Columnistas 12/02/2018 - 12:01 a.m. lunes 12 de febrero de 2018

En el 2018 seré cuentero para niños

Que no se hable más del asunto, ¡ya está decidido! La única mujer que me creyó todos mis cuentos y hasta se dormía del gusto recostada a mi lado recostada a mi lado

Julio César Caicedo Mendieta
opinion@laestrella.com.pa

Que no se hable más del asunto, ¡ya está decidido! La única mujer que me creyó todos mis cuentos y hasta se dormía del gusto recostada a mi lado respirando el humito de mi ‘cuecha' del habano partagás, antes de partir a la vida perdurable, me dijo: ‘Mijo, cómo me encanta escucharte'. Ahora, esa oración de una de las pedasieñas más lindas que haya pisado Capira, me ha salvado innumerables veces en reuniones atestadas de pela'itos saltones, pues los dejo aterrados con cuentos de brujas, duendes y diablos, al punto que los papás se quejan, ya que por semanas sus hijos quedan metiendo ajos debajo de sus almohadas. Pero hace falta un movimiento efectivo que provoque el interés en los niños por la historia panameña, además de los cuentos del chivato, una de las formas más fáciles sería narrarles en forma de cuentos sucesos históricos ocurridos en nuestro país.

Finalizando 2017, hemos asistido a cuatro graduaciones de jóvenes de La Pintada, en dos corregimientos distintos. En esas celebraciones notamos, además de la alegría, a muchos niños que repetían su asistencia en esos festejos de triunfo educativo, se explica porque acá todos son familia. Como cometí el error de contar cuentos en un rincón estratégico de la primera fiesta, el mismo grupito, con unidades nuevas, se acomodaba alrededor de mi taburete solicitando cuentos.

Llegó el momento en que se me agotaron los de tío conejo, tío tigre y de la tía zorra y tuve que recurrir a verdaderas historias, claro que dramatizando con mucha vehemencia. Les conté una historia inventada allí mismo de lo que había escuchado del misterio de la campana de la iglesia de Olá, ese cuento duró 12 piezas musicales (Los niños dejaban de ‘corrinchar' cada cuatro piezas y regresaban en fila por nuevos cuentos), me animé y entonces les conté parte de la gran lucha soberana del 9 de Enero de 1964, la dividí en ocho partes y, antes del final, unas señoras que repetían sus platos de carne asada con bollos, se acomodaron cerquita para escuchar, creo que por los ruidos de las balas que yo mismo disparaba y por los movimientos escondiéndome del ejercito gringo en el palacio legislativo.

Los pelaos de acá no aceptan repeticiones y están hartos de la tulivieja, de tío tigre y de tía zorra. ¿Y entonces? Como mi taburete seguía casi secuestrado por infantes, me atreví a contarles que, no muy lejos por allí en el pueblo de Ventorrillo del Copé, la neblina tampoco dejaba, como ahora, ver en las tardecitas a los caminos. Y a ese lugar llegaron el 2 de febrero de 1969 unos soldados buscando alzados en armas. Ya en otros lugares del país, como Piedra Candela, Quije y Olá habían muerto policías y rebeldes, como Dorita Moreno y otros estudiantes.

Esa tarde, en ninguno de los pueblos se habían dado cuenta de que batallones armados de la policía habían llegado a la montaña. Y entonces dos niñitos, un poquito más grandes que ustedes, de la familia Quiroz, fueron mandados por su mamá a comprar una botella de kerosén, como se quedaron jugando pelota, los sorprendió la noche y cuando regresaban de la tienda, vieron cómo subían jadeantes unos soldados armados, se asustaron y corrieron a ocultarse en el monte y fueron acribillados. Por ellos, por esos dos niños que murieron, están puestas las crucecitas de Ventorrillo en El Copé.

ESCRITOR COSTUMBRISTA.

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