Cultura 04/03/2018 - 12:00 a.m. domingo 4 de marzo de 2018

Superamos el asombro

Yo confieso ante ustedes, lectores, que leo el diccionario por placer.

Mónica Miguel Franco
monicamiguelfranco@hotmail.com

Les voy a contar un secreto, bueno, en realidad no lo es y los que me conocen lo saben desde hace años: la cosa es que yo soy muy rara. Desde pequeña me ha entusiasmado el castellano, adoro su sonoridad en mi boca, pronunciar cada letra, sus diferencias… Y las palabras, ¡buah!, el día que descubrí el diccionario me enamoré de por vida.

Yo confieso ante ustedes, lectores, que leo el diccionario por placer.

Todo este rollo previo es para explicarles por qué uso, a veces, palabrejas poco utilizadas, o insultos que nadie más usa. Adoro el sinnúmero de formas de insultar que tenemos en castellano. La inmensa variedad de maneras de ofender, las posibilidades cuasi infinitas de mentarle la madre o recordarle sus muertos más frescos al botarate que tienes al frente.

Después de decirles esto, he de decirles que en esta coyuntura me estoy quedando sin palabras. Estoy pasmada, anonadada, aturdida. Ojiplática y patidifusa.

Veo lo que pasa en este país como si todos viviéramos dentro de un esperpento valleinclanesco. Como si la realidad estuviera siendo manejada por un dramaturgo enloquecido que en cada nueva escena ofrece a los espectadores un giro más rocambolesco, más enrevesado. El más difícil todavía de la paciencia social.

Los politicastros están jugando con fuego, se burlan de nosotros, nos reducen al absurdo, nos restriegan por los morros su descaro, sus trapacerías de fulleros profesionales.

Siguen pensando que nada va a pasar, que pueden estirar indefinidamente la soga que contiene a esa bestia parda que es la plebe a base de lanzarle por encima de la cerca trozos de carne agusanada. Y son lo suficientemente cretinos como para no aprender de la historia.

Confieso ante ustedes que me quedo sin palabras, no tengo insultos suficientes para definir a los que pretenden hacernos creer que rigen los destinos del país. Los de ahora, los de antes, los que están desde hace lustros y los que, con el colmillo afuera y babeando de ansias, pretenden colgarse de la teta de mamá Estado. Chupópteros chapuceros. Fulastres despreciables. Gandules y gurruminos miserables que esquilman sin freno y defienden a costa de cualquier cosa sus prebendas y sus privilegios.

Jueces, magistrados, diputados (antes llamados legisladores y que se cambiaron el nombre, ahora lo sabemos, para irnos avisando de que lo que hacen es casi de todo menos legislar), corregidores, gobernadores, contralores, ministros, presidentes y toda su camarilla de validos, asesores, consejeros… Buitres infectos que desgarran sin freno la carroña en la que están convirtiendo un país que debería estar, por méritos propios, entre los de mejor desarrollo social del mundo.

Y aquí estamos, burlados y esquilmados. Con escuelas que dan entre pena y asco, a unos días del inicio del curso. Con maestros mal pagados y mal entrenados. Con policía corrupta. Con justicia al mejor postor. Con la sanidad por el piso, sin medicinas, con listas de espera eternas, perdiendo citas, con las urgencias colapsadas, con centros de salud cerrados porque no se asignan médicos, ni personal de enfermería. Con miles de comunidades incomunicadas.

Allá donde toquemos, salta el pus, a borbotones hediondos.

Y ahí están ellos, jugando al tú la tienes. Mareando la perdiz para ver si entre unas cosas y otras pueden acabar su periodo, con la esperanza de que la llegada de cientos de miles de chupacirios cubra con un manto de oración y beatería toda esta mierda, como si de un vertedero viejo se tratase, para reelegirse y empezar de nuevo otros cinco años de gorronería.

Yo ya no tengo palabras y el pueblo está perdiendo la paciencia. En serio. Reaccionen.

COLUMNISTA

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