Cultura 14/04/2018 - 12:00 a.m. sábado 14 de abril de 2018

La deuda

Corría el año 1937 y la Guerra Civil española parecía no tener fin. Desde que estalló el Movimiento aquel pueblo estuvo dentro de la Zona Nacional...

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Francisco Moreno Mejías
opinion@laestrella.com.pa

Corría el año 1937 y la Guerra Civil española parecía no tener fin. Desde que estalló el Movimiento aquel pueblo estuvo dentro de la Zona Nacional, pero ahora los republicanos atacaban por el Sur con tal ímpetu, que ni las trincheras construidas a toda prisa, ni los sacos terreros, ni el coraje de la gente de orden que resistía a toda costa para no caer en manos de las hordas marxistas, pudieron evitar que una columna de anarquistas entrara en el pueblo pisoteando los cadáveres de los defensores y disparándole a todo lo que se movía.

FRANCISCO MORENO MEJÍAS

Escritor

Nació en España el 3 de julio de 1939. Fue esposo de la pintora panameña Sandra Cotes de Moreno y reside en Panamá desde 1968.

Ha publicado dos novelas: ‘La piedra de Rosita' y ‘Fuego y ceniza', un libro de cuentos titulado ‘Un puñado de ocurrencias' y un libro sobre el uso del idioma titulado ‘La herramienta más usada'.

Ha escrito artículos en periódicos y revistas. Pertenece al círculo de lectura Extramuros, de la Universidad de Panamá.

Tiene inéditos poemas, cuentos, reseñas de obras leídas y ensayos.

Sobre un cerrito próximo al pueblo había una ermita, desde donde salieron algunos disparos. Unos milicianos empezaron a trepar al resguardo de los berruecos que bordeaban la colina. El más viejo del pelotón, que también era el más imprudente, iba saltando sobre las piedras y entró al oratorio cuando sus compañeros todavía estaban a mitad de camino. Buscó infructuosamente por todos los rincones. El Santo Cristo de los Milagros parecía mirarlo severamente desde su hornacina. Subió de un salto al altar que había delante de la imagen, tiró de la túnica y lanzó al suelo la valiosa talla renacentista, que se hizo pedazos. Después avanzó con cuidado hasta una puerta cerrada que daba a la pequeña sacristía. La abrió de una patada mientras saltaba a un lado por si alguien le disparaba desde dentro y se asomó lentamente sin quitar el dedo del gatillo del mosquetón. Frente a él, con la espalda apoyada en la pared, un joven de no más de veinte años levantaba los brazos temblando mientras caía a sus pies el fusil ametrallador que había estado empuñando unos segundos antes. El miliciano apuntó al yugo y las flechas que alguien había bordado en la camisa azul del muchacho, pero no pudo dispararle. Los ojos de aquel chaval, desorbitados por el miedo, se parecían demasiado a los de su único hijo cuando unos fascistas lo sacaron de su casa para darle el paseo. En un rincón había un enorme ropero donde guardaban los ornamentos sagrados cuando subía el párroco a decir misa y el anarquista le gritó sin pensarlo dos veces:

—¡Métete ahí!

Luego hizo varios disparos al aire y salió lentamente de la ermita con su fusil en una mano y el de su enemigo en la otra.

Nandito Lozano, hijo del juez de paz y miembro de Falange desde chico, permaneció dentro del ropero sin atreverse ni a respirar. Fuera alguien gritó:

—¡Coño, Canelo; ya creíamos que te habían dado a ti! ¿Encontraste a esos fascistas hijos de puta que disparaban desde ahí dentro?

Canelo respondió pausadamente:

—Sí, camarada. Había uno, pero ya lo despaché al otro mundo. Con este cacharro estaba disparando el muy cabrón.

Nandito rezaba en silencio pidiéndole a Dios que los rojos se fueran pronto. En la oscuridad de su escondite, aunque cerrara los ojos, no podía dejar de ver la cara del que le perdonó la vida. Y ¡qué casualidad! Se llamaba Canelo, como el perro que le regaló su padre el mismo día que, siendo un crío, lo inscribió en la agrupación de los flechas del pueblo.

* * *

Por fin la Guerra terminó. Nandito Lozano, que había logrado huir de la Zona Roja, regresó al pueblo con las tropas vencedoras. Sus padres y sus dos hermanas habían sido asesinados por los rojos y de pronto cayó sobre sus hombros la responsabilidad de administrar la hacienda familiar, por lo que se convirtió en uno de los más ricos terratenientes de su pueblo y todos lo llamaban ahora don Fernando. Él, con otras influyentes personas de derechas, intervino en los juicios sumarísimos que redujeron a la mitad la población de la villa. Sin embargo no era eso lo que le quitaba el sueño. Lo que no podía soportar era aquella cara que de noche o de día, soñando o despierto, siempre se le aparecía para recordarle que le debía la vida a un rojo. Estaba convencido de que si no saldaba aquella deuda no tendría paz mientras viviera.

