Columnistas 11/08/2017 - 12:01 a.m. viernes 11 de agosto de 2017

Consumación

Nada de esto compensa, para sostener un enlace afín con la evolución humana. 

Carlos Augusto Herrera
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Este 26 de agosto próximo se cumplirá un año de aquella imprevista partida de Carlos Augusto Herrera Guardia, hacia ese mundo infinito para descarnar su alma. Todos seguiremos la ruta sin excepción, para cumplir con la renovación de nuestra especie. Este es un viaje sin nada previsto, que el destino en su evolución programa desde ese momento entre nacer y morir. Este particular asunto final, es racionalmente contrapuesto, si es el padre el que entierra a su propio hijo, aunque se diga que la vida es finita e individual. Nada de esto compensa, para sostener un enlace afín con la evolución humana. Es este deceso el que nos atrapó de repente para transportarnos por esa vía de dolor hacia la atrasada muerte en vida, ocurrida en ese mismo momento en que fue expuesta la noticia aquel sábado en la tarde.

El día 19 de julio de 1968 en Chitré, Carlos Augusto Herrera Guardia se constituyó en persona, para crecer ingenuo y carismático en ese mágico lugar con una franca existencia, hasta alcanzar su formación integral como un hombre de bien. Convenimos en que llegó a este mundo con inadvertida brevedad, para dejar a su paso una estela de enseñanza que, por la sencillez, costará imitar con ese mismo acierto meridiano, pero para colocarlo en un altísimo pedestal y luego graduarlo como padre íntegro, quien, con especial candor, se propuso ofrecer y dar ese calor filial, casi irracional, a sus pequeños hijos, a pesar de las limitaciones materiales, pero nada de esto fue retribuido por la contraparte en su fraccionada relación, a la que por cierto debió enfrentar con mayor denuedo, ante el ataque intransigente, hasta sucumbir frente a una despiadada fomentación del odio con su virulento ensañamiento atípico, pero que se extendió mediante la execración propia de la inconsciencia materializada.

Nosotros seguimos sumergidos en el desconcierto por tanta crueldad en las embestidas, y ahogados en este agudo pesar impuesto a través de una impávida actuación belicosa, que fue exportada con saña desde otros planos infamantes y desconocidos, en esa bifurcación de los caminos inciertos, a lo que debemos agregar este ramalazo intenso, cáustico, lacerante, mientras, entre los atisbos, tratamos de salir del círculo de la materialización, reforzados con la estimación particular de lo que ha pasado y sostenido con esa atizada negación y resistencia que no se atenúa, para permitir que estos recuerdos los podamos elevar al plano de la idealización. Esta es una tenaz lucha interna dentro de la coherencia, con un gran esfuerzo en transcurso, dentro del supuesto nivel de otra realidad con la que negamos la expiración, a pesar de su completa identificación, autopsia, la entrega de los restos, la breve velación y ese doloroso proceso de cremación, más el depósito de las cenizas en una cripta, aparte de nuestra liturgia religiosa cumplida con una puntualidad cronométrica.

Es una titánica lucha librada en esta extrema batalla moral por los apegos, sobre la aceptación evidente de esta extinción de vida prematura y pregonada con antelación; de sostener que se nos desgarra el alma ante lo irreparable, pero lo peor de todo, es la instintiva esperanza irreal de que aparezca, y que regrese con su habitual sonrisa por esa misma puerta por la que se fue sin despedirse aquella tardecita, para que sigamos con la vida, aunque tengamos que enfrentar de nuevo el odio, traición, mentira, engaño y en especial, la corrupción rampante que oscurece la verdad y que tiñe los abanicados principios de lealtad y buena fe y otros, tergiversados para obnubilar y promover la mimetización de la moral y acicalar ese aparentar de la decencia que perviven en las criaturas sin conciencia.

El asunto fundamental es que los desalmados (a) no pueden advertir esa cadena de misterios, ante la indeleble cruzada sobre el bien y el mal con escenario aquí en la Tierra, para los que promueven el daño y se auxilien a menudo para lograr, en concierto, esas formas de destilar proyectos y los planes macabros para destruir hasta que les llegue la hora de morir, entonces, el siguiente plano es la continuación y momento de cosechar lo que se ha plantado.

¡Cuántas confusiones por lo inexplicable! Tantas contradicciones fomentadas por la ignorancia con que los demás tratan de justificar con fatuos consejos para afeitar la tragedia, pero con una sarta de petulante observaciones comparativas, si los sufrimientos son personalísimos, inexplicables, intransferibles, inacabables. Ahora sentimos este dolor intenso como ayer y lo será igual para mañana, porque este ramalazo será eterno, sin vaticinar un pronóstico. Te amamos hijo del alma. Nada estará consumado.

ABOGADO Y DOCENTE UNIVERSITARIO.

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