Mundo 16/07/2017 - 12:07 a.m. domingo 16 de julio de 2017

El mundo multipolar se articula en chino

Ante un inminente nuevo orden mundial, el dominio norteamericano empieza a ceder frente a las potencias emergentes y en particular China, que disputa su supremacía

Las fuerzas armadas chinas oficialmente denominadas ‘Ejército Popular de Liberación', cuenta con 2.3 millones de personas en servicio activo y es el más grande del mundo. / Alex Hofford | EFE
Alex Hofford | EFE

Las fuerzas armadas chinas oficialmente denominadas ‘Ejército Popular de Liberación', cuenta con 2.3 millones de personas en servicio activo y es el más grande del mundo.

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Juan Alberto Cajar B.
juan.cajar@laestrella.com.pa

Aunque soviéticos y estadounidenses se alzaron vencedores tras la Segunda Guerra Mundial, fueron Estados Unidos y sus aliados quienes establecieron los marcos de un orden internacional cuya arquitectura política, cultural, diplomática y comercial se articuló en clave ‘anglosajona'.

No fue suficiente para la Unión Soviética igualarse en el plano militar; su caída y el subsecuente fin del reparto bipolar del mundo anunciaba, para las élites en Washington y Wall Street, el siglo XXI como el inicio del ‘Gran Siglo Americano', como pretendió vaticinar el ‘think tank' neoconservador The Project for a New American Century.

Hoy, el autoproclamado ‘excepcionalismo' de los Estados Unidos se desdibuja ante la transición a un orden multipolar. Sin todavía perder su condición de superpotencia, su decadencia avanza lentamente frente al ascenso de Rusia y China, siendo esta última nación la más desafiante, en lo económico y recientemente en lo militar.

EL AVANCE DEL DRAGÓN

Las fichas chinas tienen décadas de estarse moviéndo en el ‘Tercer Mundo', particularmente en Latinoamérica y África, continente que alberga desde el pasado 11 de julio la primera y única base militar de China fuera su territorio.

De acuerdo con el diario estatal chino ‘Global Times', citando fuentes del Ministerio de Defensa, los buques de China zarparon de la provincia de Cantón con personal militar hacia Yibuti, país ubicado en el cuerno de África, punto estratégico fundamental para el acceso al estrecho de Bab el-Mandeb.

El estrecho conecta el mar Rojo con el océano Índico, un paso obligado del comercio que transita por el canal de Suez, incluyendo los millones de barriles de crudo de las petromonarquías del golfo Pérsico.

África tiene años de aparecer en los radares chinos como parte de su proyecto político de seguridad geoeconómica, referida principalmente al acceso a la vasta materia prima africana (productos agrícolas, uranio, coltán, entre otros recursos).

Según el Informe sobre las Inversiones en el Mundo 2017, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), China es el cuarto país con mayor inversión extranjera directa en África, solo superados por los países con pasados coloniales en la región.

EL ‘CORAZÓN' DEL MUNDO

El camino de China hacia el estatus de ‘superpotencia' pasa por la denominada nueva ‘Ruta de la Seda', una ruta comercial por mar y tierra que va desde Mongolia y Rusia, pasando por Asia Central y Pakistán, Bangladés, Myanmar y la India; el sureste asiático, incluyendo a Japón y Corea del Sur, el golfo Pérsico, Europa Occidental y el norte de África.

Con la construcción de una amplia red de carreteras, ferrocarriles y puertos, además de gasoductos y una colosal gama de infraestructuras en más de 60 países, la Nueva Ruta de la Seda es actualmente la mayor apuesta geopolítica y geoeconómica china. Una estrategia que plantea la vuelta a la Teoría del Heartland del geógrafo inglés Halford Mackinder, propuesto en su ensayo de 1904 ‘The Geografical Pivot of History'.

Mackinder sintetizó su propuesta teórica en aquella famosa frase: ‘Quien gobierne en Europa del Este dominará el Heartland; quien gobierne el Heartland dominará la Isla-Mundial; quien gobierne la Isla-Mundial controlará el mundo'.

Al hablar de la ‘Isla Mundial' habría que entenderlo como aquel territorio que va desde el Ártico hasta el Himalaya, y desde el río Yangtzé hasta el Volga, que aglutina nada menos que el 50 % de los recursos del planeta.

