Columnistas 13/03/2018 - 12:00 a.m. martes 13 de marzo de 2018

El canto del cisne rey (III)

Lo digo porque cuando la hierba estaba a punto de arder pocos pensaban que la distensión sería posible

Julio Bermúdez Valdés
opinion@laestrella.com.pa

Como un alivio para la humanidad debe mirarse el anunciado encuentro entre los presidentes de EE.UU. y Corea del Norte, Donald Trump y Kim Jon Un, respectivamente. Entre los cohetes con cabezas nucleares y la palabra hay un abismo tan importante como millones de vidas.

Lo digo porque cuando la hierba estaba a punto de arder pocos pensaban que la distensión sería posible, pero, si nada contrario sucede, en mayo venidero estos altos dignatarios de peinados característicos estarán sentados en la misma mesa. Un ejemplo que, con escenarios distintos, debería tocar las costas panameñas, porque no acabo de entender el lenguaje agresivo que se asoma en el Palacio de las Garzas.

En uno de mis artículos publicado por La Estrella de Panamá el 19 de diciembre de 2017: dije que: ‘… el presidente Juan Carlos Varela mandaba en el país sin contratiempos, al carecer de una oposición efectiva'.

No ha sido esa, sin embargo, la situación que se proyecta desde enero pasado ni por parte del mandatario ni por parte de la Asamblea Nacional, sobre todo después de que está última rechazó la propuesta presidencial para magistrados de la Corte Suprema. Algo ha cambiado.

Como en aquella ocasión, las pantallas de la televisión han presentado el pasado viernes a un mandatario amenazante, iracundo, dador de lecciones y mostrador de una autoridad de la que, si no me equivoco, nadie ha dudado hasta ahora. Claro, entre la autoridad y la imposición, hay kilómetros de distancia.

¿Qué le molesta al presidente? Al parecer ya no puede mandar sin contratiempos. La oposición no parece tan dócil como antes. Es un panorama que también podría estar compartiendo otro órgano del Estado, porque, aunque pocos lo han dicho en voz alta, la renuncia del magistrado José Ayú Prado a la presidencia de la Corte Suprema ha sido percibida como parte de ese disgusto presidencial que dejó el rechazo parlamentario a sus dos candidatas.

Sintomáticamente, después de los acontecimientos de enero, fue reactivada contra diputados y representantes una investigación iniciada hace dos años sobre fondos del Estado. Irónico, porque cada partida que utilizan diputados y representantes cuenta con el aval del Ejecutivo, la fiscalización de la Contraloría y el desembolso del Ministerio de Economía y Finanzas. La pregunta que sigue es: ¿en el proceso de uso de esos fondos hasta dónde llega la fiscalización de la Contraloría?

Lo curioso es que antes de que las autoridades competentes ratifiquen con evidencias el supuesto dolo, un entorno mediático de titulares y entrevistas televisadas, en cuyo centro figura el contralor Federico Humbert, se ha encargado de colocar el dogal en el cuello de parlamentarios y ediles. Algo así como: ‘Me los fusilan provisionalmente'. Al menos hasta cuando se sepa si son culpables o inocentes.

Fuentes allegadas a los representantes han hecho saber que Humbert envió al Ministerio Público cajas de expedientes sin antes entregarle a los supuestos involucrados los áuditos respectivos, por lo que tal documentación carece de descargos.

Si a la renuncia de Ayú Prado, y las acusaciones contra la Asamblea se suman las advertencias del presidente Juan Carlos Varela ‘a un grupito de diputados', creo que el ejemplo de Trump y Kim Jon Un no ha servido de nada. Que mientras allá parece apagarse el fuego de la intolerancia, aquí algo está por encenderse, sin que nadie pueda calcular las consecuencias.

Cierto, el Ejecutivo posee en sus manos muchas herramientas para dar lecciones, nadie lo duda; pero lo que ha hecho el mandatario ¿no es acaso una intromisión abierta en otro órgano del Estado? ¿No se podía percibir su advertencia como un preludio para cerrar la Asamblea? ¿Qué es lo que se puede hacer contra ‘un grupito de diputados'? Por alguna razón percibo similitudes entre estos hechos y el Perú de Alberto Fujimori.

Lo recomendable para ambas partes sería, como dijo el presidente, buscar puntos de consenso. Muy lamentable sería que ambos órganos quedaran inmersos en un combate donde, si bien las ventajas las posee el Ejecutivo, solo dejarían a los diputados la opción de aferrarse a la nueva mayoría que han presentado desde enero de este año.

PERIODISTA

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