Un día le pidió al delegado de Falange el automóvil oficial y fue visitando desde temprano los campos de concentración más cercanos a su pueblo. Eran plazas de toros u otros lugares espaciosos y cerrados que habían improvisado los vencedores para poder mantener vigilados a los miles de prisioneros. Pensó que buscar a una persona con un apellido tan poco común no sería difícil, a menos que se tratara de un mote. Como a las cuatro de la tarde llegó a la plaza de toros de un pueblo grande casi en el límite de la provincia. Era el quinto campo de concentración que visitaba. Los centinelas, al ver el banderín rojo y negro del auto y el uniforme del falangista que lo conducía, saludaron militarmente y le dejaron el paso franco. Don Fernando Lozano se presentó al teniente que estaba al mando y le pidió que averiguara si entre los detenidos había alguien apellidado Canelo. El teniente consultó la lista y preguntó:

—¿Antonio Canelo?

Don Fernando contestó:

—Ese debe ser.

Mientras le explicaba al responsable del campo que el tal Canelo era uno de los nuestros infiltrado en el ejército rojo, se oía la voz del ordenanza que gritaba:

—¡Atención! ¡Antonio Canelo! ¡Antonio Canelo! ¡Que se presente a la oficina!

Después de unos minutos apareció en la puerta un preso macilento y envejecido, que se apoyaba en una muleta porque le faltaba la pierna derecha. Cuando llamaban a alguien en aquellas circunstancias no solía ser para nada bueno y el preso acudió con el miedo reflejado en el rostro; un rostro que, a pesar de la barba de varias semanas y la demacración del hambre, fue reconocido en seguida por don Fernando.

El falangista y el miliciano subieron al auto oficial sin decir palabra. Cuando llegaron a la plaza principal del pueblo, don Fernando paró, abrió un maletín y escribió en un papel sellado algo que Canelo no pudo leer por ser analfabeto. Se lo dio diciéndole:

—Con este salvoconducto puedes ir sin problemas a tu pueblo o a donde quieras. No te molestarán.

Después le entregó un billete de mil pesetas. Canelo creía estar soñando. No le salían las palabras. Don Fernando, viendo su turbación, le dijo:

—Supongo que no crees en Dios. Pues ya ves que sí existe y premió tu buena acción en la ermita de mi pueblo. Él y yo te acabamos de pagar el favor que me hiciste.

Canelo agarró su muleta, bajó con dificultad del auto y, sin mirar atrás, se metió en una fonda cercana, de la que salía un tentador perfume de alubias con chorizo.

‘Como a las cuatro de la tarde llegó a la plaza de toros de un pueblo grande casi en el límite de la provincia. Era el quinto campo de concentración que visitaba'
 

* * *

Pasaron tres años. Don Fernando Lozano, que ya era jefe comarcal de la Falange Española Tradicionalista y de la J. O. N. S., viajó un día a la capital de la provincia para asistir a un congreso del partido. Terminada la sesión de la mañana, iba en compañía de otros dos camisas viejas rumbo a un lujoso restaurante del centro de la ciudad, donde los esperaban para almorzar. A pesar de la ley de vagos y maleantes, que prohibía la mendicidad, la pobreza era manifiesta en aquellos años de posguerra. Los pordioseros que presentaban defectos físicos eran casi todos mutilados de guerra del bando perdedor, pues los mutilados franquistas recibían una paga del Estado. En una esquina, apoyado en una rústica muleta, pedía limosna un cojo que, cuando vio pasar a los tres jefes de Falange, los siguió a toda prisa gritándoles para que lo atendieran. Cuando éstos se dieron cuenta de que los gritos iban dirigidos a ellos, se pararon. El cojo, jadeando por la carrera, se dirigió a don Fernando:

—Deme algo para comer. ¿No me conoce? Yo soy su amigo el miliciano Canelo, el que le salvó la vida en la ermita de su pueblo.

Don Fernando se desabrochó la camisa azul y sacó del pecho un rectángulo de tela pendiente de un hilo negro, donde podía leerse en letras rojas ¡Detente, bala! Se lo mostró a sus camaradas mientras exclamaba:

—¿Qué dice este loco? Los únicos que me han salvado la vida durante la guerra han sido Cristo Rey y la Virgen del Carmen, que siempre me acompañan en este escapulario. Yo no tengo amigos rojos y menos con nombre de perro.

Uno de los acompañantes de don Fernando, molesto por la intromisión del vagabundo, le gritó:

—¡Cuádrate y saluda, rojo estúpido!

El cojo levantó el brazo derecho mientras gritaba asustado:

—¡Viva Franco! ¡Arriba España!

Al estirar el brazo se le resbaló la muleta, perdió el equilibrio y cayó al suelo mientras los falangistas se alejaban riendo.

Algunos transeúntes que presenciaron desde lejos el incidente sólo se atrevieron a ayudar a Canelo a levantarse cuando estuvieron seguros de que las tres boinas rojas habían desaparecido de la calle.

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