Cultura 10/09/2017 - 12:00 a.m. domingo 10 de septiembre de 2017

Somos insignificantes y estúpidos

Destruyendo lo que nunca debió ser construido.

Mónica Miguel Franco
monicamiguelfranco@hotmail.com

Los seres humanos somos insignificantes, a pesar de creernos la tapa del coco y la última soda del desierto (con gas y fría), no somos más que bichos defectuosos, que, además, por mandato de un dios con malas pulgas, nos pensamos que podemos comernos el mundo y sus alrededores y nadie nos va a pasar la cuenta después del festín. Y estamos equivocadísimos. Aquí, en este valle de lágrimas, todo se paga. La naturaleza no sabe de la injusticia de que los pecados de los padres los paguen los hijos. Aquí, cuando mamá Natura se cabrea, acaban pagando justos por pecadores, y que el diosecillo sinaítico escoja a los suyos.

Mientras todos estaban celebrando que Panamá se acerca, una vez más al sueño de opio de victorias futboleras, yo miraba en una imagen satelital al ojo de la Muerte mientras giraba en su paseo marino. Pensaba en mis amigos, aquellos que, por mala suerte están en el camino de Némesis.

Pensaba en las imágenes dantescas de la India, de Indonesia, de Texas, ciudades bajo el agua, gente muerta, desaparecida, personas arriesgando sus vidas para salvar un perro, a una yegua. Halcones refugiándose en los carros. La naturaleza en su máximo esplendor, inconsciente y salvaje. Sin diferenciar ricos ni pobres. Matando a hecho. Destruyendo lo que nunca debió ser construido.

Mientras escribo esta columna sigo reflexionando sobre la estupidez y la inconsciencia. Sobre la incongruencia de lamentarnos por el desastre natural que vemos en la televisión y tener los huevos de seguir echando directamente al mar los desechos de cemento del camión que manejamos. El cretinismo de suponer que los litros y litros de aceite viejo tirado por la alcantarilla (o por el sumidero de la tina, que tanto da), no terminarán regresando para darnos un bofetón en toda la boca y partirnos los dientes, a nosotros y a nuestros hijos.

Está muy bonito eso de prohibir el uso de bolsas plásticas. (Bendito sea el día en el que vea la ley implementada y cumplida, ¡alabados sean los dioses!) Pero ¿y los envases de poliestireno? ¿Y los vasos desechables? ¿Y los malditos carrizos? (¿No saben ustedes beber por el vaso como los niños grandes?). El tirar, botar, desechar cosas como si no hubiese un mañana. Como si Cerro Patacón no estuviera colapsado, como si aquello que boto y no veo, desapareciera.

Sigamos construyendo en áreas inundables, sigamos vendiendo barriadas en zonas deforestadas, sigamos haciendo edificios bien bonitos justo, justo, sobre la costa. Que ya se encargará el tsunami, o el tifón, o la inundación, de ponernos a todos en nuestro lugar, tres metros bajo tierra. Dándoles de comer a los gusanos.

Sigamos cortando corotús porque son grandes y carates porque son feos, sigamos plantando eucaliptos que son muy lindos y crecen rápido y son pirófilos, señores, que cuando esto prenda sólo van a quedar eucaliptos, y aquí no hay koalas… Pero eso a nadie le importa porque estamos casi clasificados para ir a Rusia.

Sigamos poniendo el aire acondicionado a dieciséis grados, que los que provocan el efecto invernadero son otros, y la culpa de que en Panamá cada vez haga más calor no la tenemos nosotros, sino Trump. ¡Malo, Trump! Sigamos prohibiendo la sal mientras nadie le pone coto a las emisiones de las mulas y los diablos rojos, verdes y amarillos.

Somos alcornoques que piensan que nada nos va a pasar y que vivimos en una tierra privilegiada. Y no. Fíjense ustedes que no. Que todo pasa factura y al final, la estulticia provoca que, como dice mi santa madre, llegue Paco con la rebaja.

COLUMNISTA

comments powered by Disqus