Columnistas 10/08/2017 - 12:02 a.m. jueves 10 de agosto de 2017

El intervencionismo buenista

Cuando no se entienden las causas de los problemas, se tiende a buscar soluciones que terminan empeorando aún más al paciente.

Jaime Raúl Molina
opinion@laestrella.com.pa

Venezuela arde en llamas y duele a todos los que creemos en la libertad, cosa que los venezolanos evidentemente han perdido. La situación política en dicho país ha venido en franco deterioro desde hace años, pero no ha sido sino hasta ahora, con la insistencia del régimen chavista, encabezado por el presidente Nicolás Maduro, de llevar a cabo un proceso electoral para elegir una Asamblea Nacional Constituyente que adolece de todo vestigio de legitimidad, que finalmente la comunidad internacional ha entendido que Venezuela es una dictadura.

Hasta hace muy poco los mismos países que hoy condenan al Gobierno de Maduro por el proceso electoral constituyente, insistían en que cualquier solución a la grave crisis política del hermano país tenía que pasar por el diálogo entre el Gobierno y la oposición. Esto era otra forma de decir que cualquier acto de insurrección u otras maniobras dirigidas al cambio de Gobierno en que intermediase la fuerza, debía ser rechazado por la comunidad internacional. Es comprensible la intención de insistir en la solución por la vía del diálogo y de las urnas. Pero tal insistencia oculta una grave falacia que permea el entendimiento contemporáneo de lo que es una república.

En primer lugar, no es democracia el término correcto, sino república, concepto distinto que hace referencia a que el poder no es absoluto ni siquiera aquel logrado mediante el voto de las mayorías. En una república el poder está limitado, existe una separación formal y real de las funciones jurisdiccional, legislativa y ejecutiva, asignándolas a órganos efectivamente independientes unos de otros. Elemento crucial, además, es el respeto a los derechos fundamentales de la persona humana, entre los que se encuentran la libertad de pensamiento, libertad de expresión, libertad religiosa, propiedad privada y otros muy importantes.

Pero todo esto se pierde en la necia idea contemporánea que confunde electoralismo con república. El empleo del término democracia, sostengo, es sintomatológico de ese grave error filosófico. la idea de democracia que parece haberse adoptado es la de que esta consiste en elegir a un monarca absoluto cada cuatro (o cinco, o seis) años y que, entretanto, tenemos los ciudadanos que aguantarnos los abusos que se le antojen al gobernante, todo sustentado en que ganó unas elecciones.

Esta perniciosa idea es la que está detrás de la política de interferir, por la vía diplomática, en los asuntos internos de otro país para ofuscar cualquier intento de las fuerzas internas de este para rebelarse y cambiar su Gobierno. Así se condenó la acción conjunta de los distintos factores de poder en Honduras en el año 2009, cuando el Poder Judicial, el Poder Legislativo y el Ejército de forma conjunta actuaron para remover del poder al presidente en funciones Manuel Zelaya. Prácticamente todos los Gobiernos de América, incluyendo el de los Estados Unidos, condenaron esta acción como un golpe de Estado, cuando en realidad el golpe de Estado lo había dado el propio presidente Zelaya al maniobrar para postularse abiertamente a la reelección, cosa que la Constitución de dicho país prohíbe y además sanciona expresamente con la destitución inmediata y de pleno derecho, del cargo de presidente. Es decir, lo que la comunidad internacional defendió como legítimo era el golpe dado por Zelaya a la Constitución, y lo que condenaba en cambio era la acción conjunta de los demás órganos del Estado, respaldados por el Ejército y la abrumadora mayoría de la población, para restablecer el orden constitucional.

Al Gobierno hondureño que restableció el orden constitucional se le aisló así hasta que se convocó a nuevas elecciones y asumió el poder el nuevo presidente así elegido. El caso hondureño es de los más claros que ilustran la nueva realidad de las dictaduras latinoamericanas: usted puede manipular la constitución de su país, pisotear las libertades individuales, matraquear para controlar los demás órganos de Gobierno y así efectivamente acabar con la república, mandarse a hacer una constitución a su medida para gobernar efectivamente como un monarca absoluto. Como Zelaya había llegado al poder por mayoría de votos, parece ser que esto le daba derecho a violar la Constitución de su país y el resto de los órganos de Gobierno y el pueblo hondureño tenían que aguantarse la mecha.

La lección para los aspirantes a dictador es simple: usted puede tener poder absoluto siempre y cuando se cuide de hacer la pantomima de organizar elecciones cada determinada cantidad de años, y puede contar con que tendrá el aval y respaldo de los Gobiernos de su continente, quienes además le servirán de verdugos morales, diplomáticos y económicos de quien ose retar vuestro control absoluto del poder.

Volviendo al caso de Venezuela, por años hubo serios señalamientos de que las elecciones eran amañadas por un tribunal electoral controlado por el Gobierno en el poder, con magistrados en el bolsillo de Chávez primero y luego de Maduro, Cabello y compañía. Poco importó que Chávez controlara la prensa, por haber expropiado todos los medios independientes del país y asfixiado económicamente a los que no expropió. No importó nada de eso, porque Chávez siempre mantuvo el rito de organizar procesos electorales para lavar la cara de lo que era una dictadura.

Los Gobiernos de otros países —incluido el nuestro— han saboteado desde hace años todo intento de la oposición por resolver el problema con una desobediencia civil indefinida. La insistencia mantenida, hasta ahora por gobernantes del área, en que la única solución aceptable era por la vía electoral y del diálogo, efectivamente minó toda posibilidad de que los venezolanos resolvieran sus problemas entre ellos. Ahora, cuando ya el régimen chavista ha conformado una asamblea nacional constituyente evidentemente ilegítima, luego de haber intentado disolver la Asamblea Nacional que no controlaba, y al hacer esto se ha quitado cualquier remanente de maquillaje que pudiera tener para ocultar su naturaleza tiránica, es que los Gobiernos vecinos reaccionan. Ahora hablan de sanciones morales y hasta económicas contra el régimen de Maduro. Así pasan de un intervencionismo que efectivamente ató las manos de los venezolanos para salir de su dictadura y resolver sus problemas solos, al intervencionismo de tratar de revertir ahora lo que quién sabe siquiera si será reversible en el corto o mediano plazo. Cuando no se entienden las causas de los problemas, se tiende a buscar soluciones que terminan empeorando aún más al paciente.

A ver si entendemos que el problema está precisamente en esta corriente internacional de interferir en los asuntos internos de otros países con la manifiesta intención buenista de evitar los golpes de Estado y asegurar que reine la democracia, intervencionismo que en la práctica lo único que logra es favorecer a las dictaduras modernas que se cuidan muy bien de guardar las apariencias, mas no la sustancia, de democracia.

¿Aprenderemos las lecciones correctas?

ABOGADO

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