Columnistas 18/05/2017 - 12:02 a.m. jueves 18 de mayo de 2017

Corrupción: idiosincrasia y estado mental

Solo como ejemplo, el fenómeno poco estudiado de la confluencia del negro antillano en la panameñidad es de reciente data.

Ebrahim Asvat
opinion@laestrella.com.pa

El tema de la corrupción política se ha sostenido en los espacios públicos por casi ya tres años y nada parece indicar su virtual desaparición. Si la vida política del país será distinta luego de esta catarsis nacional, tengo mis serias dudas. Yo tengo mis propias apreciaciones y puedo inferir que el tema es de interés de algunos y no de muchos. Pues a la hora de gozar de las mieles del poder, quienes están arriba no creen merecerse una medición con la misma vara que su adversario.

Veamos el intríngulis de todo este zaperoco. En los escándalos de corrupción siempre sale un tío, un sobrino, un hermano, un yerno, un nieto del ilustre ciudadano rector de las conductas humanas nacionales. El pretendido rector de la transparencia tiene en su propia familia manzanas podridas. Pero cuando de familia se trata, las condiciones cambian. A pesar del supuesto dolor, la familia se mantiene unida, los auxilios para evitar el peso de la ley, son una obligación de todos en el clan.

Podríamos de alguna forma reconocer que lo que la ética europea considera transparencia es producto de unos patrones culturales distintos a los nuestros. ¿No es acaso acusar a tres cuartas partes del mundo como poco transparentes una nueva forma de imperialismo europeo? Bien, pensemos, con el perdón de mi amiga Ana Elena Porras, como si fuéramos antropólogos. Los panameños no somos europeos. Ni priman sobre nosotros, al igual que los dominicanos, cubanos, puertorriqueños, nicaragüenses, hondureños, guatemaltecos, colombianos, los valores culturales europeos. En primer lugar, fuimos conquistados por españoles. Para estos, siguiendo los códigos de guerra árabe, todo lo que exista en los territorios conquistados es un botín. Hace años, cuando fui al sur de España y puede observar sus ciudades y monumentos, no pude desestimar la marcada influencia árabe en España. Está allí presente, a pesar de los quinientos años de negación continúa. Los españoles llegaron a las Américas con los mismos códigos de conquista que los árabes. El botín es la plusvalía de la guerra. Todo pertenece al conquistador, inclusive mujeres y niños. Pero este fenómeno no es aislado. En los grupos indígenas, como los negros traídos forzosamente de África, no existía el concepto de la propiedad privada. Cada quien toma lo que quiere de la naturaleza o de lo que encuentra por allí. Nuestra América y nuestro Panamá han vivido y siguen viviendo un proceso de transculturización donde todos los grupos sociales y étnicos vivimos una relación simbiótica de conductas, tradiciones, vivencias y lenguaje que se van intermezclando, somos un producto de esa mezcolanza.

Solo como ejemplo, el fenómeno poco estudiado de la confluencia del negro antillano en la panameñidad es de reciente data.

Recuerdo en mis años mozos las calles y barrios donde se hablaba inglés. Todos los grupos humanos recogemos de otros y en un verdadero ‘batido', como explaya ‘La Cáscara', sale un ser distinto que no es ni europeo ni africano ni indígena, sino una mezcolanza de los tres y quizá un poco de chino también. La panameñidad es dinámica y va recogiendo entre todos y conformando una esencia nacional. Desde esta perspectiva debemos estudiar la racionalidad de lo público y de lo privado, así como de lo propio y lo ajeno en la psiquis nacional.

La corrupción política en Panamá viene de las familias tradicionales y con la apertura de los espacios de poder a otros grupos, estos últimos también han aprendido a gozar lo que denominamos ‘las mieles del poder'. Existe en Panamá un reparto de la corrupción, pues el país-político se ha ido abriendo en la participación de la vida política a otros grupos anteriormente excluidos. Entre todos han aceptado la pecaminosa conducta de gozar de las mieles del poder.

¡Cómo combatir esta lacra! Es extremadamente difícil, pues está sumamente arraigada en los comportamientos humanos. Algunos países han querido sanear la corrupción con leyes draconianas o regímenes totalitarios. Los países comunistas y Singapur han sido un ejemplo de ello. Pero al derrumbarse el comunismo floreció en esos mismos países la corrupción galopante y la mafiocracia. Quién sabe si la alternancia en el poder en Singapur, algo no vivido, resucite las viejas prácticas.

Un proyecto de transparencia toma muchos años. Por algún lado debemos empezar, pero, si los hábitos y la conducta de los ciudadanos no cambian, es difícil lograrlo. En Panamá, nadie niega participar de un negocio, aun cuando el promotor revele que la concesión, el contrato, la licitación lo tiene asegurado por su relación con el poder político. Tanto tirios como troyanos no hacen una evaluación ética de la transacción o negocio. En un mundo de este estilo, es muy difícil combatir la corrupción, porque, inclusive esos rectores de la conducta de los ciudadanos, tampoco lo ven mal cuando les toca su turno.

ABOGADO

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