Columnistas 09/10/2018 - 12:01 a.m. martes 9 de octubre de 2018

La derogatoria de la reforma educativa. ¿Victoria pírrica?

No hubo en ningún momento represión alguna contra las educadores, como sí la hubo en 1965 tres años antes del golpe de Estado de 1968.

Aristides Royo
opinion@laestrella.com.pa

Hoy, se cumplen treinta y nueve años de la fecha en la que muchos educadores y pueblo en general se manifestaron pacíficamente en la ciudad de Panamá para exigir la derogatoria de la reforma educativa. Semanas más tarde comparecí ante la Asamblea Legislativa para proceder de conformidad con lo exigido. Se trató de una perogrullada jurídica, pues los huelguistas y quienes les apoyaban, exigieron que se derogara sin atender a las razones de que no había ley de reforma ni tampoco le correspondía al presidente de la República esa derogatoria. La fórmula correcta hubiese sido el anuncio de la cancelación del contenido de las reformas, pero a nadie le interesó el cumplimiento de las normas adecuadas, sino el efecto producido.

No hubo en ningún momento represión alguna contra las educadores, como sí la hubo en 1965 tres años antes del golpe de Estado de 1968. Tampoco se le suspendió el salario a los educadores y todos cobraron como si hubiesen trabajado puntualmente durante los casi dos meses que duró la huelga.

El clamor acerca del comunismo de la reforma fue uno de esos mitos que echados a rodar sembraron raíces. Se adujeron argumentos distorsionados, tales como la privación de la patria potestad de los padres, debido a la creación de los ciclos básicos en el campo, que sin embargo fueron financiados por la Agencia Internacional de Desarrollo del Gobierno de Estados Unidos y contaban con el patrocinio académico de la Unesco. Hoy, esos ciclos que efectivamente concentran a los alumnos que viven en caseríos dispersos en la geografía latinoamericana y que remedian la anomalía consistente en la presencia de un solo maestro para varios grados, desarrollan sus funciones en muchos países de nuestro hemisferio. Se oyeron las voces de reconocidos educadores cuando dijeron ex cátedra que con esos ciclos en el campo no surgirían más Arnulfos ni Harmodios Arias, con lo cual ignoraron que los graduados en esos ciclos podían terminar el bachillerato y estudiar diversas carreras en nuestras universidades.

El movimiento fue inspirado en la salvaguarda de la educación para que no se convirtiese en fomentadora de la lucha de clases y en efecto los planteamientos de la reforma eran laicos y científicos. Nadie quería escuchar nada a favor de las reformas, tal fue el cúmulo de acusaciones y cuando le reproché a un amigo cercano que hubiese ido a la manifestación, numerosísima por cierto, me contestó que no quería que sus hijos fuesen educados en el comunismo. Los más prestigiosos educadores de ese momento se pronunciaron en el sentido de que la reforma no era comunista. Fueron Francisco Céspedes, reconocido internacionalmente como gran especialista en educación; Rafael Moscote, exrector del Instituto Nacional y catedrático universitario; Heszel Klepfisz, director del Instituto Alberto Einstein; Vicente Bayard, director del Instituto Justo Arosemena y Carlos María Ariz, rector de la Universidad Santa María la Antigua. A este gran sacerdote esa afirmación le costó ser removido de su rectoría y ser trasladado a Colón, donde fue privado de lo que más le apasionaba que era la educación universitaria.

Fue sin duda una gran victoria, desde luego apoyada por los dirigentes que luego, cuando ocuparon altos cargos relacionados con la educación, no hicieron nada por reformar un sistema que era y sigue siendo obsoleto y digno de ser actualizado. Fue también una gran victoria para los políticos, los que cuando la lucha era salarial, se acercaron a los educadores huelguistas para decirles que si deseaban triunfar acusasen a la reforma educativa de comunista, pues con todas las sospechas que esos mismos políticos habían hecho generar, era fácil que esas acusaciones prosperasen, lo que efectivamente ocurrió con la cancelación que nunca debió llamarse derogatoria.

La moraleja de este cuento amargo es que han pasado 39 años desde la exitosa manifestación y salvo las mejoras salariales que no se pueden desconocer, nada o muy poco se ha hecho para que los estudiantes panameños gocen de una mejor formación y se preparen adecuadamente para el desarrollo de nuestro país. Estoy seguro de que no lo dirán en público, pero muchas personas que en 1979 denostaban las reformas, porque creían que era una amenaza para la idiosincrasia de los panameños, han reconocido que no tenían razón y afirmado que desde aquellos intentos de avanzar frustrados por el desconocimiento y las pasiones políticas, no se ve la luz del otro lado del túnel. Fue entonces una victoria sí, pero una victoria pírrica, porque de esa derogatoria no han salido ni los nuevos educadores orgullosos de ser útiles a la sociedad ni los nuevos alumnos capaces de alcanzar altas cotas de progreso en su educación.

EL AUTOR ES ABOGADO, EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y DIRECTOR DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA.

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