Columnistas 12/06/2019 - 12:02 a.m. miércoles 12 de junio de 2019

La juventud, un capital en riesgo

Se requiere una educación desde el nacimiento de las personas, que tenga suficiente efectividad para desarrollar al máximo sus potencialidades 

Juan Bosco Bernal
opinion@laestrella.com.pa

Uno de cada dos habitantes de Panamá, es menor de 30 años de edad. Este capital, si es debidamente orientado, representa una inmensa reserva para el desarrollo humano sostenible del país. Esta orientación plantea, al menos, tres frentes urgentes de atención, que son convergentes. El primero, es ofrecer una educación formal de calidad con equidad, para todas las personas sin distinguir su condición personal de capacidades o necesidades educativas especiales, étnica, género, económica, social o territorial. El segundo, atender, mediante la educación no formal, las necesidades educativas múltiples que se originan en el imperativo social de poseer destrezas y valores para el trabajo productivo y la participación ciudadana. Y el tercero, ofrecer una educación para la diversidad, a quienes poseen comportamientos diferentes, fuera de las normas y códigos sociales establecidos.

Se requiere una educación desde el nacimiento de las personas, que tenga suficiente efectividad para desarrollar al máximo sus potencialidades. En este sentido cobra importancia la primera infancia (menores de cinco años, con menos del 8 % de cobertura), la educación primaria (casi universal), los tramos de premedia y la media (con casi el 50 % de escolarización). Igualmente, la educación superior, universitaria y no universitaria, a la que accede una minoría de la población en edad de cursarla (cerca del 40 %). Todos estos ciclos del sistema educativo demandan también de una atención especial, para el acceso, la retención y el egreso con éxito, de cada uno de sus estudiantes. Esta educación debe servir, asimismo, para afianzar la personalidad, las habilidades para la vida, los conocimientos, valores, la motivación para aprender, las emociones, la convivencia social, el trabajo y la superación continua. En este frente el país tiene grandes desafíos, tanto de cobertura, como, principalmente, de calidad de los aprendizajes.

Sobre esta variable de la calidad, se debe estudiar con mucha atención, los resultados de las pruebas (Crecer, 2016-2017, Meduca) aplicadas a los estudiantes de tercer y sexto grado en las áreas esenciales del saber (lectura y escritura, matemática y ciencias). En estas pruebas, un porcentaje elevado de los estudiantes de escuelas rurales, urbano marginales, indígenas, de telebásica y de multigrado, mostraron resultados críticos.

El otro frente guarda relación con la preparación para el trabajo decente, en las diferentes ramas de la actividad económica del país. Supone un reto en el cumplimiento de un viejo compromiso de una alfabetización funcional para todos. Igualmente, preparar a los jóvenes para ejercer un puesto de trabajo digno, con las competencias indispensables para asegurar la producción y la productividad en el sector en el que se desempeñen, en un país en el que la informalidad en el trabajo alcanza cerca de la mitad de la población económicamente activa y el desempleo asciende ya a un poco más del 6 %, en general, y de 15 %, en particular, para los menores de 30 años (INEC-2018). Este reto significa, también, el uso de las tecnologías digitales, la comunicación verbal y escrita en la lengua materna y en una lengua extranjera, así como la capacidad de trabajar en equipo.

La educación no formal (Inadeh, educación dual, formación en el empleo, autoaprendizaje) tiene un papel decisivo en el cumplimiento de este objetivo, con las articulaciones y estrategias más convenientes para garantizar su efectividad, mediante cursos, seminarios, diplomados, pasantías, talleres, formación ‘Online' —antes reconocida como educación por correspondencia— y otras estrategias de aprendizaje no convencionales. Una gran ventaja de la educación no formal, es la oportunidad de aprender a todo lo largo de la vida, actualizar permanentemente los aprendizajes de las disciplinas, los oficios y la ayuda personal, conforme a la renovación del conocimiento y la tecnología, por la flexibilidad de los programas y las herramientas expeditas que utiliza.

Un valor creciente en esta dimensión, se asume, igualmente, con las iniciativas y proyectos, que permite a la juventud crear sus emprendimientos y negocios, con ingresos propios, necesarios para llevar una vida digna para ellos y sus familias. Cambiar las relaciones en el sobredimensionado sector informal de la economía panameña, para crear mejores condiciones laborales, con las prestaciones y otros beneficios sociales incluidos, es parte también de este gran desafío.

Otra dimensión del reto educativo de la sociedad panameña, o tercer frente, guarda relación con la población en riesgo social. Se trata de personas que, dentro o fuera de la escuela, tienen comportamientos diferentes, que no son iguales a los otros alumnos, que tienen conductas socialmente contrapuestas a los códigos sociales establecidos o que, según sus críticos, participan o actúan de manera patológica. Es importante observar de modo integral a los estudiantes, recordando que no existe igualdad y menos uniformidad, ni en las actuaciones, ni en los procesos mentales y menos en las interacciones sociales. La diversidad en el aula es la característica fundamental en la escuela y con ella se debe trabajar provocando la unidad de propósitos y de procesos, de modo que tanto las niñas como los niños puedan aprender, desarrollando plenamente sus potencialidades, según las oportunidades y medios que la comunidad de aprendizajes les pueda proveer. Algunos de estos comportamientos son la hiperactividad, la agresividad, el síndrome de asperger y el autismo, el irrespeto a las personas adultas de su entorno, el consumo prematuro de drogas, la violencia, la delincuencia, el acoso (sexual, escolar o ‘bullying'), las menores embarazadas, la juventud privada de libertad, entre otros. Todos estos desafíos se presentan en una sociedad multidimensional y multicultural como Panamá.

Con una política pública de educación integral, que incluya diferentes disciplinas, como la Pedagogía Social, la Psicología, la cultura, los deportes, las neurociencias, es posible atender estas necesidades individuales y colectivas de la niñez y la juventud. Una política que contribuya al estudio, la comprensión y atención de estos comportamientos y fenómenos observables en el hogar, la escuela, el espacio laboral y la comunidad. Es un imperativo ético ejecutarla como un espacio de reflexión y acción, de animación sociocultural envolvente y decisivo en el trabajo interdisciplinario, para responder a las necesidades de la población del siglo XXI.

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