Así las cosas, desde los Estados Unidos se comprende que la subsistencia de su domino global pasa por la contención de China y Rusia, además de evitar a cualquier costo una alianza entre ambos países.

Este marco ayuda a comprender las tensiones en el estrecho de Taiwán tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y el aparente cambio de la política antirusa que mantuvo el binomio Hillary Clinton/Obama. Podría entenderse como una suerte de adaptación de lo hecho durante la administración de Richard Nixon, al reconocer a China Popular en detrimento de la pequeña Taiwán para debilitar a la Unión Soviética. Hoy, la ‘carta china' de Nixon se utilizaría a la inversa, una aproximación a Rusia y la segregación de China.

LA ‘PIEDRA' NORCOREANA

El auge económico del gigante asiático durante la última década facilitó el despliegue de su política exterior, que a diferencia del estilo injerencista de norteamericanos y europeos, apuesta por el momento por una propuesta que prioriza lo económico, y dentro de relaciones que no impliquen la intromisión en los asuntos internos, con enormes réditos políticos y económicos para Pekín.

Sin embargo, este modelo, empieza a entrar en contradicciones que se logran ver en la actual crisis de la península coreana, según lo considera Alberto Cruz, politólogo español y miembro del Centro de Estudios Políticos para las Relaciones Internacionales y el Desarrollo (CEPRID).

Cruz dice que la situación en Corea del Norte no tiene que ver con ‘un programa nuclear, ni con sus pruebas de misiles, ni las amenazas de EE.UU.; tiene que ver con la política exterior de China'.

En una publicación del CEPRID, el politólogo explica que Pekín no ha cumplido lo pactado con Pionyang, fundamentalmente con el acuerdo de ‘doble suspensión', un pacto que implicaba detener las pruebas misilísticas norcoreanas mientras los Estados Unidos y Corea del Sur hicieran lo mismo con sus ejercicios militares conjuntos.

Corea del Norte considera una agresión las maniobras militares de Washington y Seúl, principalmente porque las fechas en que se realizan (marzo y mayo) como coinciden con los meses de la cosecha y siembra del próximo año, donde participa ampliamente el ejército norcoreano, que se ve obligado a destinar su tiempo a la defensa y no al previsto cultivo.

En un país en el que solo el 20 % de la tierra es cultivable y amplias zonas están deforestadas tras la guerra con EE.UU. en los años 50, poner en peligro la viabilidad alimentaria de la población implica una seria amenaza.

Tanto Obama como Trump han rechazado la ‘doble suspensión', lo que provocó las respuestas norcoreanas en pruebas nucleares, como un llamado de atención a China, mientras que Pekín lo considera una insubordinación dentro de su espacio geopolítico inmediato, obligándolo a decidir si endurece su posición contra un aliado histórico o mantiene su política de ‘no injerencia'.

Algunos analistas piensan que el siglo XX fue el siglo de los Estados Unidos y que el siglo XXI podría ser el ‘siglo chino'. En momentos de un mundo en transición, saltan las dudas sobre cómo los poderes tras la estructura geopolítica actual aceptarán el ascenso de China, ya no solo en lo económico, sino también en el plano político y militar, sin que esto devenga en una gran guerra.

PANAMÁ FRENTE AL DRAGÓN

Con la apertura de relaciones entre China y Panamá, el istmo toma parte en ese tablero geopolítico en transición, obligándolo a contraponer las conveniencias y riesgos de este paso.

Para el internacionalista Euclides Tapia, la decisión del Gobierno panameño fue un ‘error', al señalar que Panamá entra en la ‘esfera china' sin ningún margen de maniobra para proteger los interese del país. Explica además que este país no tiene ‘instituciones serias' capaces de enfrentar este reto.

Sobre esto, el también internacionalista Julio Yao, aunque con una visión más positiva, coincide con Tapia al afirmar que Panamá no está preparada para aprovechar las relaciones con los chinos.

Yao considera el acercamiento a Pekín como una ‘gran oportunidad', aunque advierte también que el país no cuenta con el ‘equilibro necesario' para aprovechar este momento, en especial por el ‘nivel de corrupción, impunidad, desorden y la gran deuda social que se tiene con el pueblo', señala el experto.


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