Columnistas 13/02/2018 - 12:00 a.m. martes 13 de febrero de 2018

‘Dios ha muerto'

‘[...] la frase no debe ser vista como una falta de fe o una no creencia en Dios (ateísmo) [...]'

Juan M. España
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Conocida frase del filósofo alemán Friedrich Nietzsche; sin embargo, poco comprendida tanto por ateos como por creyentes, de hecho no sorprendería que con solo leer el título le saltaran las alarmas a algunos fervientes devotos. La frase aparece en la ‘Gaya Ciencia' y en ‘Así habló Zaratustra', aunque no es la primera vez que alguien hace uso de ella, en su tratado ‘Fe y Saber', G. W. F. Hegel la utiliza con un sentido distinto.

En el número 125 de la ‘Gaya Ciencia' Nietzsche escribe, ‘¡Dios ha muerto!, ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!'. Por supuesto Nietzsche se refiere al Dios cristiano, más aquí se revela algo más, como apunta acertadamente el filósofo Martin Heidegger, pues ‘Dios' es el nombre con el que se designa el ámbito del universo suprasensible. La muerte de Dios implica la desaparición de ese universo suprasensible, el cual, desde Platón y pasando por el cristianismo, era visto como el mundo verdadero, mientras que el universo de lo sensible es cambiante, ilusorio y por ello, irreal.

Lo que Nietzsche nos dice es que el mundo suprasensible ha perdido su fuerza efectiva. Mas, esto no parece tratarse de algo por lo que haya que alegrarse; pues, si es cierto que el universo suprasensible ha perdido esa fuerza para construir, ‘ya no queda nada a lo que el hombre pueda atenerse y por lo que pueda guiarse', señala Heidegger, después de todo, ha sido nuestra guía por dos mil años y perder algo así suena más a cuento de terror, ¿estamos a la deriva?

Cabe resaltar que la frase no debe ser vista como una falta de fe o una no creencia en Dios (ateísmo), una reducción de su sentido que a mi parecer se da principalmente dentro de los círculos cristianos (no por nada han aparecido dos películas cristianas en Estados Unidos cuyo título proclama lo contrario, ‘Dios no está muerto').

Volviendo al tema, a partir del siglo XVIII van a surgir reemplazos para la autoridad de Dios, el cual es reemplazado por la razón. La huida hacia el Reino de Dios es sustituida por el progreso histórico o la felicidad eterna en la otra vida por la dicha terrenal en esta vida (esto es especialmente evidente en el comunismo que proclamaba Karl Marx). Y luego llegó el siglo XX para darnos suficientes pruebas para hacer añicos este novedoso sustento racional y material (los horrores del nazismo, del propio capitalismo, neocolonialismo, los regímenes comunistas, etc.).

Incluso en el París de la primera parte del siglo XVIII, en donde la razón y la ciencia se sentían triunfantes, irónicamente será también un periodo en el que vagaron muchas personas irracionales (nigromantes, magos, místicos, etc.), recuerda el historiador Isaiah Berlin.

El caso es que ante los excesos de la razón (tras la Revolución francesa) y una Iglesia en decadencia (la obra de teatro de Oskar Panizza, ‘El concilio de amor', es una atrevida crítica de esta decadencia); ¿qué nos queda?, ¿hemos quedado desamparados?

Esta no es una cuestión que aparece por primera vez con Nietzsche, ya desde finales del siglo XVIII era algo que ocupaba el pensamiento y obra de muchos autores, como ejemplo puedo mencionar ‘La Cristiandad o Europa' de Novalis. Una posible respuesta nos llega de la mano de Friedrich Schiller, quien pensó en emplear las artes como último terreno de significación; sin embargo, las Vanguardias del siglo XX parecen haber estancado esta posibilidad. Quizás la pregunta debería ser reformada: ¿aún necesitamos del ámbito místico para dotar de sentido a nuestras vidas?

Ya sea a través del cristianismo u otra religión, de un misticismo secularizado (el Imperio de la Razón) o quizás el misticismo materialista (comunismo), o, de repente, debemos contentarnos con la breve alegría que nos da el consumismo desenfrenado (con sus azúcares, alcohol y drogas).

FILÓSOFO

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