Columnistas 13/09/2017 - 12:00 a.m. miércoles 13 de septiembre de 2017

Destrucción y reconciliación

Igualmente aplican a las relaciones entre seres humanos en todas las etapas de nuestras vidas.

Mireya Lasso
opinion@laestrella.com.pa

Conocimos los efectos devastadores de recientes fenómenos naturales que desataron su fuerza sobre ciertas regiones del continente: un terremoto de gran intensidad frente a costas mexicanas y un huracán con furia inaudita causando destrucción y muerte en el Caribe y en el estado de Florida. Parecía que la naturaleza se rebelaba contra el irrespeto y abuso del hombre.

Contrastando con esas tragedias, la visita del papa Francisco a Colombia nos trajo mensajes de esperanza y admonición que insisten en la importancia del amor para alcanzar la paz y reconciliación en mundos convulsionados por injusticias y desigualdades. Desde Bogotá hasta Cartagena, pasando por Villavicencio y Medellín, el pueblo colombiano —y todos los americanos— escuchamos las palabras de reconciliación y de paz que le dan un fundamento espiritual y ético al proceso de pacificación colombiano. Igualmente aplican a las relaciones entre seres humanos en todas las etapas de nuestras vidas.

Fueron mensajes de reconciliación dirigida a sanar heridas y a ayudar al país a ‘salir adelante'. Se inició con palabras destinadas a la juventud colombiana —y del mundo— exhortándola a que ‘no se dejen robar la alegría' porque ese es el estado de ánimo natural de felicidad e inocencia a esa edad. Que nadie les robe la esperanza ni los engañen. Pero también pidió a los jóvenes atreverse a soñar en grande y los exhortó, como lo hizo en la JMJ hace cuatro años en Río, a no quedarse ‘balconeando' y a hacer ruido y lío.

Igualmente poderosos fueron los actos concretos de reconciliación en Villavicencio cuando representantes de millones de víctimas y de victimarios, incluyendo guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y agentes del Estado, que durante más de medio siglo sumieron al país en la violencia y odio, testimoniaron ante Francisco su franco deseo de poner fin al odio y al rencor causado por los actos de crueldad desgarradora y por los sufrimientos infligidos a hogares inocentes. Francisco asegura que es necesario conocer la verdad sobre lo ocurrido —a menores de edad, parientes desaparecidos, mujeres víctimas de violencia y de abusos— para poder construir una paz basada en la justicia y en la misericordia. No se puede perdonar o sancionar lo que no se conoce.

También se refirió el papa a la desigualdad y a la pobreza. Con la característica humildad que lo define, quiso visitar sectores humildes, como el barrio de San Francisco en Cartagena, y pidió compartir sus alimentos en la humilde casa de Lorenza Pérez que, con ayuda de otros samaritanos, sirve de restaurante para alimentar gratuitamente a niños de escasos recursos.

Fuertes fueron sus palabras contra la corrupción y el confort de algunos sacerdotes católicos. ‘El diablo entra por el bolsillo' es la advertencia de Francisco contra la corrupción, la prostitución, la trata de personas, los abusos contra los recursos naturales, la falta de oportunidades para los pobres y humildes. Y a los sacerdotes católicos les advierte que la iglesia no es una aduana que controla y escoge la entrada de fieles, sino por el contrario, debe ‘zarandearse' por el Espíritu, dejando sus comodidades y apegos, como lo hizo Jesús con los doctores de la iglesia.

Innegable es el carisma que irradia Francisco. Su humildad y sinceridad lo hacen un verdadero líder para la Iglesia católica, para el mundo y para los colombianos. Y los panameños no podemos hacernos de oídos sordos como si nada de su espiritualidad y filosofía nos fuera aplicable. Aquí lo tendremos en enero de 2019, Dios mediante: ¿seremos mejores entonces de lo que somos hoy? Como nos dice él: ‘Siempre hay que dar el primer paso'.

EXDIPUTADA

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