Columnistas 03/04/2016 - 12:01 a.m. domingo 3 de abril de 2016

La combatiente Dilma y el compañero Lula

Son protagonistas del caos que atraviesa esa nación, enfrentada en una polarización política donde colapsa el orden institucional

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Harry Castro Zachrisson
opinion@laestrella.com.pa

LULA DA SILVA, expresidente del Brasil y referente del sur y Dilma Rousseff, actual presidenta de ese país, son protagonistas del caos que atraviesa esa nación, enfrentada en una polarización política donde colapsa el orden institucional.

Lula fue conducido por instrucciones del juez Moro, quien imparte las decisiones del escándalo de corrupción ‘LAVA JATO ' y la acusación por lavado de dinero y ocultamiento de bienes. Mientras que contra la presidenta Rousseff pende una amenaza de un juicio político destituyente, impulsado por la oposición, acusándola ante la Cámara de Diputados por supuestas irregularidades cometidas por maquillar las cuentas públicas.

Las maniobras de Rousseff de impedir que su mentor termine entre las rejas y ella destituida, van desde convocatorias a manifestaciones, promesas de cargos y partidas presupuestarias para evitar fugas, hasta el nombramiento de Lula como ministro en la Casa Civil. Sin embargo, el juez CATTA PRETA suspendió el acto de designación, alegando que se intentaba otorgar a Lula fuero privilegiado para obstruir la justicia. Dirimirá esta controversia el Supremo Tribunal Federal.

Lula, ‘el hijo del Brasil ', un excluido social de poca escolaridad, proveniente de las tierras pobres del nordeste, cuya vida estuvo llena de sacrificios, alcanzó a ser un poderoso dirigente sindicalista; que surgió en el momento de enfrentar un poder militar gastado y contar con el apoyo de la sociedad. Se transformó de un anónimo operario, en un gran líder de masas, extraordinariamente carismático, capaz de promover la justicia social que Brasil necesitaba. Simbolizó el ‘milagro brasilero ' —mejorando la clase obrera nacional— en sus condiciones de trabajo y vida. En el 2002, tras su cuarto intento por alcanzar la Presidencia del Brasil, logra un salto histórico, la victoria, ganándole a José Serra.

Mientras, Rousseff, que se muestra con deliberada austeridad, es una mujer de historia propia y además, sufrida. La presidenta, una economista divorciada, guerrillera setentista, de armas tomar bajo la dictadura militar, fue encarcelada tres años y torturada durante meses en las mazmorras militares, incluyendo la ‘picana eléctrica '. Elegida presidenta en el 2010, luego de ocupar la Secretaría de Energía en el Gobierno de Lula.

Un examen crudo de la realidad de este país confirma que hay escasos motivos para el regocijo cívico; por el contrario, reina la angustia y la disconformidad. Brasil se encuentra sumido en una dolorosa y demoledora pugnacidad en la sociedad; que es la respuesta al hastió de una población que se hartó de las trampas y las mentiras oficiales, de la deshonestidad de la gestión, imposibles de ocultar, ante tantos escándalos contra una dirigencia cuya credibilidad trastabilla.

Hay un enojo e ira nacional que ha perforado la vida de la gente. Si bien, no se disparan armas, ya hay odio y desprecio; lo que apresura la agonía del PT y la desesperación y furia en el Palacio de Planalto, desde donde Rousseff intenta mantener un Gobierno moribundo. La muerte política de Lula y la débil posición de Rousseff, ya no representan esperanza, sino la derrota.

Este es el escenario de esta época obscena, cuando gran parte de un país no puede tolerar desde el Estado el patrocinio de la ilegalidad y donde resulta pernicioso avalar las transgresiones con argumentos de solidaridad social, como pretendieron los principales dirigentes del PT, que son los poderosos protagonistas de esta derrota social.

Esta es la tragedia que atraviesa esa nación, donde un régimen coronó más de una década de una continuidad poderosa, imperturbable y llamativa jactándose de ser propietario de la pureza y poder incurrir en el incumplimiento de la ley.

Hoy, presenciamos un país atrapado en el discurso de una presidenta aislada, que pierde sus principales aliados, mientras vocifera ser injustamente derrocada; un Gobierno fallido que manipula cívicamente la ingenuidad popular y los agónicos sectores políticos.

Estamos presenciando la derrota de la agenda de ‘izquierda ' en el Brasil, que acabó en corrupción y exceso de poder; que sucumbió primero en Argentina con el kirchnerismo y no demora en caer en Venezuela, las desmesuras caribeñas del Socialismo Bolivariano. Son modelos que dolorosamente no produjeron desarrollo; y que, si mitigaron la pobreza, no se justifica la corrupción. Fue el empacho retórico que adormeció una parte de esa América Latina ingenua, que creyó en ese relato, mientras un poder rodeado de infinitas acusaciones, disfrazado de audacias transgresoras, barrió con los fondos estatales.

ABOGADO

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