Columnistas 14/10/2018 - 12:03 a.m. domingo 14 de octubre de 2018

Sin palabras de elogio

En Brasil irán a segunda vuelta por la Presidencia, Fernando Haddad, heredero de los seguidores del Partido de los Trabajadores

Berna Calvit
opinion@laestrella.com.pa

Por estar mirándonos ‘el ombligo nacional', muchos ignoran lo que pasa en otros países de nuestra América Latina. Nos enfocamos más en lo que nos viene de Norteamérica, sobre todo ahora con el impredecible presidente Trump. En Brasil irán a segunda vuelta por la Presidencia, Fernando Haddad, heredero de los seguidores del Partido de los Trabajadores (PT) fieles a Lula, a pesar de estar en prisión sentenciado por corrupción; y Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL) que todo indica será el triunfador. ¿Quién es este polémico candidato sobre el que no encontré palabras de elogio? Un artículo que leí sobre Bolsonaro me recordó al horrible Duterte, presidente de Filipinas, sobre quien escribí ‘Los barriles de manteca', 10/6/2018. Tan extraño me pareció que Bolsonaro pudiera calar en un país como Brasil que empecé el safari cibernético. De ascendencia italiana, casado tres veces, describe así a su familia: ‘Tengo cinco hijos; cuatro varones y en la última, ya tuve un momento de debilidad, y salió una niña'. Antes que político fue paracaidista del ejército brasileño; en 1986, estuvo detenido por un complot para explotar bombas (de baja intensidad, qué bondadoso) en el complejo militar como protesta por sueldos bajos; el asunto no se aclaró, abandonó el ejército y en 1988 gana como concejal de Río de Janeiro; ha sido miembro de nueve partidos; fue titular de varias comisiones en la Cámara de Diputados (Defensa Nacional, Seguridad Pública, Crimen Organizado y de Derechos Humanos y Minorías). Fue multado por insultar a la colega diputada María do Rosario, miembro del PT: ‘Yo a ti no te violo, porque no te lo mereces'.

Bolsonaro, político mediocre, en 2011 ganó popularidad entre los evangélicos, cuando se opuso a una campaña contra la homofobia en las escuelas; abandonó la religión católica y se hizo evangélico. A lo largo de los años endurecía su discurso de extrema derecha, elitista, racista, homofóbico y misógino; admirador del dictador Pinochet, de Fujimori y de ‘la época gloriosa' de la dictadura militar brasileña de la que dijo ‘debería haber matado a 30 000 personas más, comenzando por el Congreso y el presidente Fernando Cardozo'; tanto apoya el uso de la tortura que rindió homenaje al coronel que en la dictadura militar torturó a Dilma Rousseff. Para él ‘las armas son la garantía de nuestra libertad'. En 2001 dijo ‘Sería incapaz de amar a un hijo homosexual, prefiero que muera en un accidente de coche'. En 2016 dijo en televisión: ‘El error fue torturar y no haber matado más'; en 2017, ‘Un policía que no mata no es policía'. Hace poco declaró su intención de ‘acabar con la actuación de las organizaciones de la sociedad civil, lo que representa una amenaza más a nuestra democracia propagada por esa candidatura'. Su hijo, Eduardo Bolsonaro, diputado electo, dice que ‘las mujeres de derecha ‘son más limpias' que las de izquierda; los homosexuales quieren ser una ‘superraza', y el feminismo es una ‘enfermedad'. De tal palo, tal astilla.

¿Qué jugó a favor de Bolsonaro? Que la economía de Brasil se vino abajo; que el pueblo se enteró de que miles de millones de los fondos públicos habían sido robados. Tratando de acallar los escándalos (Odebrecht, Petrobras y otros), las instituciones del Estado resultaron enfangadas al usar artimañas para atajar el alud de revelaciones de corrupción; a la par aumentaban la inseguridad y la violencia. Mientras tanto Bolsonaro se presentaba como el rescatista que necesitaba el Brasil que se iba por la borda; convenientemente suavizó su posición procontrol estatal de la economía y ganó cierto apoyo del capital. En entrevista con María Martin (El País, 18/2/2014) dijo que legalizaría las armas para que la gente de bien pueda dormir tranquila; promovería la planificación familiar para reducir el número de hijos entre los pobres, ‘gente sin cultura que terminan siendo electores futuros del PT'; también la pena de muerte, ‘si llevamos al tipo a la silla eléctrica nunca más va a matar ni va a asaltar; nunca he visto un muerto cometer un crimen'. La entrevista cierra con palabras crudas, crueles. En 2018 no ha cambiado de opinión y un nuevo miedo recorre Brasil.

Lo que sucedió en la República de Filipinas está por suceder en Brasil con Bolsonaro. La inseguridad, la injusticia social, la indignación contra políticos y empresarios corruptos, ¿podría llevarnos a algo así? ‘El pueblo se cansó de los políticos y busca a alguien que sea su negación' (Elimar Nascimento, sociólogo). Sería prudente mirarnos en ese espejo.

COMUNICADORA SOCIAL.

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