Cultura 11/11/2017 - 12:05 a.m. sábado 11 de noviembre de 2017

Sobre el Miró y el ejercicio de escribir

Vivimos tiempos en los que la imagen tiene más peso que las letras, especialmente en nuestros países, donde la literatura ha sido una cuestión de pocos, pues el ideal humanista resulta casi siempre un asunto marginal

Instituto Nacional / Archivo | La Estrella de Panamá
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Luis Pulido Ritter
luispulidoritter@gmx.net

Hace poco obtuve el Premio Nacional Miró (ensayo) 2017. No es necesario afirmar aquí lo que significa recibir este premio, que no solo es una buena recompensa económica, sino que también es un reconocimiento merecido al trabajo.

Año tras año el Miró es otorgado en cinco categorías y, sin duda alguna, este premio es la reafirmación de una ciudad letrada que todavía ve en la letras un medio legítimo de expresión. No hay Estado nacional sin su ciudad letrada y el premio es una especie de rito, una recomposición de esta fórmula del Estado y las letras.

‘El Miró, año tras año, aunque sea en su forma más clásica, más humanista, es también un camino para los inconformes más radicales'.
 

En efecto, vivimos tiempos en que la imagen tiene más peso que las letras, especialmente, en nuestros países donde las letras ha sido una cuestión de unos pocos, pues el ideal humanista ha sido casi siempre un asunto marginal. En este sentido, hemos regresado paradójicamente a tiempos pre-napoleónicos puesto que la cultura clásica, la de poseer libros (y más escribirlos), es y será como un artículo de lujo de una ‘élite' que se distingue porque solo hablará de unos temas y algunos autores.

Ya nuestras bibliotecas escolares están desmanteladas y muy difícilmente se encontrarán en sus anaqueles libros de Cervantes o de Flaubert, de Platón o de Ovidio, de Homero y de Dante Alighieri, solo para mencionar algunos clásicos que, en una época ya muy lejana, fueron lecturas obligadas.

Es por eso que escuché hace poco con interés a un expresidente de la República hablando de su profesor de latín en el Instituto Nacional y yo, para mis adentros, me decía ‘qué buena suerte la de su generación'. Esto es irrepetible, el sueño de una república ilustrada, que más nunca volverá.

No se trata de nostalgias o de querellas, pero es un hecho que la cultura, como la habíamos conocido, será verdaderamente ahora un ejercicio de ‘élites'. Si antes decíamos que llevar una novela al cine la traicionaba, que nunca alcanzaría la maestría y el gusto de la letra, pues ahora lo que no está en el cine, en la imagen en cualquier otro formato, no existe o solo existe marginalmente para el gusto y el placer de unos cuantos.

No se trata ahora de refugiarse como perteneciente a una ‘élite' que no existe. Pero lo que sí es cierto es que, desde muy joven, yo tenía consciencia de dedicarme a una actividad que sólo a unos pocos les interesaba. Y hoy día esta opinión o posición no ha cambiado. Al contrario, se ha reforzado. ¿Cuántas veces no he tenido que escuchar que los que leemos o escribimos no somos prácticos, no somos activos, no intervenimos en el mundo, en otras palabras, es una actividad que no requiere de mucha atención?

Sin embargo, para mí no hay mayor frontera que interrumpir a una persona cuando está leyendo o escribiendo. Sé, por experiencia propia, lo que significa ese momento. Las ideas no caen por milagro o por clarividencia divina. Hay que sudarlas en el escritorio, en las bibliotecas y en los propios sueños.

Ahora bien, no se trata tampoco de hacer un culto a la escritura, punto que Nieztsche —en su tremenda lucidez— nos lo hizo saber al decir que Sócrates fue el único filósofo que nunca escribió. Pero la regla es sentarse, inclinar el lomo y cuidar la espalda. Ya he llegado a la conclusión de que el ejercicio de escribir requiere de mucha resistencia física, aparte de la concentración nerviosa, y una tenacidad en la persecución de una idea que debe ser escrita. Es, sin lugar a dudas, un ejercicio del espíritu, una aventura con descubrimientos y frustraciones, que, seguramente, acompaña a muchos que se dedican a este oficio.

Es de allí que apenas supe que había ganado el Miró, sentí un tremendo regocijo y un inusitado golpe de energía. Pensé en todo lo que quería seguir escribiendo, en los proyectos incubándose en mi escritorio y revisé todos los materiales. No hay tiempo para regodearse. En este sentido, para mí no hay mayor premio que este estímulo y apoyo, un premio que se lo debo al jurado de ensayo, tres profesionales con trayectoria y reconocimiento tanto en sus países respectivos como internacionalmente.

A todo esto, hay una experiencia de vida que es (posiblemente) lo que deberíamos transmitir a las nuevas generaciones. ¿Cuántos sueños truncados, aspiraciones ahogadas y talentos destruidos por el conformismo, el miedo y la apatía? ¿Cuántos profesionales sin oficio ni pasión? Nunca voy a olvidar el susto de mi madre cuando le hice saber, contra su gusto y su voluntad, que no quería estudiar Derecho. Comprendía perfectamente las razones de ella, pero estando en la Facultad de Derecho yo entendí que, definitivamente, este no era mi camino. Quizás, ahora, con mayor madurez habría conciliado la actividad práctica del Derecho con la investigación y la escritura. Quizás. El hecho es que, desde muy joven, tenía algo fijo en mente: leer, investigar, enseñar, escribir y viajar. Y no he hecho otra cosa (aparte de una corta experiencia como militante político) desde que entraba en la antigua Biblioteca Nacional a principios de los 70 del siglo pasado.

Recuerdo con prístina claridad a un adolescente del Instituto Nacional sentado en el último piso de la biblioteca, a un muchacho que, por disciplina propia, iba todos los días a leer entre esas macizas paredes, el piso de madera y el techo alto. Nunca voy a olvidar aquel elevador eléctrico de hierro que me elevaba al cada día más difícil mundo del silencio, bajo la brisa que entraba por las puertas abiertas de par en par y a los bibliotecarios que cuidaban y administraban los libros en sus anaqueles. Y esto último lo digo con la plena consciencia de que uno no es resultado de la nada. Se es resultado de un contexto, de una historia, de una serie de instituciones que intervienen en nuestras vidas y, en este caso, de las bibliotecas, de las escuelas, de las librerías, de la familia y de los maestros que nos pusieron en este camino que hemos hecho nuestro, a pesar de vivir en un medio que, hoy más que nunca, necesita de un Miró para sostener el sueño de muchas generaciones de jóvenes por venir que desean hacer otro camino.

En fin, el mundo de las letras no está muerto. Aquí ni en ninguna otra parte. Hoy el mundo de las letras redescubre su virtud, no importa por cuál medio se transmita. Y lo que también está claro (y muy bien claro) es que el Miró, año tras año, aunque sea en su forma más clásica, más humanista, es también un camino para los inconformes más radicales: sólo escribir es un gran acto de rebeldía y de resistencia.

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