Cultura 25/12/2017 - 12:00 a.m. lunes 25 de diciembre de 2017

Navidad sin religión

Esa es nuestra brújula moral y nuestro motivo para celebrar. ¡Felices fiestas!

Claudia Cordero
periodistas@laestrella.com.pa

Los creyentes de las religiones judeocristianas suelen pensar que todos los ateos odiamos la Navidad. Que nos encerramos en nuestro cuarto a maldecir toda la noche, o que somos ese ser insoportable que va de malagana a la cena familiar y amarra la cara de principio a fin. Y seguramente muchos son así, pero aunque pueda sonar contradictorio o incluso hipócrita, muchos ateos amamos estas fechas. Mi experiencia individual no es la única ni es evidencia científica de nada, pero conozco a más ateos que celebran la Navidad con tanta alegría como cualquier cristiano, que a aquellos que se autodenominan ‘Grinch'.

Muchos ateos crecimos en un hogar católico, así que no es raro que de adultos mantengamos el disfrute del ambiente festivo de diciembre, que en Panamá coincide con los primeros asomos del verano. Estas serían razones suficientes para disfrutar de una época en la que se comparte con la familia y los amigos de una manera especial, y que además suele traer los mejores recuerdos de la infancia. Pero además, las celebraciones forman parte de todas las culturas, y la Navidad, más allá de ser una festividad religiosa (de origen pagano y luego cristianizada, recordemos), se ha instaurado en Occidente como un hecho cultural que en la modernidad globalizada, con un modelo económico que homogeniza y atraviesa todos los aspectos de la experiencia humana, hoy por hoy involucra a todo tipo de personas con todo tipo de creencias.

La música, los regalos o el reunirse en torno a una gran comida no son prácticas culturales exclusivas de los cristianos ni de la Navidad, sino del fenómeno humano. De ahí que puedan ser disfrutadas sin necesidad de compartir una creencia en particular, además de que es innegable la evolución de esta celebración con el pasar de las épocas y su incorporación de tradiciones de distintas partes del mundo, muchas de ellas alejadas del significado judeocristiano que reina en el imaginario popular. No significa que la Navidad haya dejado de ser cristiana, pero el consumo cultural que la circunda, aunado a una gran diversidad de modos en que se celebra, amplía el abanico de significados que se le atribuyen.

Sin embargo, para muchos de nosotros (ateos o creyentes) sigue siendo obligatorio mantener un espíritu crítico con el consumismo navideño y la coerción publicitaria que nos impulsa a gastar grandes sumas de dinero o hasta endeudarnos para demostrar a nuestros seres queridos que los amamos. O con el hecho de que el propio encuentro familiar se haya convertido en mercancía; que para algunos pueblos simplemente no haya Navidad, sino hambruna o bombas; que el frenesí de las compras genere caos y hostilidad en las calles; que para la mayoría de las mujeres, la carga de trabajo de estas fiestas recaiga enteramente sobre ellas entre la cocina, los cuidados y los oficios anteriores y posteriores a la cena navideña, o que para muchas familias panameñas sea una época de tristeza aun a 28 años de la Invasión de Estados Unidos a Panamá. Estas y otras razones convierten a esta fecha en un buen momento para la reflexión y la renovación de resoluciones para el nuevo año que comienza.

En mi caso, como sé que es el de muchos ateos, el hecho de que haya dejado de creer en un dios no significa que ya no crea en la alegría, en la unidad, el afecto, la solidaridad y la familia; o más bien, en la colectividad. Porque, contrario a lo que se suele pensar, la moral cristiana no es el único camino, ni necesariamente el mejor para todos, hacia los valores éticos o el amor al prójimo. En este sentido, mis deseos para esta Navidad, para el Año Nuevo y para cada día, es que los azotes de la desigualdad, las violencias, la corrupción, el daño a la naturaleza y las consecuencias ante el deterioro sistemático de la educación y la cultura en Panamá, retrocedan para dar paso a una sociedad más justa. Está claro que la realización de unos deseos tan ambiciosos requiere de profundas transformaciones, pero sobre todo, de un arduo trabajo colectivo.

Quienes no profesamos una religión somos alrededor del 16% de la población mundial, y con frecuencia nos toca escuchar que nuestra posición frente a la vida no es válida o no es cierta porque ‘todos necesitamos creer en algo', pero a muchos de nosotros nos basta con creer en la humanidad. Esa es nuestra brújula moral y nuestro motivo para celebrar. ¡Felices fiestas!

COLUMNISTA

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