Columnistas 15/04/2017 - 12:03 a.m. sábado 15 de abril de 2017

El controversial Incidente de la Tajada de Sandía

La historia de Panamá hacia la segunda mitad del siglo XIX exhibe altibajos económicos, inestabilidad política y cambios socioculturales 

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Vilma Chiriboga
opinion@laestrella.com.pa

La historia de Panamá hacia la segunda mitad del siglo XIX exhibe altibajos económicos, inestabilidad política y cambios socioculturales progresivos que tienen —principalmente— como escenarios los límites del corredor transístmico. La reinserción de la zona de tránsito en la economía capitalista mundial, con la construcción del ferrocarril, propicia la llegada de nuevas inmigraciones sobre todo procedentes de los Estados Unidos. Son inmigraciones que están de paso por Panamá con motivo de la Fiebre del Oro de California y cuyos grupos tuvieron códigos culturales diferentes a los istmeños. Estos últimos, en términos generales, parecían alcanzar, hacia mediados del siglo XIX, una identidad definida, a partir de las raíces hispánicas, heredadas y continuadas con la unión a la República de Colombia.

La concepción de superioridad internalizada por parte de los blancos estadounidenses y las prácticas religiosas católicas de los istmeños, fueron algunos de los aspectos causantes de choques. El estadounidense Robert Tomes relató el incidente provocado por unos compatriotas suyos al entrar a un templo de la ciudad montados en caballos, sin el menor reparo. Acciones como estas reafirmaron en la mentalidad de los istmeños el recelo ante los extranjeros, el cual llegó a su máxima expresión el 15 de abril de 1856, cuando ocurre el Incidente de la Tajada de Sandía. El periódico Star & Herald tituló la noticia del hecho como El Encuentro Fatal del Martes en la Tarde , hecho ocurrido a las seis en las proximidades de la terminal de la Estación del Ferrocarril, área jurídicamente perteneciente al barrio de Santa Ana. El enfrentamiento se dio entre residentes y los pasajeros del Illinois. Las versiones sobre cómo inició el conflicto difieren. Para algunos fue el estadounidense Jack Olivier, quien, al negarse a pagar una tajada de sandía, pretendió resolver la situación sacando un revólver y otros señalan a José Manuel Luna, pues amenazó con un cuchillo al estadounidense por no pagarle la tajada de sandía.

Lo cierto es que, pasados unos minutos del incidente, una multitud procedente de la Ciénaga, Playa Prieta y de otros sectores del Arrabal Santanero armada de cuchillos, machetes y revólveres fue en búsqueda del estadounidense, el cual se encontraba en la sala del Bar del Ocean Hotel participando de una fiesta. En pocos momentos el Ocean Hotel fue afectado, además de otros lugares donde se encontraban alojados pasajeros. Entre ellos el Pacific House, el depósito del ferrocarril, la tienda de Mr. McAllaster y la Oficina de la Compañía del Ferrocarril. Esta última fue rayada, todos los libros, papeles, muebles destruidos y los cables telegráficos cortados para impedir la comunicación con Aspinwall (Colón). El resultado, según lo reportado por el Star & Herald , fue 14 muertos extranjeros y tres nativos. Alrededor de las 10 p. m. los pasajeros se embarcaron, algunos disturbios ocurrieron en el área.

Una vez finalizados los disturbios se inicia la batalla diplomática entre Estados Unidos y la Nueva Granada. Al respecto el periódico El Centinela en 1858 publicó el artículo ‘La Cuestión Istmeña', de Jil Golunge, a través del cual él expresó que a ‘los Estados Unidos debe bastarles que la Nueva Granada reconozca la obligación de pagar por los daños i perjuicios por el suceso del 15 de abril i nada más i esto porque el Congreso de la Nueva Granada autorizó al Poder Ejecutivo para transar de ese modo la controversia'. Él sostenía que la Nueva Granada no estaba obligada a cumplir con el artículo 7 del Convenio Herrán-Cass, porque menoscaba la soberanía. A través del artículo 7, los Estados Unidos le exigía a la Nueva Granada cien acres de terreno para el depósito de carbón o estación naval en una de las islas de la Bahía de Panamá. Los planteamientos de Jil Golunge coincidieron con los del gobernador de Panamá, el señor Calvo, quien —en el periódico El Tiempo— escribió que conceder terreno para el depósito de carbón ‘no sería sino el caballo de Troya introducido a nuestro campo por nuestras propias manos'. Palabras sabías que fueron obviadas por los ‘fundadores de la República de Panamá'.

PROFESORA DE LA UNIVERSIDAD DE PANAMÁ.

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