanece más. La gente ha perdido confianza en sus gobernantes y eso es tremendamente peligroso.

Urge un cambio radical. El país requiere de un rumbo que hoy carece. De dirigentes que no repitan lo mal que estamos, sino cuáles son las soluciones para los problemas que nos agobian como la corrupción, la inseguridad, la mala educación, la falta de agua, el deficiente transporte, la carencia de buena salud. De dirigentes que, a diferencia de los que hemos tenido, tengan el suficiente carácter y valentía de pisar los callos que sean necesarios para enrumbar el país; antes de que llegue al despeñadero. El tiempo de la panacea, de las vacas gordas, se acabó. Se acabaron los Odebrecht.

ABOGADO Y POLÍTICO.

‘Urge un cambio radical. El país requiere de un rumbo que hoy carece. De dirigentes que no repitan lo mal que estamos [...]'
 
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