Columnistas 13/05/2018 - 12:00 a.m. domingo 13 de mayo de 2018

Crímenes de una dictadura

La obsesión de Ortega y de la primera dama por el control del poder, de los negocios y de la comunicación pública nicaragüense

Harry Castro Zachrisson
opinion@laestrella.com.pa

Soy un implacable impugnador del autócrata nicaragüense de Daniel Ortega y de su pareja Rosario Murillo y un emocionado defensor de los valientes estudiantes y el pobre pueblo nicaragüense, convertidos en los portavoces del rechazo, que han tenido que soportar el catálogo de perversiones; de asesinatos, detenciones y una serie interminable de troperías, cometidas por el siniestro aparato terrorista de Estado de este régimen; compuesto por estos dos abominables personajes y allegados más próximos.

La obsesión de Ortega y de la primera dama por el control del poder, de los negocios y de la comunicación pública nicaragüense ha llegado ya a límites insostenibles. Los grandes negocios y prebendas de él, su mujer y su familia y la edificación de un sistema judicial y electoral subordinados a sus designios, rebasó los límites del aguante ciudadano.

Estamos frente al mismo modelo populista de Maduro y Cilia, de Néstor y Cristina Kirchner, de Fidel y Raúl Castro, aclamados por falsas multitudes, que repiten que son los líderes que la patria necesita. Esta casta de dirigentes encismados con el culto a la celebridad, la metáfora del superhéroe, el drama antiimperialista como clave de la lucha política; con la finalidad de obtener legitimidad, ya no gozan de simpatía y credibilidad.

Hoy, el pueblo nica llegó al hartazgo, fastidiado por la cantidad de mensajes y falsedades que contrastan con sus miserables realidades cotidianas.

La ‘Revolución sandinista' es un ‘leitmotiv' de estos Gobiernos populistas que estuvieron en boga toda esta década y que empiezan, ante su evidente fracaso, a desaparecer por traicionar el mandato histórico para el cual surgieron. La izquierda está de capa caída, lo está la Revolución Bolivariana de Chávez, la peronista de los Kirchner, la indígena de Evo, la revolución ciudadana de Correa; la mentira, la moneda cada vez más legítima de estos regímenes, el nombre de una impostura oficial.

Resulta ser que este Daniel Ortega Saavedra, que se la pasó repitiendo que ‘El Pueblo Manda', es propietario de todo un mix de medios como Canal 4, ‘El canal de la dignidad Sandinista', Canal 8, Canal 13, Radio 580, Radio Nicaragua (estatal) y decena de radios locales perteneciente al emporio económico de la familia gobernante.

Ya no hay salida honrosa para Ortega, quien hoy encarna otra tensión histórica: una nueva era de violencia política en Nicaragua. Ortega no fue un caudillo que orientó a su país hacia un futuro de bienestar social y política, sino presidió una era anárquica, penuria económica y ahora violencia.

Su discurso antiimperialista, lema de su militancia, quedó desgastado; igual su caudillismo, de herencia colonial. Ahora las multitudes desean derrocarlo y enjuiciarlo por los recientes asesinatos atroces perpetrados por las fuerzas policivas. Como si lo anterior no bastara, las reformas de las pensiones, que desataron las protestas estudiantiles, que no han podido neutralizar ni con las cobardes balas asesinas, presagian el fin de la Nicaragua sandinista.

Hoy veo en su rostro sombrío, un Ortega vencido, escondiendo una enfermedad que lo aqueja y oculta, para no confesar su debilidad ni reconocer su mortalidad. Su pueblo no tendrá piedad hacia él si intenta permanecer en el poder y abandonar su pasado, sin asumirlo plenamente. Tuvo en sus manos un sueño y lo impugnó; venció la dictadura de Somoza y puede que venza su enfermedad, pero el pueblo lo vencerá a él. Ese héroe de grandes batallas sandinistas, no terminará en el panteón de los héroes, sino en una fosa común, juzgado por la historia como otro asesino que masacró a su pueblo.

¡Pobre la hermana República de Nicaragua, que vuelve a padecer otra tiranía! ¡Ojalá no cueste años de sangre!

ABOGADO

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