Columnistas 18/01/2018 - 12:01 a.m. jueves 18 de enero de 2018

Continúa la historia del 9 de Enero

‘No los hemos olvidado, ellos dejaron sus huellas y los demás han hecho su valoración y una indeleble evaluación [...]'

Lucrecia Herrera
opinion@laestrella.com.pa

Ese fatídico día llegué a mi casa a las 4:00 de la tarde. Mi vecina Florencia Zapata, profesora que trabajaba en el Ministerio de Educación, me informó la tragedia que estaba ocurriendo en la ciudad con los gringos. Comencé a llamar por teléfono a quienes pude llamar, pero no era posible hacer nada. Las horas corrían y la situación era más caliente. Esa noche no dormimos. Había comunicación por radio y televisión, nuestros periodistas estaban prestos a todos los exabruptos que cometían los vecinos de la Zona del Canal.

Llegó el 10 de enero, los estudiantes caían y el Hospital Santo Tomás ya estaba lleno de heridos. Las presiones al presidente Roberto F. Chiari, aumentaban para que se rompiera con los Estados Unidos. El pueblo encolerizado unió fuerzas para apoyar a su presidente. Todo se movía en Panamá frente a la potencia más grande del mundo. Llegó el momento de romper relaciones con Estados Unidos. La decisión la tomó el presidente Roberto F. Chiari, apoyado por su Gobierno y todo el pueblo panameño. Era una sola voz: ‘Vamos Panamá', ‘Estudiantes, ustedes no están solos'.

Ya teníamos noticias del primer caído en la lucha patriótica ‘Ascanio Arosemena', de la Escuela Profesional Isabel Herrera De Obaldía.

Otros hospitales continuaron recibiendo heridos. Yo era directora de la Escuela Puerto Rico y la Zona Escolar la formaban directores como: Gilma Robles De León de la Escuela Dr. Belisario Porras de San Francisco, Manuela de Núñez de la Escuela María Ossa de Amador y otro grupo de directores que decidimos reunirnos en la Escuela República de Haití en Parque Lefevre. Era solo una voz de los directores. ‘Apoyo irrestricto al presidente y a los estudiantes'.

En plena reunión, me informaron de la muerte de mi vecino Ricardo Murgas Villamonte, que preparaba su boda, muerto en la plaza 5 de Mayo. En la noche, ya Colón estaba encendido y, como un solo puño, unido con Panamá. José del Cid, mi exalumno de la Escuela de Portobelo, fue uno de los primeros en caer. ¡Pobrecito!

El presidente Roberto F. Chiari, ya estaba moviendo todos los hilos telefónicos en los Estados Unidos y conformando su equipo para que llevara en sus manos la sangre panameña derramada por los zonians en Panamá. Pasaron los días de impotencia, de dolor y llanto de lucha con piedra, y el pueblo se recogió en sus hogares a programarse, porque el dolor no había pasado, venía la parte más dura de la lucha. Programar el gran sepelio de despedida de tantos jóvenes patriotas panameños, valerosos, que, con banderas y piedras, creyeron conmover a los adversarios. Ellos sabían que las armas panameñas estaban encuarteladas.

Llegó el día señalado para despedir a nuestros mártires. Parte del pueblo se dirigió al parque Catedral, frente a la iglesia, no cabía el clásico alfiler, pero allí estábamos, pisándonos los zapatos por falta de espacio. Llegó el señor presidente, a quien se le reflejaba una profunda tristeza, con un pañuelo en sus manos, vestido de duelo, como si algo de su vida le habían arrancado.

Después de la misa oficiada por varios sacerdotes, con la presencia de las altas autoridades del país, partió el acto más doloroso y triste que se ha visto en Panamá. Salimos caminando paso a paso, siguiendo a nuestro líder, el presidente liberal coclesano, Roberto F. Chiari, por toda la vía, dejando nuestras lágrimas sin musitar, ningún comentario ni reproche. Así seguimos con aplausos que nos regalaban nuestros panameños que también lloraban a lo largo de la vía hasta llegar al final del Jardín de Paz, en Parque Lefevre, donde, después de un pequeño acto, sembramos a nuestros mártires.

No los hemos olvidado, ellos dejaron sus huellas y los demás han hecho su valoración y una indeleble evaluación que se guarda en un cofre de diamantes para la eternidad.

DOCENTE Y PERIODISTA.

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