Columnistas 19/04/2017 - 12:03 a.m. miércoles 19 de abril de 2017

Fumarolas sobre el volcán Poás

 Las autoridades han pedido cerrar por un tiempo el mirador desde el que se observa su amplio cráter lleno de cenizas y material sulfuroso

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Modesto A. Tuñón F.
opinion@laestrella.com.pa

La tranquilidad de los costarricenses ha cesado; sobre todo de quienes viven cerca de la capital, San José, pues están en alerta. El volcán Poás, que sobresale entre más de 110 que, se dice, existen en este país vecino, se encuentra en una etapa de lanzamiento de inmensas columnas de humo. Las autoridades han pedido cerrar por un tiempo el mirador desde el que se observa su amplio cráter lleno de cenizas y material sulfuroso, admiración de los turistas.

La sensación de incomodidad de los josefinos aumenta, porque todavía no salen de los efectos de otro, el Turrialba que ruge desde hace tres años a alguna distancia, pero que deja a la planicie central en medio de ambos colosos. Todo el hollín, las repercusiones, y las materias que se desplazan por terrenos sembrados y cauces de ríos que nacen en sus respectivas laderas montañosas, constituyen desazón y peligro para las comunidades y ciudades vecinas.

Pero la actividad del Poás es más impresionante porque él constituye -gracias a su cercanía de la urbe capitalina- uno de los sitios más visitados y que mueve ese turismo que se sorprende con sus lagunas, las dimensiones de su gran olla humeante rodeada de una tupida vegetación y sinuosos senderos que llevan a apreciar sus aguas tranquilas en los pozos más pequeños, pero exuberantes.

Costa Rica está atravesada por un macizo que constituye una especie de espina dorsal y en ella se concentran docenas de estructuras volcánicas variadas; desde la elevación más tradicional, como el Arenal, hasta lagunas termales, como las existentes en el Barva, en las cumbres de Heredia o Rincón de la Vieja en Guanacaste, cerca de la frontera con Nicaragua, cuya fuerza, producto de humos y gases sulfurados, contribuye a la producción geotérmica.

Por mucho tiempo, los panameños, desconocedores de la realidad volcánica, viajaban allá para visitar el Irazú, la mayor cumbre con movimiento magmático y se maravillaban con sus agujeros llenos de acuosidad de apariencia verdosa por la acción de los minerales existentes en el interior. Luego habríamos de darnos cuenta de que no era ese el único y que, por lo menos, otros cinco a seis tenían algún tipo de actividad y suscitaban interés turístico.

Cuando retumbó el Arenal en el cantón de San Carlos y dejó ver sus venas rojizas permanentes, así como el espectáculo que ofrece en las noches con su penacho luminoso, las excursiones se encaminaron a este punto perdido y los campamentos y hoteles a su alrededor, mostraron su vistosidad.

Ahora, el Poás, también en Alajuela, pero alejado del anterior, cambió totalmente el enfoque y la curiosidad de quienes llegan para apreciarlo. Es una elevación de 2 mil 758 metros sobre el nivel del mar y con extensión de 5 mil 600 hectáreas donde nacen varias cuencas. El paisaje es acogedor por la cantidad de pequeños huertos agrícolas y terrazas llenas de los arbolitos de café, que pintan el ambiente con un verdor de múltiples tonos.

La naturaleza es pródiga; las hojas de las plantas se magnifican con un suelo rico en nutrientes. El lugareño ha aprovechado aquí estas características y además de la agricultura, se ofrecen diversos servicios de valor agregado como hospedaje, fondas y venta de productos confeccionados con jugos y pulpa de frutos como guayabas, fresas, cítricos y derivados de leche en dulces, melcochas y yogurt, entre otros.

Hace unos años recorrí con un grupo de compañeros de trabajo sus instalaciones establecidas para atender a quienes concurren a visitar, estudiar o trabajar en este gran espacio, que originó leyendas en épocas prehispánicas y actual baluarte nacional cuando descansa o también como ahora que despierta y lanza fumarolas que, quizá, celebran el 22 de abril, Día de la Tierra.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO

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