Columnistas 10/02/2019 - 12:02 a.m. domingo 10 de febrero de 2019

De libre mercado a monopolio acogedor

United culpó a Dao por desobedecer una instrucción, aunque al final llegó a un acuerdo con el pasajero

Rafael Carles
opinion@laestrella.com.pa

Todos recordamos las imágenes del Dr. David Dao en 2017, cuando cuatro policías del aeropuerto de Chicago lo sacaron arrastrado del vuelo United Express 3411 que estaba sobrevendido. Dao fue escogido para devolver su asiento y se negó, porque el día siguiente tenía que atender pacientes. Un video con su cara ensangrentada rápidamente se volvió viral.

United culpó a Dao por desobedecer una instrucción, aunque al final llegó a un acuerdo con el pasajero. El pésimo manejo mediático de United hubiera costado millones de dólares a cualquier otra compañía, pero el incidente no tuvo ningún efecto en la aerolínea. Al contrario, el precio de su acción subió en Wall Street, al percatarse los analistas financieros que United tiene un inmenso poder de mercado y que sus pasajeros no tienen más remedio que volar en sus aviones.

La consolidación del mercado aéreo en el mundo entero ha reducido la competencia en la mayoría de las rutas. Una aerolínea puede ahora dominar un aeropuerto y convertirlo en perfecto monopolio, al tener control total de las puertas de abordaje y establecer precios predatorios para alejar a sus rivales. En Estados Unidos, el 80 % de los cincuenta aeropuertos más grandes tiene una sola aerolínea que controla la mayoría del mercado. United, por ejemplo, domina 60 % de Houston, 51 % de Newark, 44 % de Washington Dulles, 40 % de San Francisco y 36 % de Chicago. Por su parte, Delta tiene 81 % de Atlanta, 58 % de Minneapolis y 52 % de Detroit. Igualmente, American tiene 76 % de Dallas, 62 % de Charlotte y 40 % de Miami. Para muchos pasajeros, simplemente no hay otra opción.

La realidad es que la competencia es la esencia del libre mercado y la concentración de poder por parte de agentes económicos genera menos competencia, menos inversión, menos productividad, precios más altos para los consumidores, salarios más bajos para los trabajadores y más desigualdad en la distribución de riqueza. Para llegar donde estamos actualmente, los agentes económicos han tenido que acomodarse con las agencias reguladoras y conseguir leyes para sus propios intereses. Así, los agentes económicos más grandes se han hecho aún más grandes, mientras que los pequeños han desaparecido y el consumidor ha perdido su capacidad de elección.

En Panamá, industria tras industria, también se han convertido en monopolios u oligopolios que conspiran tácitamente. De hecho, hay muchas industrias con uno, dos, tres o cuatro competidores que controlan mercados enteros. Por ejemplo, una aerolínea domina el 78 % de los vuelos de Tocumen, dos embotelladoras controlan el 90 % de las cervezas, tres bancos tienen alrededor del 60 % de los activos bancarios y cuatro agencias de seguros se dividen el 90 % del mercado de salud.

La lista es interminable y cada vez es peor, especialmente si nos fijamos en el sector tecnología. Google domina el 90 % de las búsquedas en Internet, Facebook tiene el 80 % de las redes sociales, Amazon diariamente aplasta a minoristas y determina qué productos pueden y no pueden vender en su plataforma, y compite con cualquier cliente que tenga éxito. El iPhone de Apple y el Android de Google controlan completamente el mercado de aplicaciones móviles y determinan si las empresas pueden llegar a sus clientes y en qué términos. Las leyes tradicionales de economía cuando se escribieron ni siquiera tenían en cuenta las plataformas digitales ni los efectos de las nuevas tecnologías que existen ahora.

En el último medio siglo, los mercados han sufrido un desfase estructural que ha debilitado la competencia. Las agencias reguladoras mundialmente prefieren mirar hacia otro lado y hacer poco para evitar la concentración de mercado de las empresas. El libre mercado supone que las empresas juegan con reglas claras y que las autoridades son árbitros que, al igual que en cualquier deporte, vigilan para que las reglas acordadas garanticen un juego limpio y competitivo.

Pero dejadas con libertad para hacer su propia voluntad y satisfacer sus intereses, las empresas utilizan todos los mecanismos disponibles para aplastar a sus rivales. Hoy en día, las agencias gubernamentales han fracasado como árbitros, al no imponer reglas claras y suficientes para aumentar la competencia, y en cambio han creado prebendas y privilegios que permiten que el poder económico se concentre y quede en manos de unas cuantas empresas.

En definitiva, necesitamos una nueva revolución para desmembrar los monopolios u oligopolios, promover la competencia y restaurar el libre comercio. Solo así tendremos paz social, equidad económica y bienestar total para la población.

EMPRESARIO

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