Columnistas 10/08/2018 - 12:00 a.m. viernes 10 de agosto de 2018

Las capas del tiempo, de Griselda López

Nuestra mortalidad ha estado antecedida por una etapa gloriosa llamada vida, cuyo desarrollo ha tenido un contexto llamado tiempo

Julio Bermúdez Valdés
opinion@laestrella.com.pa

Nuestra mortalidad ha estado antecedida por una etapa gloriosa llamada vida, cuyo desarrollo ha tenido un contexto llamado tiempo: el tiempo aquel, nuestro tiempo, el tiempo que viene, la señora que mira desde el balcón su propia tragedia… el tiempo, una forma de aproximarse al acto mágico que comprueba que hemos sido, aunque el desvanecimiento tenga más posibilidad que la palabra, o el gesto, o el ser o el haber sido con todas nuestras fuerzas: trabajar, amar, resistir, construir, enarbolar la mirada y encerrarla en nuestras pasiones. Cada una es un momento, algunos comienzan y terminan y otros se pierden en las coordenadas, pero han sido, son… vivencias que han dado contenido a la estela que dejamos en el camino.

Griselda López las llama Las capas del tiempo , una especie de confesión y compromiso, una bella forma de terquedad, porque de ninguna manera, llegado el momento, nadie puede omitir las percepciones que deja ese recorrido, la impronta que somete, la huella feliz que nos persigue, porque es paso y construcción, que habiendo sido, solo reserva su existencia en las profundas cavidades del alma, y llega el momento de contarlas.

Griselda nos premia con una cosmovisión de momentos sencillos, que idos trae al presente; de esos que hacen de la existencia un cordón infinito que da contenido a la vida, saturada sí, pero sin sucumbir, que puede aterrar, pero no hasta la muerte. He aquí su Nocturno a Chopin, refugio y defensa, tabla salvadora, y permanencia de una de esas capas que ejemplifica la negación que salva lo bello de lo atroz, o donde una época aplasta a la otra, y tienes que asistir conmovido a la forma como una nota displicente se empeña en destrozar el poema egregio del polaco insigne.

Hay en la obra de nuestra Griselda una suma interesante de ladrillos, tan simples como profundos, una especie de mensajes reclamando más y más vida, más y más caminos… indicando que lo que las capas del tiempo quieren, anhelan, desean, piden a gritos, son esos momentos de los que está edificada la existencia, porque sin ellos no hay nada y al final, sin ellos no hubiera inventario de lo que fuimos o lo que pudimos ser.

Inmersa en la dialéctica de la vida, nuestra autora asiste serena, pero firme a una preocupación docente sobre lo que puede venir y, como quien lamenta sin rendirse que el aula dé visos de suicida se monta en la advertencia a los relevos, y pregunta: ¿conocen a Pedro Rivera? ¿Han leído a Changmarín? Ahí se los dejo, —parece decir— para que aprendan a amar de verdad…

Lo que me parece es que aunque alguien pueda definirla pragmáticamente como la ruta a lo que ya no será, la obra de Griselda López es en realidad un camino a lo que trasciende, a lo que queda y continua, a lo que importa, precisamente porque aunque capas, el tiempo es perpetuo, un miserable enemigo que sigue sin admitir que sin la vida solo sería roca y polvo, soledad impávida e inescrutable, porque su existencia se la debe toda a las capas que Griselda desnuda en cada relato que conforma su libro.

Gracias Grise, gracias.

PERIODISTA

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