Columnistas 17/04/2018 - 12:01 a.m. martes 17 de abril de 2018

La juventud no está en la edad, sino en la actitud

La crisis de valores que vive hoy el país exige del concurso de los panameños jóvenes, pero también de los que hemos traspasado la edad de los 70

Guillermo A. Cochez
opinion@laestrella.com.pa

Hace 30 años, al momento de su defunción, a ninguno de sus hijos se nos hubiese ocurrido pensar que nuestro padre, por su edad o condición física, estaría en condiciones de laborar otra vez en un banco, como lo hizo durante cincuenta años. Los tiempos, sin embargo, han cambiado. Lo que se veía de una manera en 1987, hoy lo apreciamos de otra. Ahora duramos más, quizás por la alimentación, las vitaminas o los adelantos de la ciencia.

Comencé en política desde que tenía 18 años (1963), en la Juventud Demócrata Cristiana. Eran los tiempos en que había que fajarse para militar en un partido como la DC que, aunque no tenía dueños, era necesario hacer méritos. No había subsidios. No te pagaban nada para pegar papeletas o hacer bulto en una concentración; constituía un honor acompañar a un candidato a un acto político, a cambio de nada. Hasta veinticinco quedamos presos por siete días cuando el Gobierno liberal de entonces (1965) persiguió a dirigentes de nuestro partido y participamos en una toma simbólica del Ministerio de Salud. Eran otros tiempos. Teníamos mucha mística.

La crisis de valores que vive hoy el país exige del concurso de los panameños jóvenes, pero también de los que hemos traspasado la edad de los 70, sobre todo si sentimos fuerza para dar nuestro último esfuerzo ciudadano. Me he mantenido activo opinando sobre los problemas locales e internacionales. El silencio no es la mejor forma para orientar y hacerse presente; somos parte del problema, pero también de la solución.

Antes de ocupar cargo público, al frente de la dirección del PDC, al reinscribirlo en 1980 y, al ser funcionario: legislador (hoy diputado) en media dictadura (84-89) y en democracia, como alcalde capitalino por 15 meses y el resto del periodo como legislador, hemos tratado de ser iguales: con mística y dedicación. El hecho de perder en mi segundo intento de reelección (1994) no fue óbice para no seguir activo en el quehacer nacional. He opinado con mis permanentes escritos e intervenciones públicas. Hace poco (2009-2013) representé con la mayor dignidad a mi país en la Organización de Estados Americanos en Washington, donde fui destituido por el Gobierno de Martinelli por denunciar lo que pasaba en Venezuela. Los 33 años que fui profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá me obligaban a escuchar las inquietudes de los jóvenes.

Hoy, nos planteamos un gran reto. Antes, el sacrificio familiar y profesional que pagamos fue muy alto: los tiempos de dictadura no fueron fáciles para quienes estábamos al frente del quehacer opositor. Ese reto se resume en: ¿qué hacer?, ¿quedarse en casa disfrutando de los nietos y viajar, como tanto me gusta? o, por el contrario, ¿dar un aporte final tratando de llevar a puerto fijo la nave del Estado, hoy con tantos vientos en contra, como lo sería aspirar a diputado para lograr una mejor Constitución?

A pesar de los años vividos, me siento joven, ya que la juventud, más que un asunto de edad, lo es de actitud. Quizás porque no tuvieron que experimentar el sacrificio de quienes nos correspondió en los años ochenta combatir la dictadura hasta lograr la democracia, la nueva clase política ha defraudado a la población; como que lo tuvo todo servido en un plato dorado y se aprovechó del país, de muy mala forma, por cierto. De allí la gran frustración ciudadana que existe y la especie de desesperanza que consume a algunos.

Así como yo estoy decidido, existen otros panameños valiosos de mi época que también están dispuestos a dar esta nueva batalla por rescatar la institucionalidad del país. En este esfuerzo renovador deben hacerse presentes todos los sectores sociales que se sientan capaces y responsables de la posibilidad de llevar a cabo los cambios que urgentemente se requieren. Que incluyen el poner la honradez y el interés público por encima de todo.

ABOGADO, POLÍTICO Y DIPLOMÁTICO.

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